Existe un lugar perfecto para cada persona. El mío es este; en medio de este mar azul, abordo de Filomena, con el sol radiante iluminando todo lo que ves. Otros podrían decir que estamos en medio de la nada; yo diría que estamos en el centro de todo.
Él está meditando en la proa del barco. Puedo verlo hacer sus postraciones y alinear su espíritu con toda esta calma. Ella está a mi lado, inmersa en un libro. La observo: usa unos anteojos pequeñísimos para leer, que se oscurecen con la luz del sol. Parece que tramara la caída de la bolsa, de tanta concentración.
El vaivén del barco me arrulla, y tenerlos conmigo —y para mí— me completa.
Leo uno de los poemas que Él nos recitó hace algunas noches:
L’HOMME ET LA FEMME
Antonin Artaud (1896–1948)
L’homme est la plus élevée des créatures;
la femme est le plus sublime des idéaux. Dieu a fait pour l’homme un trône; pour la femme un autel.
Le trône exalte; l’autel sanctifie.
L’homme est le cerveau,
la femme le cœur.
Le cerveau fabrique la lumière; le cœur produit l’Amour. La lumière féconde; l’Amour ressuscite.
L’homme est fort par la raison;
la femme est invincible par les larmes.
La raison convainc;
les larmes émeuvent.
L’homme est capable de tous les héroïsmes;
la femme de tous les martyres.
L’héroïsme ennoblit;
le martyre sublime.
L’homme a la suprématie;
la femme la préférence.
La suprématie signifie la force ;
la préférence représente le droit.
L’homme est un génie,
la femme un ange.
Le génie est incommensurable;
l’ange indéfinissable.
L’aspiration de l’homme, c’est la suprême gloire;
l’aspiration de la femme, c’est l’extrême vertu.
La gloire fait tout ce qui est grand;
la vertu fait tout ce qui est divin.
L’homme est un Code;
la femme un Évangile.
Le Code corrige;
l’Évangile parfait.
L’homme pense;
la femme songe.
Penser, c’est avoir dans le crâne une larve;
songer, c’est avoir sur le front une auréole.
L’homme est un océan;
la femme est un lac.
L’Océan a la perle qui orne;
le lac, la poésie qui éclaire.
L’homme est un aigle qui vole;
la femme est le rossignol qui chante.
Voler, c’est dominer l’espace;
chanter, c’est conquérir l’âme.
L’homme est un Temple;
la femme est le Sanctuaire.
Devant le Temple nous nous découvrons;
devant le Sanctuaire nous nous agenouillons.
Enfin: l’homme est placé où finit la terre;
la femme où commence le ciel.
Lo traduzco, por supuesto, para entenderlo, pero con los audífonos lo escucho una y otra vez en francés. Quiero recitarlo en mi cabeza. Habla de lo maravilloso y sublime que son el hombre y la mujer, lo complementario de su existencia, y la obra equilibrada, justa y perfecta de Dios al crearlos.
Somos esa obra perfectamente equilibrada. Y hoy, yo la disfruto en toda su construcción.
Una sonrisa se dibuja en mi cara al recordar la noche de baile, lo embriagador que fue nuestro amor. En la barra, el chico que sirve los tragos le dice a Él con una sonrisa pícara: "¡Qué afortunado!" A lo que Él contesta mirándonos a las dos, mientras bailamos: "¡Sí, absolutamente!"
Pienso: ¿Qué sentirá Él? ¿Cómo hace para, a pesar de sentirse completamente afortunado, dejarnos ir sin problemas? ¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Él también experimenta el sabor amargo de la despedida?
Hace unos meses lloraba sin consuelo, cantaba desgarrada con la esperanza de que, en la distancia, Él escuchara o sintiera mis gritos de dolor y abandono. Hoy celebro mi cumpleaños número veintiséis con Él y con Ella, sobre un barco en medio del océano Atlántico, viéndolo hacer sus meditaciones.
Con Ella... jamás imaginé esto, ni en mis más remotos sueños. Qué loca es la vida. Pude no haber ido aquella noche a la exposición en el hotel, pude haberme quedado en casa llorándole, pude no haberla conocido. Pero elegí seguir. ¡Elegí vivir!
Su madre tiene razón: siempre es mejor vivir. Pero ¿Cómo vivo esto con desdén, si esto es la vida misma?
Siento la caricia pegajosa en la piel, producto de la humedad del clima, la sal del mar y mi bronceador. Mi piel recibe la sensación con gusto. Desde que ideé este plan, pensé mucho en las comidas. Es una de mis partes favoritas de navegar: cocinar en el barco al aire libre, con esta vista maravillosa, el olor del mar, embriagador para mí. Estoy segura de que Ella preferiría un plan menos húmedo, pero lo disfruta y espera con ansias mis comidas, igual que Él.
Llega un bote con pescado fresco, fruto de la pesca artesanal local. Me entusiasma escoger lo que voy a preparar. Él ha terminado sus meditaciones y, al igual que yo, le encanta la interacción con los lugareños. Ella se acerca y, entre los tres, elegimos el menú, aunque soy yo quien termina decidiendo.
—¡Ajá! ¿Qué hubo, pues, jefe? Aquí le traje unos robalos fresquitos y grandes. Dice Antonio, uno de los pescadores con su alegría contagiosa.
—También le traje langosta.
—¿Me trajiste el pulpo que te pedí? —pregunto con tono amigable.
—¡Ave María, claro, mi señora! Se lo encargué a mi hermano que es el experto. Entró temprano y se lo atrapó.
—¿Vas a cocinar pulpo? pregunta Ella.
—Sí, quiero hacer pulpo a la gallega.
La noche de mi cumpleaños fuimos a un chiringuito a orillas de la playa. Ahí conocimos a Antonio, es quien le vende todos los frutos del mar a varios restaurantes y bares de la zona. el lugar tiene tablones de madera colocados de forma improvisada para crear una pista de baile, luces colgadas que hacen de techo y se distinguen desde lejos. Bailar me relaja, me embriaga incluso sin necesidad de alcohol. Es mi mejor terapia: reír bajo las estrellas, con el sonido de las olas, la música y el olor a mar. Y Ellos, sueltos y ligeros, moviéndose con pleno disfrute. La gente nos mira sin juicio, contagiada por nuestra alegría.
Es una sensación que nace de los huesos y se expande por todo el cuerpo. Libertad pura. Tu decisión ejecutada sin remordimientos, con la conciencia clara de que no haces daño a nadie con tu expresión. De ahí la ausencia de culpa.
Los días son para mí y me los bebo frenética, los consumo sin desperdicio. Les hago el amor sin reservas. Guardé las expectativas y los anhelos insensatos en la cajuela del avión, y tan pronto como bajé, los dejé volar a otro destino. Aquí solo estoy yo y mi amor profundo por ellos.
Esa noche de baile, terminó en la habitación del hotel, los tres enredados en un tejido delicado de brazos y piernas. Cada minuto concentró pasión y erotismo, perfumado de amor. No hay segundas oportunidades, y nada volverá a ser igual. No habrá otra vez, y estoy convencida de ello, porque en el equilibrio de nuestras vidas, otras son las cosas que debemos descubrir y vivir por separado.
Me disfruto su piel suave, es una mujer de estructuras delicadas, y eso me seduce enormemente. Él, en cambio, me da una intensidad que me atraviesa como un fuego contenido. Los dos me deconstruyen el amor que creía conocer. Verlos amarse es de las cosas más eróticas y placenteras que jamás he vivido. Sentir su deseo por mí, lejos de causarme inseguridad, reafirma mi autoestima. Me ha hecho verme con claridad en el espejo de sus ojos, y lo que veo ahora me gusta. Esta persona que estoy siendo hoy me gusta.
Así que estos días me los estoy bebiendo sin que mis pensamientos saboteen el momento. Él cree en vidas pasadas, cree en el karma, que no es más que la causa y el efecto de todas tus acciones a lo largo de tus vidas. En cada vida experimentas las consecuencias de la anterior. Me parece absolutamente justo. Le da sentido a lo que muchas veces no lo tiene y que solemos atribuir a un Dios que nos dio libre albedrío, pero al que, de igual forma, hacemos responsable de todo lo que pasa.
De las cosas que amo de Él, sin duda, es esta parte de su vida, de la que poco conversa, a menos que demuestres interés genuino en saber. Admiro su capacidad de no ir por ahí como quien lo sabe todo, repartiendo enseñanzas a quien no quiere escucharlas. Pero sabe que soy curiosa, que me apasiona leer y aprender. Por eso tenemos largas conversaciones sobre ese camino que recorre, tan apartado de nosotras. No sé si este amor viene de otras vidas o si en las siguientes volveremos a encontrarnos, pero no quiero dejar pasar esta para disfrutarlo. Es en esta vida que los tengo, es en esta que los disfruto. Y no pediré permiso ni perdón por ello.
—Voy a preparar tu bebida — me dice Ella mientras yo cocino el pulpo.
Una de mis bebidas preferidas es el Aperol Spritz: refrescante, con ese toque amargo del prosecco, formando una combinación perfecta. Y debo decir que el de Ella es, sin duda, el mejor. Equilibra las cantidades justas, pero sobre todo, elige un prosecco lo bastante robusto y equilibrado con el amargo del licor de naranja, poca agua gasificada, es una delicia al paladar.
Solo lo tomo yo. Ella prefiere solo prosecco y Él ha pasado del alcohol por ahora.
Me entrega la copa, perfectamente servida, como me gusta. Saboreo el primer sorbo, que siempre es el mejor.
—Está perfecto, cariño. Delicioso.
—De viejos deberíamos encontrarnos aquí los tres, montar un chiringuito. Tú preparas las bebidas, yo cocino, y Él atiende a los comensales. ¿Qué te parece?
—No estaría mal —contesta Ella, mirándome cocinar y me pregunta.
—Pero cuando dices “viejos”, ¿a qué edad te refieres?
—Pues no puede ser muy viejos. Debe ser antes de que nos lleguen los achaques. contesto acompañada de una mueca y añado.
—Tal vez a mediados de los cincuenta. ¿Qué dices?
—No lo sé… ¿un trío de tres viejos?
Nos partimos de risa las dos, de solo imaginarlo. Jamás hablamos del futuro, por lo que la conversación me pareció deliciosa. Él se acerca, atraído por nuestro jolgorio.
—¿De qué se ríen, caramelitos míos? —pregunta con curiosidad.
Ella lo pone en contexto:
—Margarita ha sugerido, en vista de nuestros dotes —ella con la cocina y yo con las bebidas—, encontrarnos aquí, a nuestros cincuenta y tantos años, montar un chiringuito y dedicarnos a ser un trío de viejos que sirven a muchos turistas. Cosa que te incluye, por supuesto, en atención al cliente.
—¿Qué te parece?
—Que es imposible que yo esté viejo a esa edad, así que no podré acompañarlas en su plan geriátrico. Estaré “uvita”, en mi mejor momento, y no pienso andar con viejas.
—¿Pero de qué hablas? Uva pasa será—le replico inmediatamente, mientras Ella ríe sin parar.
—No repliques. Con lo floja que eres para hacer ejercicio, quién sabe cómo llegaremos a los cincuenta. ¡Ponte las pilas, Margarita!
—Cariño, el ser humano es exageradamente infinito. En veinte años puede pasarnos de todo.
—Ejemplo: henos aquí, luego de poco más de un año, en un barco los tres, en medio del mar, a punto de almorzar el mejor pulpo a la gallega hecho por mí, que te has y te comerás en tu vida —le respondo con cara de sabiduría y determinación.
Y nos reímos. Nos reímos con esa risa que se contagia, que es testimonio de algo irrepetible. Ella se levanta y pone música suave. Él la toma de la mano y bailan descalzos sobre la madera caliente por el sol del día. Yo los miro y sonrío, sintiendo que en ese instante no falta nada. Nada en absoluto.
Pienso que quizás no volveremos a estar así los tres. Que este momento es irrepetible, sí, pero suficiente. Porque el amor, cuando se vive en libertad y sin miedo, no necesita eternidades. Se vuelve eterno solo por el hecho de haber existido.