Me meto bajo la ducha y, de repente, el mundo se detiene y enmudece. Espero que el día acabe para poder llegar a casa y tener este momento en el que solo estoy yo y mis recuerdos. Se ha convertido en mi ritual, el lugar donde recreo mi burbuja, esa que creé para mí.
He descubierto una fina línea entre la culpa y la responsabilidad. Llevo cinco meses averiguando cuán delgada es y qué tan fácil es confundirse. Soy el maestro de obra de esta burbuja. ¿Es mi culpa sentir esto que me deja en silencio por horas, metida bajo la ducha entre lágrimas que nunca se agotan? ¿O, por el contrario, es mi responsabilidad gestionar lo que insensatamente construí?
Hay una sensación de dolor intenso que nace en el centro del pecho. Se expande, ocupa tanto espacio que me deja sin aliento. No consigo respirar. Es el dolor de la culpa y el abandono llenándolo todo.
Los primeros meses bebi todo el alcohol de la ciudad, pero la verdad es que el alcohol no consigue sanar nada, así que lo dejé de lado. En cambio, tengo una selección de canciones organizadas por etapas. La etapa de la rabia, donde no hay razón, solo el dolor cobrando vida y como afrenta a Él, en esta fase me pareció justo cantarle canciones que odia, llenas de frases forzadas y saturadas de cliché, así que elegí a Ricardo Arjona como intérprete de este capítulo tan poderoso. Muy pronto llegó la impotencia. Esa que no se explica y que hace el dolor más agudo, mucho más agudo. Pensé que no tenía a quién escupirle mi dolor. En esos días me repetí a mí misma lo desafortunada que era en el amor. Me parecía cruel por parte de la vida, llevarme a conocer el amor así, para luego quitármelo. En esta etapa fui mucho más dramática y escogí canciones de dolor profundo. Le canté a gritos todas las canciones de Isabel Pantoja, Massiel “Brindaremos por Él” pieza fundamental y otras tantas distinguidas interpretes, precursoras del despecho.
Cuando el dolor encontró un espacio de fuga en la canción, el amor empezó a aparecer y a traer consigo la sensatez. Justo en ese momento llegaron para quedarse el señor Fito Páez y el gran Joaquín Sabina. Con ellos canto hasta que se vacía el pecho de estas emociones que me perturban.
El trabajo se ha convertido en un lugar de monotonía. Creo que sería un poco difícil convertirme en la jefa de mi jefe, por lo que pienso que mi tiempo aquí es finito. Era algo en lo que no había pensado antes, pero luego de ganar algunas batallas legales, empiezo a sentir deseos de que las guerras no estén reservadas solo para mi jefe. Está siendo hora de ser más cabeza de ratón que cola de león.
Todo esto lo pienso mientras sigo en la oficina, sumergida en papeles que ya no quiero leer. Estoy cansada. Quiero irme a casa y apagarme en la ducha. En ese momento suena el teléfono. Veo quién es y recuerdo que tengo una invitación con unos amigos: una reconocida cadena de Hoteles cinco estrellas han abierto en la ciudad, lo que ha generado múltiples eventos. He pasado de todos ellos, pero creo que de este no podré librarme.
Esta noche, marcas sudamericanas de ropa exhiben sus colecciones en los salones del hotel.
Son las ocho en punto. Tomo la llamada y confirmo mi asistencia, con la salvedad de que solo estaré un máximo de dos horas. Entro al baño y me arreglo un poco. Llevo doce horas fuera de casa, pero con un poco de maquillaje me siento como nueva.
Visto un traje de dos piezas en color blanco: un blazer estructurado y entallado, combinado con una falda lápiz ajustada hasta la rodilla y unos stilettos color piel de tacón alto. Me miro en el espejo y pienso en que Él no podrá ver lo guapa que estoy. Recuerdo que no estará ahí, ni ahora ni después. Siento el hueco en el estómago, producto de la ausencia de mis mariposas, y antes de entrar en ese bucle de nostalgia, salgo del baño y me voy.
El hotel está a solo cinco minutos de mi oficina, pero tardo más en encontrar estacionamiento que en llegar. Busco a mis amigos entre la multitud que disfruta de la noche: tragos, música, moda y gente linda. Después de todo, esto es justo lo que necesito para despejarme.
No quiero beber, ya me bebí todo el alcohol de un año en tres meses, así que un cóctel bastará para disimular las dos horas que estaré aquí. Disfruto la conversación con mis amigos. Este grupo ignora totalmente la tormenta que llevo atravesando desde hace cinco meses, algo que agradezco, pues así no tengo que tocar el tema ni recordarlo. Disfruto la música que ambienta el lugar y las caras nuevas.
Me tomo el tiempo de ver las marcas expuestas: ropa, carteras, zapatos, joyería. Algunas propuestas me parecen interesantes; otras, demasiado excéntricas para mi gusto. Me animo a comprar algunas prendas útiles para mis días de trabajo y un par de zapatos un poco arriesgados, pero bastante versátiles.
Luego de las compras, nos acercamos a la parte trasera del hotel, donde un espacio amplio cobra vida con una gran cascada rodeada de rocas y plantas selváticas. A sus pies, una piscina ocupa casi toda el área. A un costado, un restaurante con temática tiki se integra perfectamente al paisaje: techos de palmeras, antorchas de jardín y una variedad de heliconias que envuelven el ambiente. Las mesas están dispuestas estratégicamente para dar la ilusión de que se come en medio de la selva, rodeado de agua, jardín y las llamas danzantes de las antorchas.
Tomamos una mesa y pedimos algo para picar. Aunque estoy disfrutando el rato, miro el reloj para no pasarme del tiempo que me he establecido. A dos mesas de la nuestra. Veo a una mujer joven, de mi edad, cenando sola, absorta en su portátil. Es alta, delgada, de cabello castaño claro y ojos verdes como dos olivas.
Mientras cenamos, la observo, preguntándome qué hará ahí sola. Seguro es una huésped del hotel y está aquí por trabajo. No parece de la ciudad. En ese momento, dos chicos se acercan a ella y se unen a su mesa.
Están todos conversando. Por un momento quedo ausente, mientras una pregunta recurrente circula en mi mente: ¿Dónde estará? Es inevitable por momentos pensar en Él. Mientras lo pienso, sin darme cuenta, me quedo fija mirando su mesa y, a lo lejos, escucho:
—¡Buenas noches! ¿Podrías regalarme un cigarrillo? —
La voz pertenece a un hombre alto, con cuerpo de atleta, pelo rapado y totalmente decolorado, vestido de manera excéntrica, pero con estilo. Salgo de mis pensamientos y tardo unos segundos en darme cuenta de que es uno de los comensales de su mesa. Todos en la mía responden en coro, mientras mi respuesta tardía se vuelve el eco de la conversación.
Uno de mis amigos reacciona rápido, eludiendo mi torpeza, y saca un cigarrillo para entregárselo, ofreciéndole también fuego.
Mientras enciende el cigarrillo, nota mis compras y, con un gesto de aprobación señalando la caja de zapatos, dice:
—Buena compra —
No quiero quedar como una tonta, así que esta vez respondo rápido y con naturalidad.
—Gracias, los compré en uno de los stands de la exposición —
Él me responde con una media sonrisa pícara:
—Lo sé, es mi marca. Yo los diseñé —
Me tiende la mano y, con un gesto encantador, se presenta:
—Un placer, querida. Mi nombre es Javier —
Me observa con intensidad y añade:
—Qué hermosos tus ojos. Perdona el abuso de venir hasta tu mesa a pedirte un cigarrillo. La verdad es que no fumo, es para mí socia. No quiso venir ella a pedirlo —
—¡Gracias por lo de los ojos! Eres el primero que me lo dice —respondo con ironía, pero divertida— Quiero un socio como tú, que se sacrifique y pida cosas por mí —
Mientras le digo eso, tomo la cajetilla y saco varios cigarrillos más para entregárselos.
—Llévale estos. Sé que la tienda del hotel está cerrada; me fijé en cuanto llegué y me alivié al ver que tenía una caja conmigo —
Conversamos de pie junto a mi mesa. hablamos de su marca, de su impresión sobre la moda latina y de sus diseños. Él es argentino, radicado en Nueva York. Imagino que su socia también es argentina, pues tiene ese aire dorado y relajado de las mujeres que caminan por Puerto Madero, pero me dice que ella es de Bogotá.
Al final, decidimos unirnos en un solo grupo para conocer a su socia, quien esperaba los cigarrillos.
—Un placer, encantada —se presenta ella con simpatía y frescura
—Gracias por los cigarrillos. La tienda está cerrada y no pude comprar —
Algunas personas nacen con exquisitez, como si fuera un derecho otorgado desde el vientre de su madre, también exquisita. No importa dónde estén, qué ropa vistan o cuál sea su entorno, llevan esa distinción con ellos. Así es ella, y su acento cachaco la distingue.
La conversación es tan grata que me olvido del tiempo y de todo lo demás. Las dos horas se convierten en cuatro, que transcurren entre cuentos y anécdotas sobre cómo estos dos amigos de internado iniciaron su marca de ropa y zapatos, y cómo han llamado "promotional tour" a su recorrido por distintos países de Latinoamérica para darla a conocer.
Me he sentido tan a gusto que accedo y prometo verlos al día siguiente. Intercambiamos números telefónicos. El evento se extiende hasta el domingo, pero ellos se marchan el sábado por la mañana, por lo que el viernes ofrecerán un desfile con sus diseños. Les prometo estar ahí y ayudar en lo que pueda.
Me agrada la idea de tener un plan distinto que distraiga mi mente. Conocer gente nueva con una visión diferente de la vida. Aunque este camino me ha llevado por el desamor, también me ha conducido por uno sin retorno, el del aprendizaje. Es imposible ser la misma después de Él.
Los viernes en la oficina suelen ser tranquilos. Logro terminar el papeleo pendiente de la noche anterior. A las once de la mañana, un mensaje llega a mi teléfono:
—¿Almorzamos juntas? Me hace falta un cigarrillo.
Es Ella, el mensaje me sorprende gratamente y respondo sin vacilar:
—¡Me encantaría! La tienda debe seguir cerrada ;)
—Paso por ti a la 1:30.
Salgo de la oficina directo al hotel. La llamo para avisarle que estoy en la entrada. Sale por la puerta del hotel, con su porte elegante y una sonrisa despreocupada. Se acerca al auto y abre la puerta con tranquilidad, una vez más, me sorprende lo guapa y exquisita que es. Lleva un camisón de lino crudo color arena, de manga larga, con un sombrero color vino y unos botines de piel marrón.
— ¡Hola, cariño! Me encanta tu sombrero —
Ríe divertida — ¿en serio? pues gracias, es de Javier —
— me encanta la forma de vestir de Javier, tiene muchísimo estilo — le respondo
— Pues tú también, pareces abogada de serie de tv, te ves encantadora —
no hay nada mejor que el alago de otra mujer, es más reconfortante. Respondo agradecida con mueca de modelo.
—muchísimas gracias, me siento muy halagada —
a llevo a un restaurante italiano. Un lugar tranquilo, reservado, ideal para conversar. Su bodega de vinos es una de las más variadas e importantes de Latinoamérica.
Pedimos una botella de vino, miramos el menú y nos decidimos por la sugerencia del Chef: Crudo con insalatina di mele, Crostini margherita, Insalata belga con prosciutto e formaggio, Risotto con zucca, ricotta e noci, Scaloppine al limone con patate e verdura fresca y Tagliata di manzo con verdure alla griglia. La tarde corre sin darnos cuenta. Tenemos demasiada vida que contarnos, y yo tengo diez meses de emociones atrapadas en una burbuja. Me siento cómoda y divertida en esta conversación y libero un poco de mi carga, pero desde la experiencia y no desde el dolor, y eso me hace bien. Para mí ha sido un momento de tranquilidad. Conforme le cuento, voy acomodando en su lugar cada sentimiento, cada emoción.
Me hace tres preguntas precisas, cortas, y escucha atenta mis respuestas.
—¿Qué admiras de Él? —pregunta con tranquilidad.
Después de un suspiro, le respondo:
—Admiro su libertad, su búsqueda continua de equilibrio, la conciencia plena que tiene de la inmensidad del mundo. Admiro su lucha interna entre la compasión, su ego y su orgullo —.
Me hace otra pregunta mientras bebe de su copa de vino:
—¿Por qué lo amas? —
Vuelvo a suspirar antes de responder:
—Por ser fiel a su libertad, por su hambre de mundo, de vida, porque el “deber ser” de la gente le resbala, por su mente ágil y divertida. Lo amo porque todo su excedente despertó muchas cosas en mí —.
Junta sus manos, las empuña y las lleva a su barbilla antes de hacer la tercera pregunta:
—Margarita, dime, con esos ojos maravillosos que cautivan y han cautivado a este hombre increíble, que decidió estacionarse un momento en tu vida y que, by the way, ya quiero conocer: ¿por qué te duele hoy que sus acciones más recientes sean coherentes con el hombre que describes amar?—
Ahora soy yo quien bebe de su copa de vino.
Wao.
En su pregunta acabo de construir un muro gigante entre la culpa y la responsabilidad. Y ahora mismo estoy parada en la responsabilidad.
En la culpa está mi niña herida y abandonada, víctima de la impotencia y del amor. Llevo cinco meses siendo esa niña. La niña del gran equipaje.
Pero he llegado al lado de la responsabilidad.
Donde la niña no tiene espacio.
El espacio entero es de la mujer.
Esa que, hace quince meses, soltó el equipaje y comenzó a vaciarlo y debo seguir vaciando, seguir viviendo, seguir tras lo que amo hacer, seguir expandiéndome. Dejo este pensamiento para mí y solo le respondo:
—Gracias, gracias por hacer las preguntas correctas. ¡Deberías ser psicóloga! —
Ambas nos reímos.
—Olvídalo, la vida de otros siempre es más fácil de ver que la propia. Además, estoy segura de que la respuesta a la última pregunta, aunque no me la dijiste, lleva mucho tiempo vagando en tu mente, esperando ser escuchada solo por ti —
Sus ojos me invaden, pero no me asustan. Al contrario, me hacen sentir un poder que brota desde dentro y que, en su compañía, comienzo a comprender. Es un poder embriagador, absolutamente adictivo para mí. Es el perfume de la libertad.
La libertad de ser la dueña de mí, de hacer y sentir lo que yo decida. Sin vergüenzas, sin culpas, sin estereotipos. Solo mi libertad y mi responsabilidad.
Seguimos pasando la tarde encantadoramente. Conforme avanzan las horas, me voy sintiendo cada vez más a gusto. Su risa me contagia, me agrada, me gusta.
Recuerdo una de esas noches con Él, entre copas de vino y caricias. Después de hacer el amor como dementes, quedamos tumbados en la alfombra, agotados. Con voz curiosa y algo nerviosa, le confieso la increíble excitación que me invade cuando, en cualquier película, dos mujeres se complacen de forma erótica.
Le digo que me excita, pero que eso me avergüenza muchísimo. Que estoy segura de que no me gustan las mujeres, que no soy lesbiana, y que cuando pienso en sexo, solo puedo imaginar la penetración de un hombre. Pero, aun así, ver a dos mujeres dándose placer me resulta increíblemente excitante. Jamás me he permitido siquiera explorarlo.
Luego de esa confesión, la extenuación de nuestro reciente encuentro desaparece. Él me mira fijamente y dice:
—Margarita, eres una caja de Pandora. Y no, no eres lesbiana.
—Solo disfrutas el sexo de formas diferentes. Y el sexo hay que aceptarlo y vivirlo. Acompáñame.
Enciende la televisión y busca en la programación de algún canal por suscripción. A los pocos minutos, dos mujeres aparecen en pantalla, preparándose para que sus cuerpos ardan de placer, placer que una le genera a la otra.
—¿Qué ves? —pregunta sin vacilar—. ¿Qué sientes?
Mi cuerpo se enciende desde los pies. Bajo la mirada con vergüenza apenas lo siento.
—¡No! Sigue mirando, no te avergüences —me dice dulcemente, levantándome el rostro con su mano—. Solo mira. No hables si no quieres.
Se sienta detrás de mí y me abraza.
Empieza a besarme y yo decido disfrutar de lo que veo y siento. Olvido la vergüenza y recuerdo que los brazos que me rodean son los del hombre que amo. Eso me hace sentir segura y me dejo llevar. Entre el placer de ellas y el placer de él, la combinación es perfecta para mí. Mis orgasmos son todos míos. Es el placer, la libertad del placer. Él tiene razón. Me gusta el placer del sexo.
Ya hemos bebido dos botellas de vino, hemos devorado en tandas la comida exquisita del chef y no hemos parado de hablar. Nuestros teléfonos quedan olvidados en el fondo de nuestros bolsos. Para ese momento, las dos conocemos mucho de la vida de la otra.
Me hago consciente del tiempo. Noto que son más de las seis de la tarde y le recuerdo el desfile en poco menos de dos horas. Ella se espanta al pensar en la desesperación de Javier y luego estalla en carcajadas.
Al fin pedimos la cuenta y salimos del restaurante, sorprendidas de que ya es de noche. Pronto recuperamos los sentidos con el ajetreo del evento. La noche transcurre entre maquillaje, modelos, ropa y los gritos de premura y desesperación de todos.
Cerca de las once, la exposición cierra. Ella y su socio toman un vuelo a Caracas al día siguiente. Javier organizará otro desfile allí, y ella volará a su casa en Bogotá.
Las dos nos quedamos solas en el lobby del hotel, alargando la despedida, esa que tienen los amores de verano. Y de pronto dice algo que me vuelve a impactar mi vida.
—¡Quédate! —susurra.
Nota mi piel erizada por el miedo que me produce su petición. La miro y pienso en lo peculiar del color de nuestros ojos. Los suyos son la continuación en degradé de los míos. Mi boca no pronuncia palabra. Solo me levanto, la tomo de la mano y nos dirigimos al ascensor.
Entramos a su habitación. Me siento cómoda y segura de lo que está por suceder. Estamos solas, explorándonos. El camino no es accidentado. Aunque las sensaciones son desconocidas, en otra vida, otro cuerpo, otra historia, siento que ya he desempeñado este papel antes. Su piel es igual de suave que la mía. Su cuerpo, tan frágil y ligero como el mío. Somos la misma forma en colores distintos.
Ella sabe lo que hace. Ya lo ha hecho antes. Toma las riendas, y yo la dejo. Esta vez, nosotras somos las protagonistas, como las mujeres de los videos que Él y yo vimos para explorar mis deseos.
Llego a casa antes del amanecer con la sensación de haber vivido diez años en dieciséis horas. Mi mente vuela. Estoy drogada de placer. Nada puede sacarme de este momento en el que descubro otra forma de vivir. Una forma libre.
Pero algo falta. Quiero más. Y ese más es Él.
Las semanas transcurren entre el trabajo y las tareas cotidianas. No sé nada de ella ni de Él. A veces pienso en que dos personas están en mi cabeza, separadas, y yo las quiero... juntas.
Llega un mensaje. ¡Es ella!
—Margarita—
Mi pensamiento viaja de inmediato a esa noche. Recordar momentos que despertaron emociones tan intensas, dicen los psiquiatras, puede producir en el cuerpo la misma descarga de dopamina, oxitocina o cortisol que se sintió al vivirlos.
—Hola—
—¡Qué bueno leerte! —respondo sin vacilar.
—¡Qué bueno que respondes!—contesta.
Después del mensaje, suena una llamada. Su voz melodiosa y su acento agradable me envuelven. Hablamos sobre su trabajo, el mío, Javier y sobre Él.
—¿Por qué no vienes un fin de semana? Estoy en San Isidro, en casa de mi madre. Pasaré una temporada aquí. Me encantaría verte.
Mis pensamientos vuelan. Otra vez, siento esa llama que empieza en los pies y recorre todo mi cuerpo, haciendo una pausa en el estómago. Pero esta vez, la intensidad es mayor.
La idea de conocer un lugar nuevo me emociona. Al final de la llamada, ambas estamos seguras de que nos volveremos a ver. Busco en el calendario de la oficina los días más convenientes para ir, según el volumen de trabajo, las audiencias y reuniones ya programadas. Lo que me lleva otra vez al pensamiento de que debo pedir permiso a mi jefe. Soy la cola del león. Cavilo sobre la idea y la necesidad de tener más independencia.
¿Cuándo es el momento justo para abandonar un lugar donde te sientes relativamente cómoda y estable, pero donde a la vez sientes que nada pasará que te lleve a más? ¿Qué tengo que perder si me arriesgo y lo hago ahora? Podría volver a compartir departamento como en mis tiempos de universidad y así pagar una oficina pequeña, que me permita comenzar.
Paso las siguientes dos semanas visitando oficinas y preparando el viaje. Decido hablar con mi jefe y hacerle saber mi decisión de abrir mi propia oficina. Ha sido más que un superior, un mentor desde que salí de la universidad. Me ha preparado para lo que sigue y le entusiasma ver mi desempeño.
He visto una oficina con una buena ubicación y muy buen precio. Necesita unos cuantos arreglos y estaría lista para empezar. Quiero dejar las reparaciones andando mientras estoy de viaje y así no perder tiempo. Me cito con las personas encargadas de los arreglos. Es necesario aprovechar todo el espacio. La oficina es pequeña, pero si se distribuye bien, estoy segura de que quedará genial.
La emoción de construir mi propio camino y el viaje han hecho que esté totalmente entretenida. No he pensado en Él, cosa que agradezco, hasta que llega un correo electrónico.
—Margarita, te mando un pedacito del mundo—
Adjunto al mensaje, una foto de Él escalando el Himalaya.
Por un momento, me olvido de todo lo que me rodea. La fotografía es lo único que existe en este instante. Me siento en el suelo ante la escasez de mobiliario de mi nuevo espacio, y solo miro el teléfono. Luego de siete meses de absoluto silencio, una fotografía. La observo con detenimiento.
Montañas gigantescas de roca, un reino majestuoso de nieve. Él está allí arriba. No puedo dejar de mirarlo, totalmente equipado para la expedición: chaqueta, pantalón, botas, mochila. Apenas logro distinguir las cuerdas que lo guían. Debajo de toda esa ropa, está Él. Todo se ve tan inmenso y silencioso, pero, al mismo tiempo, tan lleno de vida.
A eso se fue… Se fue a vivir. Mis ojos se llenan de lágrimas y, en mi rostro, se dibuja una sonrisa. Lloro de alegría porque puedo sentir su felicidad como si fuera mía. No puedo evitarlo. No me importa si no lo vuelvo a ver, mi amor seguiría intacto. Aún en su ausencia, luego de tantos meses, este amor sigue vivo. Un amor que se alimenta del amor que siento por mí misma, por mis ganas de vivir, de ser libre, de no pedir permiso al mundo para existir. ¿Cómo es posible que sienta tan mío a un hombre que es todo menos mío? No quiero dejar de amarlo. No sé cómo expresar lo que siento en este momento. No sabría cómo ponerle nombre a esta alegría. Una foto me ha inundado de felicidad.
¿Estoy loca? ¿Tan poco me amo que un simple correo y una oración de siete palabras hacen que todo se revuelva en mí? Son esas mariposas que siguen ahí, comandando mi vida. ¿Qué le respondo? ¿Qué se supone que debo responder? Quiero contarle todo lo que he vivido. Quiero decirle que me animé a montar mi propia oficina, que estoy aquí, sentada en el suelo lleno de polvo y herramientas, mirando su foto mientras los obreros trabajan. Cómo me gustaría contarle sobre Ella, sobre todo lo que sentí y siento.
Me recompongo y cierro el teléfono. Si respondo ahora, le haría una proclamación de independencia en un email. Quiero elegir las palabras correctas para mi respuesta.
En lo más profundo de nuestro cerebro, se encuentra el sistema límbico, la parte responsable de nuestras respuestas emocionales y del comportamiento. Su función principal es gestionar y regular las emociones. Pues bien, hace diecisiete meses que este hombre trabaja a tiempo completo sobre una grúa, dirigiendo cada obra que se produce en este departamento de mi cerebro. Es mi supervisor de obras, el que conduce cada estímulo hasta lo más profundo, provocando en mí todas las sensaciones, buenas y malas. Al parecer, ha construido una montaña rusa: a veces, el trayecto está lleno de mariposas revoloteando alegres, pero otras veces llega la subida, esa que te espanta, te llena de vértigo y te deja sin aliento. Todo eso es Él.
Pero ¿Qué clase de persona soy cuando acepto que es otro quien dirige y controla mis emociones? No es correcto subir y bajar en función de lo que viva o decida otra persona. ¿Cómo le pongo límites a este sentimiento? ¿Cómo me pongo límites y tomo el control de mí misma? Qué difícil es ser independiente emocionalmente. A veces, solo quiero ser la mujer que cede el control. Es agotador que todo recaiga en mí, he de reconocerlo. Pero si quiero ser libre, este es el camino. Lo sé, y Él también lo sabe, me siento culpable porque sé que es esa necesidad de dirección lo que le espanta y lo hace cruzar un océano sin decírmelo. Vuelve la línea delgada entre la culpa y la responsabilidad. Tienes que hacerte responsable de ti, Margarita. ¿Así que qué vas a hacer al respecto?
Tengo pocos días para preparar el viaje. He estado de cabeza, llevando a la nueva oficina los muebles que conseguí de segunda mano. Ahora que tiene algunas cosas, la veo más pequeña que cuando estaba vacía. Mientras voy en el auto camino al mall para comprar algunas prendas, recuerdo la lección del bolso y el equipaje: “Viaja con poco equipaje, Margarita.” Y entonces, se me ocurre una idea.
Ya sé cuál será mi respuesta a ese email. No tengo nada que perder que no haya perdido ya. La llamo a Ella y se lo cuento.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
Me responde con su tono armonioso. Le comento lo que quiero hacer y, encantada, me dice:
—Margarita, me parece genial. Aquí te espero.
Estoy aterrada, pero decidida. Antes de que la cordura se estacione en mí, redacto mi respuesta y envío el email.
"20106 San Isidro, Costa Rica."
Adjunto un enlace con la dirección exacta y una foto de mi boleto de avión.
Reviso más de una vez para asegurarme de que el mensaje ha sido enviado. El estómago se me revuelve, creo que voy a vomitar. No puedo creer lo que acabo de hacer. La posibilidad de verlo otra vez hace que mi cabeza y mi cuerpo se contraigan. Mil mariposas revolotean sin cesar dentro de mí.
Me bajo del auto y me concentro en las pocas cosas que puedo comprar. Entre el viaje y la oficina, mis ahorros se están agotando. Debo ser prudente con los gastos, ser fiel a lo aprendido y llevar poco equipaje es la única opción. No puedo dejar de revisar el teléfono, esperando una respuesta. No tengo idea de dónde estará. La foto que envió solo dice que estuvo allí, pero no me dice dónde está ahora.
Llega un mensaje a mi bandeja. Es Él. Dios respondió.
—Te veo en el aeropuerto.
Quiero morir de emoción. Empiezo a dar brincos en medio del mall. ¿Me ve en el aeropuerto? ¿Cómo? ¿Cuál aeropuerto? ¡Madre mía! ¿Por qué siempre termino siendo yo la confundida y sorprendida?
Otra vez me siento en el suelo, esta vez en medio del mall, con el teléfono en la mano, absorta entre todas mis preguntas. ¿Dijo que sí? ¿Irá conmigo? ¿Así, sin más? ¿Qué respondo?
Quiero hacer mil preguntas. Quiero su serenidad, su disposición a la aventura, su calma. Empiezo a escribir una respuesta.
—¿Estás aquí?
Luego pienso: si hubiera querido decirme dónde está, ya lo habría hecho. Borro la pregunta.
—¿En cuál aeropuerto?
No, suena tonto. También la borro.
No sé qué responder, así que envío lo más obvio ante la incertidumbre.
—Ok.
Llego al Aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía con los nervios revueltos. Aún no ha amanecido. Bajo del avión con solo una maleta de mano. Hice un verdadero trabajo de desapego al empacar solo lo necesario. Aunque, con la ansiedad que llevo encima, no habría podido cargar más equipaje. Con todo lo que tengo en la cabeza ahora mismo, ya es suficiente.
Recorro el camino interno que conecta con el aeropuerto internacional, buscándolo, esperando encontrarlo en algún lugar. Pero no lo veo. Me lleno de recuerdos de la última vez que caminamos juntos este pasillo.
Por un momento, me pierdo en el transitar de los viajeros y en imaginar sus vidas: personas con sus familias, niños emocionados por unas vacaciones, y otros solitarios como yo, que quizás están por comenzar una aventura.
Hago todo el proceso de chequeo y migración. La sala D será mi lugar de espera por las próximas cuatro horas. Quiero sentarme y simplemente estar ahí. No quiero seguir buscándolo entre la gente.
Diviso una fila de asientos vacíos y me siento. Saco un libro e intento concentrarme. A este punto, no hay nada que pueda hacer para cambiar lo que vaya a suceder. Así que apago mi mente y me sumerjo en la lectura.
Es un libro de un autor español, una novela de amor ambientada en la Guerra Civil. Me sumerjo en la historia, dejando que las letras me lleven a otra vida, a otro mundo.
Justo frente a mí, un hombre se sienta. Alcanzo a mirarlo de reojo mientras se acomoda. Saca su ordenador, se pone los audífonos y comienza a teclear.
Intento seguir leyendo, pero la distracción me hace pensar otra vez en si vendrá. En ese momento, mi mirada se cruza con la del viajero. Sonrío, y él hace lo mismo.
—¿Es bueno? —pregunta, señalando el libro en mis manos.
—Sí, la verdad es que sí. Si te gusta la historia, te va a encantar —respondo con simpatía, agradecida por la conversación.
—Cuando veo a alguien leyendo, siento una especie de envidia de la buena. Me gustaría hacer lo mismo. Me dice con animo de quien busca conversación.
—¿Existe la envidia de la buena? —pregunto con una sonrisa irónica.
—Espero que sí —dice, riendo.
Su sonrisa me resulta simpática, agradable. En ese momento, suena un mensaje en mi teléfono.
—¿Llevas un repuesto por si no aparezco?
Millones de mariposas alzan el vuelo y chocan entre ellas dentro de mí.
¡Está aquí!
Lo busco con desesperación hasta que lo veo.
Está parado a unos metros de mí, en ese pasillo lleno de gente. Lleva un bolso a la espalda, vaqueros azules, una camiseta blanca y esa sonrisa que paraliza mi mundo y hace que solo Él exista.
Los meses se reducen a horas. Siento que hace nada salí de su casa. Corro para abrazarlo sin importar si nota mi alegría. Nada puede hacer que disimule mi amor.
Nos sumergimos en un abrazo profundo. Mete su cara en mi cuello como siempre y me huele con exageración. Yo acaricio sus rizos suaves. Quiero quedarme a vivir en este abrazo.
Caminamos hasta el lugar donde estaba sentada. Noto que el viajero se ha ido, pero no le doy mayor importancia. Toda mi atención está en este hombre que, en un segundo, me ha devuelto la vida.
—Margarita, tienes muchas cosas que contarme.
—Me parece propicio que empieces contándome la razón de por qué vamos a Costa Rica.
Soy yo quien tiene mil preguntas que hacer. Mil. Ensayé este momento por meses, de todas las formas posibles. En mi cabeza fui la Margarita molesta, la Margarita madura y sensata, la Margarita desinteresada y también la dramática. Pero nunca fui la interrogada.
No quiero perder el tiempo ni dañar el momento. Solo quiero aprovechar que lo tengo conmigo. Y, por un instante, recuerdo que en ocho horas la conocerá a Ella. Tiene razón. Eso es prioridad.
Así que suspiro y le digo:
—Una amiga me invitó a su casa familiar y me gustaría que la conocieras.
—¿La casa o la amiga? —me pregunta, mirándome con curiosidad, buscando en mi rostro lo que le falta de la historia para comprenderla.
—La amiga, por supuesto —respondo.
—¿Tienes una amiga en Costa Rica? No sabía.
—¡Cuéntame más, Margarita!
Él tiene la habilidad de leerme perfectamente. Sabe que detrás de mi petición hay algo que lo va a sorprender.
Le cuento todo sin omitir detalles: la exposición en el hotel, la cena, los zapatos, Javier, nuestro almuerzo… Lo que se me pasa por alto, Él lo recupera con preguntas.
—Has estado ocupada en mi ausencia, Margarita. Nunca dejas de sorprenderme.
—Cuéntame todo lo que sepas de ella. ¡Todo! Mamá, papá, amigos, en qué trabaja… ¡Todo!
Lo miro y le respondo:
—Tengo diecisiete meses conociéndote y no tengo idea de quiénes son tus padres. No conozco a ningún miembro de tu familia. No sé nada de tus múltiples viajes. Hace siete meses comprobé que no sé nada de ti. Solo somos tú y yo, y así lo acepto. ¿Qué te hace pensar que puedo saber todo eso de alguien que acabo de conocer?
—Pides mucha información para la poca que das, ¿no te parece?
Me desahogo sin premeditarlo, le respondo por impulso. Si yo he ido a ciegas, me parece que Él también puede hacer un tanto por mí.
—Calma, calma Margarita, ¡nos estoy cuidando! —No esperaba esos dardos tan pronto. Me dice con esos ojos llenos de cariño, los mismos que me derriten, y al mismo tiempo me abraza.
Estoy perdida. No tengo defensas con este hombre. Tengo todos los argumentos posibles para ganar cualquier batalla, pero con Él no quiero ganar nada. Solo quiero amarlo y olvidar todo lo demás.
Continúo la historia y le cuento que he reservado un hotel, previendo cualquier cosa que pudiera pasar. Él me dice que ha hecho lo mismo.
Anuncian nuestra salida y nos preparamos para embarcar nuestro vuelo a Costa Rica. Estoy emocionada, asustada, nerviosa. No sé qué esperar de lo que viene. Hemos sido muy abiertos con lo que podría suceder y Él ha sido claro en lo que aceptaría y lo que no. Está dispuesto a complacerme, pero no a exponernos a situaciones que nos hagan sentir incómodos.
El vuelo dura cinco horas. Hablamos la mayor parte del tiempo. Le cuento sobre la nueva oficina, algo que me llena de orgullo y que a Él le da felicidad. Esas son las pequeñas cosas que me hacen amarlo: su alegría y entusiasmo por mis logros. En los pocos momentos de silencio del vuelo, pienso que no sé cómo es posible que esté aquí, viviendo esta aventura conmigo. Entiendo que todos amamos de formas distintas. Recuerdo mi conversación con Ella: “Él ama la libertad, y es en libertad que ama”.
El avión aterriza y nos miramos con caras de susto. Ya estamos aquí.
Llegamos a San José a las cuatro de la tarde. Un pasillo largo, decorado con imágenes de playas y selvas, nos da la bienvenida. Es un destino nuevo para ambos, y eso me gusta.
Nuestra guía turística nos espera afuera para mostrarnos el mar Caribe al este y el océano Pacífico al oeste. Previamente, ya le había dicho que la invitación funcionó y que Él volaba conmigo. Estoy tan nerviosa que solo veo gente, muchos carros rojos, autobuses turísticos, carteles con nombres de turistas.
Y entre todo ese movimiento, está Ella.
Exquisita, como la recordaba. Ligera, relajada. En cuanto la veo, el nerviosismo y el miedo desaparecen. No solo para mí. Puedo sentir en Él ese suspiro de relajación y calma. Nos fundimos en un abrazo que trasciende todas las vidas que compartimos.
Él espera tranquilo mientras sucede. Y, tal como nos pasó a nosotras, les sucede a ellos. Es el reencuentro de personas que ya se conocían. Ella lo abraza, se miran, y en ese instante comparten un mismo pensamiento.
Lo que sucede luego de este día se los resumo así:
Nos amamos sin reservas, sin celos, sin egoísmos. Nos mostramos sin vergüenza ante el mundo, desafiando las miradas de desconocidos que intentan comprender lo que solo nosotros entendemos.
Él sobrevive a dos mujeres que lo demandan en todos los sentidos. En estos días, nos da todo lo que tiene. Nos quiere sin reservas, nos cuida, nos llena de ternura y detalles. Nos mira y nos disfruta.
Para Él, nunca hay un mañana. No espera nada más que el momento que vivimos, y así nos lo hace saber.
Soy intensamente feliz. Me olvido de su ausencia. Solo quiero disfrutar lo que hoy estoy viviendo.
No siento celos al verlos juntos, amándose; al contrario, disfruto su felicidad y el hecho de que me necesiten en su placer. Me siento poderosa cuando Él demanda mi presencia, aun teniendo a la exquisitez cachaca que representa Ella.
Me siento elegida por dos de las mejores personas que conozco en el mundo, para ser amada por ellos.