Caracas funciona de otra manera: es turbulenta, tiene un movimiento que, para los que somos del interior del país, o nos seduce al extremo o nos cansa. En mi caso, siento una mezcla de ambas. Decidir abrirme camino profesional aquí está siendo un reto. Hay días en los que me levanto con actitud de ganadora, dispuesta a absorber todo lo nuevo. Me sumerjo en el tráfico —al que aún no logro agarrarle el tiempo—, aprendo del movimiento judicial y administrativo de esta jurisdicción y trato, en lo posible, de no compararlo con el de mi pequeña ciudad. Muchas veces no lo logro. Extraño el dominio de mi territorio, ese radio de acción de un kilómetro donde está todo: el control absoluto del entorno, desde el personal público que ya manejo perfectamente hasta las horas laborales que aprovecho sin contratiempos.
Mi ciudad tiene los mejores atardeceres. No la sobrevuelan las famosas guacamayas de esta capital, pero en escasos minutos puedes sumergirte en un bosque tropical alucinante que existe en el centro de la ciudad, con toda su flora y fauna incluida. Hay una energía mágica que te envuelve, seguramente causada por la afluencia y el caudal de sus ríos, que la recorren de punta a punta, con caminos vertiginosos que atraviesan todo, lagos y cascadas en lugares inimaginables, que logras admirar desde tu auto mientras te desplazas de un punto a otro en tu rutina diaria.
Aún conservo mi oficina y mi departamento allá. La excusa para mantener ese espacio que me oxigena son cuatro de mis mejores clientes, con los que me sentí obligada a continuar más por un compromiso moral que por otra cosa. Eso hace que pueda ir una vez al mes y disfrutar de mis silencios. Aquí, en la capital, he pagado una membresía en un coworking para darle un poco de estructura a mi situación laboral. No me acostumbro a andar con toda la oficina a cuestas. Así que, la mayor parte del tiempo, trabajo desde casa.
La convivencia con Jacobo está siendo grata y, en ocasiones, accidentada —solo para mí—. Mi vida ha cambiado radicalmente. Hay detalles tan simples de la vida diaria que, aunque pequeños, todos juntos hacen evidente la contundencia del cambio. Por ejemplo, las comidas. Para Jacobo, son literalmente un momento impostergable del día: desayuno, almuerzo y cena. Mientras que para mí son apenas una pausa más. No suelo desayunar; el almuerzo ocurre en algún momento entre las dos y las cinco de la tarde. Siempre me pregunto por qué debemos comer tantas veces. Aún no ha terminado el desayuno cuando ya debes parar de nuevo para el almuerzo. Y esto se agudiza cuando debes pensar en preparar algo para otra persona. Y pensarlo tres veces al día, todos los días. Dios santo, prefiero sumergirme diez horas en el caos de un tribunal que responder a la eterna pregunta de: “¿qué vamos a comer?”
¿En qué punto de los matrimonios las costumbres y tradiciones individuales se funden en una sola?
Jacobo viene con ese manual listo para ejecutar, pero yo no tengo costumbres ni tradiciones más allá de mis soledades. Fui criada por un padre que le corría al compromiso, y su relación más estable y duradera fue conmigo. ¿Qué aportaría yo a esta unión? Siento que, aparte de mi ropa en el clóset, nada más he traído. Creo que ha llegado el momento de mostrar lo poco y más valioso que tengo en mi vida.
Sería la primera vez que mi padre conoce a alguien como mi novio. No porque piense que solo debe conocer al indicado. No. Va un poco más por aquello de ser siempre mi padre y yo, ese equipo que no he querido romper con la llegada de terceras personas. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, decía que “la infancia es destino”, y con esa letra escarlata crecemos en el pecho. Mi padre es prueba de ello.
Nació en la Europa revuelta de los años treinta, un día de abril de 1934, en Galicia, España —el mismo año de la huelga general revolucionaria—. Fue el menor de tres hermanos. A los once años ya sabía lo que era una guerra civil y una segunda guerra mundial. También sabía de hambre, persecución y muerte. Creció entre la tragedia y la supervivencia, hasta que ambas se volvieron parte de su normalidad. Su vida ha sido ver morir a los suyos, como si siempre le tocara quedarse al final de la fiesta, recogiendo los restos de una mesa vacía. Vive con la condena de ver partir continuamente a sus afectos.
La pérdida está tan arraigada a su existencia que vive con el hecho irrefutable de que todos nos vamos a morir, y no se explica la razón por la cual él ha vivido tanto tiempo.
Su personalidad es cínica, imprudente y soez. No hay filtro entre su pensamiento y su boca. Es amante del humor negro. Es la persona más risueña que conozco, pero también la más melancólica. Siempre me habló con la verdad, aunque fuese cruda. Desde el hecho cierto de mi llegada sorpresiva, a sus ya casi cincuenta años, como un error de cálculos. Jamás quiso tener hijos ni nada que lo atara o comprometiera a este mundo, que siempre pensó abandonaría de un momento a otro. Aun así, ese error le cambió la vida, porque lo obligó a pensar en dos. Obligó a pensar en dos. Y aunque me dijera sin tapujos que fui un error, nunca me dejó de lado. Me llevó consigo de formas bastante accidentadas, dejando que fuese la vida misma la que me criara. Él solo me dio algunos puntos clave de supervivencia que creyó necesarios, y juntos le salimos al paso a todo lo que aconteciera.
Mi padre me conoce perfectamente, y algo se huele de mi relación. Cuando decidí venir a vivir a Caracas, le comenté la idea de ampliar mi horizonte profesional. Ser abogada en la capital me daría mucha más experiencia y, definitivamente, impulsaría mi carrera.
No suelo discutir mis decisiones con él, suelo informarle. Aprendí bien, y esa fue una de las instrucciones o enseñanzas que me dio desde pequeña: “Las consecuencias son solo tuyas, así que es justo que las decisiones también lo sean”.
Espero este encuentre mejore la percepción de Jacobo. Cuando le comento a Jacobo episodios de mi infancia con mi padre, me mira con una mezcla de compasión y desconcierto, como si escuchara la historia de alguien que ha sobrevivido a un naufragio. Me dice con voz suave, casi terapéutica, que tuve una vida dura. Y aunque su intención parece ser la empatía, su compasión me hace sentir pequeña, como si la fuerza que me define fuera vista por él como fragilidad.
En cambio, Él —sin haber conocido a mi padre— siempre me miró con asombro. Admiraba mi historia como quien encuentra belleza en una grieta antigua. Nunca me ofreció compasión, sino respeto. Y eso, para mí, siempre fue suficiente.
He prometido no caer en comparaciones, no es justo, lo sé. Pero Él me viene a la cabeza sin que pueda evitarlo.
Es más fácil fabricar un reloj cuando has nacido en una familia de relojeros. Creces entre engranajes, aprendiendo desde pequeño a medir el tiempo con precisión, afinando tu pulso para ajustar manecillas y entendiendo el arte de sincronizar lo invisible. Para ti, hacer un buen reloj es continuar una tradición, es perfeccionar un lenguaje que heredaste.
Pero hay quien nace en una familia de mineros. Crece entre tierra, sudor y oscuridad. Aprende desde niño a cargar peso, a excavar hondo para sobrevivir. Sus manos no conocen el delicado arte de los engranajes, sino la rudeza del carbón y la piedra. Y, aun así, un día, logra construir un reloj.
¿Quién tiene más mérito? ¿El que perfecciona lo aprendido o el que se reinventa desde la nada?
Hacer lo que te enseñaron tiene valor. Pero hacer lo que nadie te enseñó, eso... eso es arte.
Y mi padre es todo un artista. De ahí nace mi amor profundo por él. Muy a pesar de sus planes de vida, muy a pesar de sus limitaciones, me sostuvo y siempre estuvo para mí. Lo vi escogerme, pese a que eso lo hiciera renunciar a otras cosas. Se que es complejo contrastar mi realidad con la de Jacobo, pero quiero intentarlo.
He escogido comer en el restaurante al que solía ir con mi padre de pequeña cada domingo, y al que vamos en cada oportunidad que podemos. El lugar está dentro de un pequeño club de gallegos que lleva funcionando desde que tengo uso de razón.
Quise un lugar donde mi padre se sintiera cómodo, y un lugar que le hablara a Jacobo de mí y de mis raíces, que a veces parecen inexistentes en comparación con las suyas.
Nos bajamos a buscar a mi padre, lo abrazo y percibo su olor de siempre, ese que me lleva a mi niñez: perfume y laca para el cabello, que es todo blanco, lacio y abundante. Siento su barba recién cortada. Le doy muchos besos en las mejillas, y él me corresponde con ternura. De entrada, creo que Jacobo se sorprendió al verle. Creo que no esperaba a alguien tan peculiar, que generara tanta ternura y, a la vez, tanta vitalidad. Es la primera vez en casi un año que se introduce tanto en mi mundo y llega a conocer este lado tan mío.
Mi padre no conoce de formalismos, así que saluda a Jacobo como si lo conociera de toda la vida. Le pregunta por su familia y, rápidamente, le cuenta las conexiones que tienen los españoles y los árabes luego de los 800 años de presencia de estos últimos en España. En la comida, le habló de historia, le preguntó por toda su familia, y le insistió más que vendedor de enciclopedia quebrado para que pidiera el cocido gallego, cosa a la que no me opuse para nada. Fue divertido y me pareció justo verlo probar un poco de lo que muchas veces vivo yo cuando comparto con su numerosa comunidad. Con el postre, les pidió a sus amigos del restaurante que pusieran algunas canciones de El Lebrijano, uno de los cantantes de flamenco preferidos de mi padre, conocido por su estudio sobre la fusión musical de la cultura de Al-Ándalus, nombre que tuvo la zona de la península ibérica bajo el dominio árabe musulmán. Todo esto para demostrarle a Jacobo —quien lo miraba con gracia pero con atención de estudiante— lo cercanos que podíamos ser.
—Papá, Jacobo y su familia son árabes católicos, no son musulmanes.
—Es todo lo mismo, es la misma gente —me responde rápidamente.
A Dios gracias, a la gente mayor se le permiten este tipo de imprudencias. Hice lo posible para que mi padre no hablara de religión o de política, temas difíciles… y sus preferidos. Quien ha crecido con tanto dolor o cree mucho en Dios, o simplemente no cree. Y mi padre es de los escépticos. En cuanto la política, haber sufrido los embates de la extrema derecha de Francisco Franco le hizo tener una idea clara de lo que era una dictadura. Para él, como para muchos, es inconcebible que se hable de dictadura en Venezuela mientras la gente va a la playa, viaja y disfruta un concierto. En su época, la gente era miserable y punto. No existía nada más.
Dios y mis conceptos políticos son de esas cosas que mi padre me dejó aprender por mí misma, igual que el sexo o el amor. Así que me hice de mis propios criterios, y eso genera discusiones eternas, sobre todo en el tema político. Él dice que yo no tengo la experiencia para entender y que no sé lo que es el verdadero sufrir. Y yo le rebato con vehemencia, con mucha indignación, que el mundo ha cambiado, que el hecho de que la gente llene las playas en vacaciones no quita que existan más de mil personas torturadas, otras desaparecidas y muchas otras asesinadas.
En esas discusiones podemos tardar horas, pero solo discuto yo. Él rara vez se altera. Solo dice lo que piensa, con la certeza que —según él— le da la experiencia. En el fondo, entiendo cómo piensa y por qué lo piensa. Cuando lees sobre los horrores de esos años, comprendes de dónde viene su rechazo por ese extremo. Y también entiendo que, a las edades de mi padre, es muy difícil reconocerse en un mundo tan cambiado como el de hoy.
De mi padre solo he recibido aprendizaje y amor. Aun con sus defectos, aun con sus errores. A veces hago el ejercicio de la objetividad, lo miro con crudeza, atravieso esos egoísmos de los que luego me habló Jacobo cuando regresamos de la comida, después de dejar a mi padre.
—¿No te parece egoísta que tu padre te dejara por tu cuenta mientras él vivía?
—Solo eran ustedes dos… y tú eras solo una niña, Margarita.
Claro que puedo ver su egoísmo. Lo vi, lo viví, lo cargué. He tenido momentos de objetividad en los que me enfrento a su ausencia, a sus errores, a mis propias soledades. Y, aun así, no puedo quererlo a medias. No se ama solo lo bueno. El amor que siento por mi padre incluye sus sombras, porque son parte de lo que me hizo ser quien soy.
Es domingo. Mi padre vino a almorzar a casa. Jacobo regresó solo a Caracas; yo me quedaré la semana para gestionar unos pendientes de trabajo.
Le he preparado milanesas, como siempre. Le hago unas veinte y se las guardo en un tupper para que se las lleve y pueda comer toda la semana. Es lo único que me pide desde que tengo memoria. Las quiere bien finas, con el pan bien tostado y la carne poco hecha.
Hablamos de todas las cosas pendientes. Le cuento un poco sobre la diferencia entre ejercer aquí y hacerlo en Caracas. Y entre la conversación, me dice:
—Jacobo es buen chico —dijo, sin rodeos—. Se le nota. Tiene ganas de algo serio contigo. De formar algo… una familia.
Yo asentí con la cabeza. Me quedé mirando el plato, las migas de pan, la copa de vino que ya no quería beber.
—Pero tú… —siguió— tú estás como en otro sitio. No sé dónde, pero no estás aquí del todo. Le estás buscando la vuelta.
No respondí enseguida. Me tomó unos segundos encontrar palabras.
—No sé si estoy hecha para esto, Pa. Para una vida compartida. Para el “nosotros” de todos los días. No sé si tengo dentro de mí lo que Jacobo espera. A veces siento que estoy ensayando un papel que no es mío.
Mi padre suspira, se queda mirando el borde del plato y habla más bajo.
—Si eso lo sacaste de mí... me equivoque en tantas cosas, lo siento. Yo siempre pensé que lo mejor que podía darte era libertad. Independencia. Sé que te dejé sola, que aprendiste en el camino lo que no supe enseñarte: lo que es apoyarse en alguien, tener una familia. Jamás pensé que lograrías tantas cosas, a pesar de lo que no te di. Estoy orgulloso de ti.
—No —le dije—. No lo sientas. Me diste amor a tu manera. Me elegiste, y eso me marcó. Me enseñaste a cuidarme sola. Eso también es amor. Tú eres mi familia, Pa. Eres mi superhéroe.
—No quiero que te quedes en un lugar donde no te sientes tú. A veces, ser bueno no es suficiente. No se le regala la vida, el tiempo, a alguien solo porque es un buen tipo.
—Margarita, si tú eres feliz, yo soy feliz. Si ese es el hombre que quieres, yo te apoyaré. Pero si tienes dudas, corre antes de que te lastimes.
Escuchar esas palabras de mi padre me llenó el corazón. Saber que se siente orgulloso de mí, de mi esfuerzo por salir adelante, de mis estudios, de mi carrera. Siempre he sentido que nuestras vidas son una sola, que empezó ese día de abril de 1934 y continuará hasta los días que yo viva.
Se sirvió un poco más de vino. El almuerzo siguió como si nada. Hablamos de política, de los precios, del calor de la ciudad. Pero yo sabía que esa conversación se quedaría en mi cuerpo por toda una vida. A lo mejor, todo este camino con Jacobo ha sido para llegar a este justo momento con mi padre. Y si es así, el viaje está pagado.