El mar me depura. Su sonido me envuelve en una especie de trance. La brisa que mueve las palmeras y se cuela por la arena huele a sal, a algas secándose al sol, a conchas rotas y a madera mojada. Hay algo metálico y limpio en su aroma, como si el aire estuviera filtrado por siglos de espuma y viento. A veces también tiene un dejo dulce y fermentado, como el de la vida marina que habita entre las rocas.
El sol es errático. Está ahí, implacable, haciéndose sentir más que en ningún otro lugar. Este lugar le pertenece, y cada mañana lo reclama sin falta. Solía venir a este pueblo con mi padre desde niña. Aquí pasamos muchas vacaciones y navidades. En Venezuela, mis navidades en la infancia no representaban nieve, ni trineos, tampoco chimeneas con chocolate caliente como en las películas. Las navidades eran playa, sol inclemente, pescado frito y muchos baldes de ostras que comía frenética a la orilla del mar. En ese tiempo, los padres no sabían de protector solar. La piel se preparaba para recibir todos los rayos UV de día y la crema fría aliviaba el ardor de noche, pero no impedía repetir la faena al día siguiente, hasta que el pueblo te bautizaba como uno más de sus habitantes y tu piel ya solo necesitaba más sol y sal.
Mochima es uno de esos lugares que parecen hechos a mano por Dios, con una belleza serena y salvaje que corta la respiración. Está escondido entre los estados Sucre y Anzoátegui, en el oriente del país. El pueblo se revela ante ti como si hubiese estado oculto del mundo y, luego de ese camino entre montaña, mar y cielo, aparecen de repente unas casitas coloridas, humildes, con techos de zinc, bordeando una costa que parece no tener fin. En sus calles se respira calma, como si el tiempo tuviera otro ritmo. La gente que vive aquí parece no saber del mundo exterior. Llevan la sonrisa dibujada permanentemente en el rostro. No hay angustias ni premuras, solo la vida que cabe entre las salidas y las puestas de sol. Lo que tienen es suficiente para ser feliz y contagiar a todo el que pase por este pueblo.
Sentada a un costado del muelle, veo a los pescadores en sus faenas. Algunos llegan cargados de turistas extenuados tras pasar el día en alguna de las pequeñas islas cercanas —son muchas, y cada una tiene un encanto especial—. Nunca puedo recordar a cuál fui la última vez: Playa Blanca, Isla de Plata o tal vez Punta La Cruz. Puede ser cualquiera. Otros pescadores ya han terminado su jornada y preparan su bote para el día siguiente. Todo sería más fácil sin tantas expectativas. Todo sería más fácil si solo me bastara esto que miro ahora mismo.
Mi auto está cargado con todas mis cosas, o al menos con todas las que tenía en casa de Jacobo en Caracas. Intenté dejar la casa sin ningún rastro de mi presencia. Creo que para Jacobo eso sería lo mejor. Hay un dicho que me repetían de pequeña cuando hacía una travesura y pretendía taparla con una mentira piadosa: “Margarita, las mentiras tienen las patas cortas”.
También existe uno que escucho permanentemente entre mis amigas casadas o en pareja: "el que busca, encuentra". Y Jacobo encontró que la mujer increíble con la que pretendía pasar el resto de su vida tenía historias sin contar.
He divorciado ya a varios matrimonios. He presenciado la ruptura de muchas parejas. He visto todos los escenarios. He vivido en carne propia el despecho que deja un adiós. Pero nunca había roto un corazón. Nunca había herido a alguien, y debo decir que duele más que el propio.
Cuando vi impresos los correos electrónicos sobre la encimera de la cocina y a Jacobo sentado en el sillón de la sala, se me hizo un hueco en el estómago por sentirme descubierta. Pero al mismo tiempo, sentí alivio. Me sentí liberada.
Había recreado toda mi relación con Él desde nuestros emails, toda, desde los primeros que fechaban cinco años atrás, hasta el último que dio pie a nuestro más reciente encuentro. Marcó con resaltador aquellos que coincidían con el tiempo de nuestra relación. Me asustó su dedicación a la investigación de mi falta, también el tiempo que invirtió en semejante trabajo. Lo que me hizo pensar que no tenía sentido invertir el mismo tiempo o la misma energía en negarlo. Tomé todos los emails de la mesa sin alterar el orden y me dispuse a terminar la relación de la misma forma en que empezó. Pero esta vez yo serviría la bebida, y no sería té precisamente. Serví dos tragos de ron, me senté en los sillones de la sala y puse las hojas, junto con su trago, en la mesa de centro. Sin rodeos y de forma directa, le dije:
—Si querías saber, debiste haber preguntado. Te habrías ahorrado tantas hojas y tinta.
No lo dije con sarcasmo ni ironía. Mi tono fue tranquilo, pero contundente. Aunque entiendo sus razones, y también mi compromiso —y, por tanto, mi falta—, no dejaba de revolverse mi estómago al imaginarlo hurgando en mi correo electrónico, revolviéndome la vida.
—¿Me habrías dicho la verdad? —me preguntó con ojos de ira.
—No lo sé —respondí con sinceridad y serenidad.
Pasamos las siguientes horas entre preguntas sin sentido. Le fui honesta y le conté lo que me parecía justo y necesario. Reconocí mi falta, escuché todos sus reproches, intenté calmar algunas de sus inquietudes, aunque fuesen impertinentes, más para calmar su rabia que porque quisiera o debiera hacerlo. Muchas de ellas carecían de sentido, pero sabía que su orgullo estaba herido. Así que le di tiempo para que expresara su dolor.
Entre tantas preguntas hubo una que solo me respondí a mí misma:
—¿Qué pretendías con esta situación?
La verdad, lo pretendía todo. No quería perder la seguridad que Jacobo representa: amor constante, apoyo, atención, estructura. Pero tampoco quería dejar de verlo a Él. Tres días cada vez. ¿Cuál podría ser el daño si solo lo viera una vez al año? Tres días. Los quería a los dos. No quería elegir, en principio porque no existen dos opciones. Porque Él no es una opción. Pero si podía elegir estar soltera, sin ataduras ni compromisos. Disponer de mi tiempo. Tres días o cien si fueran necesarios. O podía elegir ser la esposa de Jacobo y la madre de sus hijos. Elegir esa estabilidad y esa familia que yo no tuve. Mi propia familia.
Desde el muelle puedo ver una pequeña isla. Está tan cerca que se pueden divisar los preparativos para una fiesta. Algunos pañeros salen cargados con provisiones, comida, bebidas y flores. Escucho entre las personas que cargan los botes que se trata de una boda. Ironías de la vida. Pude haberme casado. Pude haberme quedado.
Se supone que, luego de que se descubre una infidelidad, lo más lógico sería separarse. Pues se ha roto la promesa de ser solo dos, de ser uno para el otro y, sobre todo, de ser solo del otro. Se ha quebrado la confianza y eso, en muchas ocasiones, es difícil de reparar. Pero la verdad es que muy pocas personas lo hacen. La gran mayoría perdona, y en algunos casos, hasta olvidan. La mayoría arranca la página, algunas más de una vez. Incluso creo que cuando arrancas una página, muy probablemente de tanto arrancar te quedes sin libro. La infidelidad rara vez es un tema de ocasión o de oportunidades. La infidelidad es una expresión. Es como la ropa que decidimos ponernos: habla de quiénes somos. Así que pretender que solo ocurrirá una vez porque fue algo meramente circunstancial, es muy ingenuo. La verdad es que nosotros somos esa circunstancia. Aun conociendo esa realidad, me sorprendió que Jacobo me pidiera, luego de verme recoger mis cosas, que no me fuera.
Aunque su ego estaba terriblemente herido, aunque su piel transpiraba rabia y dolor, no quería sacarme de su vida. Y eso fue peor que el reclamo. Porque debía decirle más de mi verdad. Le dije que yo era la circunstancia. Le dije que para quedarme se necesita amor y compromiso, y eso era algo de lo que no tenía suficiente.
—Me has dicho que me amas. ¿Acaso me mentiste? —me preguntó luego de mi resistencia.
Mi respuesta debió haber sido: "Sí, te mentí". Pero no pude decirle esa verdad. No pude decirle que deseé ser amada, que quería ser escogida. Y me dejé querer, me dejé amar, aun cuando estuve siempre consciente de que no sentía lo mismo. Pero ya no podía prolongar su estado, y yo ya no toleraba la escena. Solo procuré salir y terminar todo. Así que tiré de esos discursos donde dices que el amor no es suficiente y que existen diferentes tipos de amor. Con premura recogí algunas cosas me subí a mi auto y me fui a un hotel. Al día siguiente, volví cuando sabía que no estaría y terminé de llevarme mis cosas. Unas las embalé en cajas y las mandé por valija, y otras viajan desde hace una semana conmigo. Cuando salí de Caracas, sentí una mezcla entre alivio por alejarme y vergüenza por haberle hecho daño a Jacobo. No lo merecía.
No quise forzar el viaje en auto. Hasta mi ciudad son nueve horas. Así que pasé la noche en un hotel a mitad de camino. Al despertar, lo primero que me vino a la cabeza fue el olor del mar, ese olor que de niña me recordaba que ya habíamos llegado a nuestro destino vacacional. Entonces miré la distancia. Estaba solo a una hora de ese lugar que fue mío desde siempre.
Eso me trajo hasta aquí, de donde aún no he podido irme. Aquí, en este muelle, vengo a ver salir el sol, y también a ver cómo el mar se lo va tragando poco a poco. Veo mi realidad: casi tengo 28 años, una carrera que amo, un amor sin forma, una ruptura reciente…
Y un embarazo inesperado.