Las mentiras son la forma en que logramos sobrevivir a nuestras propias decisiones. No creo que tengan que ver con evitar herir a otros.
Por eso me he convertido en una mentirosa. Miento para existir. Con actos absolutamente conscientes y premeditados.
Es la única manera de tenerlo a Él en mi vida y, al mismo tiempo, conservar la estabilidad emocional que me ofrece Jacobo.
A Jacobo lo quiero, y mucho. Con él, todo está en orden: desde los cubiertos en la cocina hasta los minutos de mi vida. Siento cordura cuando pienso que lo tengo. Mis emociones están tranquilas. Es cierto que no hay mariposas, pero sí hay serenidad. Y eso también es valioso.
Él es mi bocanada de aire. La que necesito para continuar.
Es esa sensación que deben experimentar los corredores cuando, exhaustos, llegan a la meta de la carrera.
Siento que lo dejo todo en su camino y, a la vez, me recargo de una energía que me hace sentir poderosa y única.
Soy una falaz no de oficio o de profesión. Peor aún: una de existencia.
Reducida al descaro y la felonía.
Jacobo prepara el asador. Ha cambiado su cómodo pero pequeño apartamento con vistas al Ávila por una acogedora casa ubicada en un municipio del este de la capital, declarado patrimonio nacional por su historia y arquitectura colonial.
Entre las bondades de la nueva casa está el jardín: amplio y verde, con un espacio perfecto para hacer parrillas y disfrutar del cielo mirandino, siempre adornado por las guacamayas salvajes, pero muy citadinas.
La casa está aún austera de mobiliario. Los pocos muebles que pudimos trasladar del apartamento lucen diminutos en el amplio salón que conecta con la cocina, donde me encuentro jugando a la novia, preparando pasapalos, tapas o aperitivos para los invitados: padres, hermanos y la interminable variedad de primos de Jacobo.
En este círculo soy otra persona.
Es como si comenzara una página en blanco, donde todo lo vivido antes desaparece.
A los ojos del mundo soy una mujer absolutamente afortunada.
Tengo todo lo que, en vísperas de mis treinta años, se supone debería desear: una carrera, salud, un hombre estable, con un futuro prometedor y, lo más importante, planes de familia.
—Creo que llegó el momento de que te quedes en Caracas definitivamente —me dijo Jacobo al recogerme en el aeropuerto.
Habíamos hablado antes de este tema, pero siempre de forma superficial. Ahora, con la casa lista, su insistencia es mayor.
¿Juntos de forma permanente?
El miedo invade mi cuerpo.
Se me corta la respiración al pensar que dejaría de ser dueña de mi tiempo. Las cosas simples desaparecerían: decidir si como en casa o si alargo una charla con mis amigas, viajar cuando lo desee… o verlo a Él.
Mis momentos de soledad en mi pequeño departamento.
Mis largas duchas —que nadie interrumpe—, donde mi mente recrea aquellos encuentros maravillosos y, como si los viviera por primera vez, vuelvo a sentir esa descarga de dopamina que me reconforta.
Ahí conozco mi cuerpo y lo estimulo sin vergüenzas.
Me doy placer recordando sus manos en mi piel, recorriendo mis caminos, imaginando que mis manos son las suyas.
Y exploto divinamente, envuelta entre el vapor de mi éxtasis y el del agua caliente.
Mi estreñimiento. Ir al baño siempre ha sido una odisea.
Tengo rituales que solo puedo cumplir en la comodidad y la soledad de mi casa. Me es imposible hacerlo cuando otras personas me rodean, sin importar quiénes sean.
Viajar con amigos o incluso durante mis encuentros con Él —o con Ella, cuando nos reuníamos los tres— significaba, además de días de amores, tres días de estreñimiento por mi incapacidad de evacuar en presencia de otros.
Mi estreñimiento es directamente proporcional a mi miedo.
Lo que creo haber superado, mi colon me recuerda que no: que sigue ahí, contenido, amalgamándose e inflándome como un globo de cumpleaños.
¿Cómo hacen las parejas para convivir en momentos tan individuales?
Dejar mi oficina.
Renunciar a la idea de mudarme a un lugar propio.
Ese espacio que he visualizado tantas veces: pequeño pero acogedor, de grandes ventanales, decorado con colores claros, un gran sofá color arena, muchas fotos y muchos silencios.
He construido sin intención esos momentos en mi cabeza, y en ellos no veo a nadie más que a mí: sin compañía, solo yo.
Pero eso no es lo que veo ahora.
Ahora solo veo a Jacobo en el asador, veo sus fotos con su familia, veo sus colores, sus sonidos, los espacios que ha construido y que me pide que haga míos también.
Jacobo es gentil, se nota la contención familiar con la que ha crecido. Tan distinta a la mía. Y eso lo agradezco.
Jacobo sabe lo que quiere, y lo sabe con determinación.
Él no anda buscando respuestas, ni curándose heridas en la vida. Tiene su mapa perfectamente diseñado y se apega al recorrido sin cuestionarse.
No anda decretando, visualizando ni llamando a la prosperidad, la claridad mental o desmarañando algún conflicto interno.
Jacobo creció sabiendo el camino que quería recorrer.
Y amo eso en él.
Mi batalla permanente entre lo que quiero y lo que debo.
Esto es estabilidad.
¿Por qué la dejarías, Margarita? ¿Por qué siempre lanzarte al abismo de lo incierto?
Se me viene a la mente nuestra conversación, aquella noche en su habitación de hotel.
Llegar a sus brazos esta vez fue una urgencia.
Una sed sostenida, intensa, que por fin estaba siendo calmada.
¿Cómo es posible sentir cosas tan diferentes por dos personas, y disfrutar ambas?
No puedo siquiera atreverme a compararlos entre ellos; sería un acto aún más ignominioso que la misma infidelidad. Una comparación oprobiosa.
Pero sí lo hago conmigo.
Comparo las dos mujeres que soy con cada uno de ellos.
Con Jacobo me siento sensata, segura.
Sus besos y sus caricias son un bálsamo para todas mis inquietudes.
Suelto el volante, me convierto en copiloto que disfruta del paisaje y va cantando.
Con Él… estoy absolutamente a la deriva.
No hay un minuto de seguridad.
Es como un tornado en constante movimiento: aire, fuego, agua, todo dentro de mí, fluyendo.
Me hace pensar, retarme, vivir en permanente cuestionamiento.
Él siempre me lleva a mirarme; y muchas veces, demasiadas veces, es agotador.
—Te conozco, Margarita. Tienes una tormenta en la cabeza, y ya imagino de qué va.
Eso fue lo que me dijo después de que vaciara mis ganas y mis remordimientos en su cuerpo. Ocultarme de Él es imposible. Es difícil no ver los cambios en un camino al que llevas tanto tiempo transitando.
Y el camino de mi cuerpo y de mi vida, Él se lo conoce bien.
Mis manos conocen cada músculo de su cuerpo.
Tengo las pecas de su espalda grabadas en la memoria como un mapa que me guía al placer sin límites.
Aquí no soy adorada: soy explorada, penetrada hasta lo más profundo de mí.
Su virilidad me arropa de tal forma que me pierdo sin reconocerme.
En este placer no tengo el control de nada.
Y eso es desconcertante… pero absolutamente fascinante.
—¿Cómo se llama? —me pregunta directamente, sin que yo le hubiese dicho nada.
—Jacobo —respondo.
—¿Judío?
—No. Es católico. Árabe y católico.
Comienza un juego de ping pong, pero de preguntas y respuestas.
Él pregunta, yo respondo.
—¿Qué hace?
—Es abogado.
—¿Cuántos años tiene?
—Veintisiete.
—¿De aquí?
—No, es de Caracas.
—¿Es gordo?
Lo miro, y con una sonrisa de incredulidad por la pregunta, le respondo y termino el ping pong.
—No, no es gordo. Mide 1,82, tiene ojos azules y es bastante guapo. Bastante.
—No te molestes, Margarita. Solo quiero saber con quién estás. Quiero saber que estás bien.
—¿No te molesta? —pregunto, arrepintiéndome tan pronto termino la frase.
—¿Por qué me molestaría que fueses feliz? Margarita, ya eres grande y sabes lo que quieres. ¿Yo qué tengo que cuestionar tus decisiones?
—Punto positivo que el pana no sea gordo y que sea de la capital —añade, sonriendo—. Me parece genial, así terminas de salir del pueblo y vives más el mundo.
Mi cara fue un poema: una mezcla entre reír y llorar. Solo lo escuché y observé su rostro desenfadado.
De verdad decía lo que sentía: alivio, alegría de que esté con alguien, de forma permanente.
—Margarita, si tú eres feliz, yo también. Así debe ser.
Deja las películas solo para verlas. Que te conozco. Andas pensando cosas que no te llevan a nada.
Yo estuve ocho horas debatiéndome antes de ir a ese hotel, consumiéndome entre lo que debía hacer y lo que deseaba.
Mientras tanto, Él estaba tan claro.
Quise que la tierra se abriera y me tragara. Pero ¿por qué? ¿Qué es lo que realmente estaba esperando? Que me hiciera una escena de celos. Que se desbordara de dolor al saber que otro me toca. Que sufriera por la idea de haberme perdido.
Y en ese momento, yo poder justificar mi indecisión, darle sentido a mi novela interna.
El drama rellena los vacíos. La mente se justifica y arma todo un teatro, solo para una cosa: ahorrarte el duro trabajo de cuestionarte a ti misma.
Al final, es tu juego y son tus reglas. De nadie más.
—Margarita, no limites nuestra historia a estos momentos.
Sabes que somos mucho más.
Antes de meterte en mi cabeza y armarte una novela, busca en la tuya.
Y deja de juzgarte con ese bendito “deber ser” que te acompaña y no terminas de soltar. Sé feliz.
¿Qué significa ser feliz? ¿Disfrutar de Jacobo, el hombre que me quiere en todos sus espacios, sin despedirme de Él y de este amor que es solo mío, aunque eso me lleve a mentirle a quien no lo merece?
¿O quedarme sola, para no dañar a un tercero, y esperar que Él entre —o no— en mi vida?
Vivir tres días intensos, y después seguir con mis días.
Comprar ese apartamento que tengo en mi cabeza, buscar un perro, y ser solo mía. De nadie más.
¿Qué me lo impide?
¿Qué me frena a irme, dejar a Jacobo y lanzarme a la nada, a la soledad?
La verdad es que no sé si me estoy contando una historia para justificar la forma descarada en la que le miento. Para no ver que soy débil. Que la que está aquí hoy, haciendo esta ensalada mientras su novio recibe a su familia en el patio, es la niña herida que nadie cuidó. La que esperó, una y otra vez, ser protegida, guiada.
La que se hizo sola. La que nació sin mapa y que ahora encontró dónde dormir tranquila.
Y la que entró en esa habitación de hotel es la mujer que quiere ser dueña de su vida. Dejar ese peso atrás. No ser su propia víctima una y otra vez. Tomar de la vida lo que quiere. Y no pedir perdón por eso.
Estoy sentada en el lugar donde soy terriblemente juzgada por mi desliz inconexo.
Pero estoy segura de que me levantaré de esta silla para cederle el puesto a cualquiera de ustedes, en esta circunferencia que llamamos vida.