Vuelvo a casa después de un largo día de trabajo, como quien regresa de un viaje emocional. Han pasado tres días desde que llegué, pero todo lo que escuché, lo que sentí y lo que callé pesa como si llevara semanas lejos de mí. Caracas me dejó una punzada en el pecho. Jacobo, su familia, esa forma de amor que me ofrece—firme, disponible, constante—me demanda respuestas. Y me pregunto si eso debería bastar. Me pregunto si eso es lo que realmente quiero.
Repaso en mi cabeza cada detalle de estos meses con Jacobo. No he vivido una relación tan estable. Y, sin embargo, me inundan los cuestionamientos: si Él no estuviera presente en mi vida, ¿aceptaría este amor sin dudas? ¿O me sentiría igual de abrumada? ¿Soy yo quien sabotea su propia felicidad? ¿O simplemente estoy siendo fiel a esa naturaleza mía que anhela libertad y se resiste a cumplir con todo lo que Jacobo espera de su futuro?
Él volvió. Con un correo electrónico.
“Margarita, estaré en tu ciudad esta semana. Quiero verte. Avísame si puedes.” No lo leí una sola vez. Lo abrí. Lo cerré. Lo volví a abrir. Lo memoricé. No he respondido. No sé si quiero. No sé si puedo.
Es inevitable pensar que sí, que ha vuelto, pero solo por tres días. Pensar otra cosa sería mentirme. Aun así, en mi mente se cuela la fantasía absurda de que aparece y me diga: "Margarita, me di cuenta de que eres tú. Tú eres la mujer de mi vida, y te quiero en ella para siempre". esa idea que me pasa de manera fugas, debo reconocer que, aunque soy una soñadora empedernida eso no es una posibilidad ni siquiera para mí. Es como si solo quisiera ser escogida por Él, para luego decirle que ¿no? ¿Acaso es solo mi ego que quiere que exista esa posibilidad?
Recuerdo mis conversaciones con Ángela, mi terapeuta: —¿Has pensado que tal vez lo elegiste a Él precisamente porque sabes que no se va a quedar? —me dijo una vez.
Las formas en que sobrevivimos a la infancia pesan con los años. Lo que alguna vez fue una herramienta para salir adelante, ahora es un obstáculo. O quizás es lo que me define. ¿Será eso lo que me impide ver la bendición de tener a un hombre como Jacobo, que me ama, que lo quiere todo conmigo?
Todo esto no me deja contestar el correo. No por miedo. No por orgullo. Es que esta vez, siento que tengo algo que perder. Jacobo me quiere. Yo veo. Me incluyo. Y aunque no sé si lo quiero con la misma intensidad, sé que con él tengo un lugar. Un plan. Una casa con café en las mañanas, silencios amables por las noches y un futuro trazado. Pero mi miedo a formar una familia no nace del rechazo a la idea. Viene de lo que carga en la espalda. De los recuerdos que tengo de niña. De ver a mi madre llorar por sus malas decisiones. De los silencios entre platos sucios. De promesas rotas sin esfuerzo.
Crecí creyendo que el amor se mendigaba, que la ternura se ganaba a pulso, que quien amaba sufría. Por eso, cuando Jacobo me habla de hijos, de domingos en familia, de una vida juntos, algo en mí se resiste. No sé si sé querer así. Me aterra fallar. Me aterra ser igual que lo que juré nunca repetir. Me aterra que un hijo mío escucha lo que yo escuché. No sé si sabré cómo mameluco ese patrón.
Estoy llena de contradicciones. ¿Por qué siento que esta estabilidad que estoy construyendo se vendría abajo con solo una mirada suya? ¿Por qué hay una parte de mí que lo quiere, que lo elige cada vez?
Me hago un té. Camino descalza por la casa buscando respuestas en el suelo. Y pienso. Demasiado. ¿Me conoces a Jacobo de verdad? ¿Me amaría igual si supiera que también soy la mujer que hace meses compartía su deseo con Él y con Ella, a la vez? Que nunca me sentí tan poderosa como en aquella cama, siendo deseada por dos.
¿Me verían sus padres como la madre de sus nietos si supieran eso?
De solo recordar esos momentos, se me eriza la piel. Jacobo no sabe que la mujer que lo inquieta por las noches y lo desarma se construyó ahí. Que esa seguridad con la que me entrego, la forma en que me muevo, cómo lo dejo explorar y al mismo tiempo lo guía, la aprender con Él. Fue en esos encuentros, en esos cuerpos entrelazados con Ella también, donde descubrí el poder de mi deseo, el poder de mi cuerpo. Lo que hoy Jacobo adora en mí, lo que lo tiene deslumbrado, salió de un camino muy distinto al suyo, a su formación familiar y religiosa. ¿Podría él querer también a esa mujer? ¿A la que es libre, intensa, salvaje? ¿Su familia me aceptaría como la madre de sus hijos si supieran esa parte de mí? ¿O tendría que guardarla en un rincón secreto de mi memoria?
Con Él todo era distinto. Intensidad pura. Brevedad que dolía. Tres días que parecían una vida. Luego meses de vacío. Pero cuando estábamos juntos, yo ardía. Era otra. Viva. Llena. Y me asusta que lo de Jacobo no arda. Que no me saque el aire. ¿Será eso lo que me desconcierta? ¿Acaso confundí el amor con el vértigo? ¿Será que amar también es poder estar en paz?
Y, sin embargo, Jacobo me cuida. Yo llama. Me espera. Me hace sentir que soy suficiente sin tener que saltar al vacío. ¿Eso no debería ser el amor verdadero? ¿O es simplemente lo que aprendemos a aceptar cuando estamos cansadas de esperar? ¿Estaré cansada de ser la paciente que espera sin remedio? ¿Decidirme por Jacobo me convertiría en un futuro en una de mis clientas? Esas que se casan y muestran el anillo como un trofeo, que sienten que lo lograron todo en la vida solo para terminar en mi oficina, llorando y olvidando por completo las razones por las que se casaron.
Hay una escena que no puedo sacarme de la cabeza. Jacobo, en la cocina, lavando platos, mientras me mira con esa calma suya que no exige, solo ofrece. Me habla de su padre. De cómo nunca se iba a dormir sin asegurarse de que todos estuvieran en casa. Me dice que quiere eso. Una familia. No es perfecto, pero sí sólido. Tú, yo, un par de niños, me dice. Nada extraordinario. Solo algo que dure. Y yo no sé qué responde. Porque yo no crecí con eso. Y porque una parte de mí aún fantasea con los encuentros furtivos, con las despedidas en aeropuertos, con los amores que se tatúan en la piel, aunque no se quedan.
Cierro los ojos. Recuerdo el primer fin de semana que pasamos juntos en su apartamento. Estaba amaneciendo y sus manos me dibujaban el cuerpo, conociéndolo. Yo reposaba desnuda a su lado luego de beberme sus ganas y dejarlo extenuado por el sexo frenético que tienen las parejas que apenas se conocen. Mira las palabras que llevo grabadas en mis costillas y me pregunta:
—¿Qué significa?
Pude haberle dicho la verdad. Pude haberle contado esa noche que estoy enamorada de otro hombre y que me imprimí en la piel las palabras que definen mi amor por Él. Que lo hice con su letra, un día de mi cumpleaños en un viaje a Cartagena. Que lo hice para que nunca se me olvidara lo que es amar de verdad con cada molécula del cuerpo. Que, aunque con él no lo demuestre, soy una romántica agazapada en este cuerpo de abogada. Y que no pasa un día en que ese amor no me alimente, aunque no lo tenga.
Pero no lo hice. Callé y me guardé esa verdad hasta hoy. Le dejé la magia a la noche y dejé que pensara que todo lo mágico de mi vida empezaba con él. Mentí, como todos, como muchos. Fingí demencia, como decimos de forma coloquial. Y me volví cómplice de este bonito cuento. Soy egoísta, solo porque al final también necesito ser amada.
Imagino a Jacobo con un niño en brazos. Con su sonrisa tranquila. Con esa forma suya de hacerme sentir en casa. Luego lo imagino a Él, con esa mirada que me dejaba sin respiración, con su forma de hablarme sin hablar. Me siento dividido. No sé si quiero ser la mujer que se queda. O la que sigue viajando ligera, aunque sola. No sé si estoy lista para elegir. Tal vez esta vez no tenga que elegir a nadie. Tal vez lo que necesito es elegir lo que quiero ser.
Estoy dentro de mi auto, llevo más de una hora estacionada en el sótano del hotel. Aún no respondo el correo electrónico, y no hace falta. Sé perfectamente que se hospeda aquí, como siempre lo ha hecho en sus visitas desde que dejó la ciudad hace ya varios años.
Mi teléfono suena. Es Jacobo. Ya es la tercera llamada que no respondo desde que salí de la oficina antes de que cayera el atardecer. No quiero hablar. No quiero tener que mentirle y fingir que estoy en cama a punto de dormir. Aunque se me dan muy bien las mentiras (tengo más de siete años de estudios y un título que lo avala), hoy no tengo ganas de hacerlo. No quiero dar explicaciones rebuscadas.
Salí de casa con el pijama puesto, sin una gota de maquillaje, con el cabello húmedo. Sé que eso no importaría si decido bajarme. En este encuentro no necesito ningún arreglo, ningún disfraz.
Llega un mensaje. Jacobo:
—Amor, ¿todo bien?
No. Todo está patas arriba, todo está sin control, todo está en caos en mi cabeza. Pero no tengo el valor de decírselo, así que mejor ignoro también el mensaje.
Estoy en la primera planta del hotel. El lobby es un salón cubierto de mármol, con unas escaleras imponentes de la misma piedra que conducen a la recepción, ubicada en el nivel superior. El salón forma parte de un cubo abierto, cuyas paredes están formadas por los pequeños balcones de estilo colonial de las habitaciones. En los bordes del salón hay dos restaurantes —uno de comida italiana y otro de comida mediterránea—, unas tiendas de ropa, una joyería y un spa, al que vengo sin falta una vez al mes para arreglarme las uñas. Conozco el lugar perfectamente. Todo está cerrado, es cerca de la media noche, salvo un pequeño piano bar, que se encuentra junto al restaurante italiano y frente al de comida mediterránea. A los pies de la escalera, una especie de pecera natural. Miro a los peces despiertos en su mundo acuático, sin disyuntivas ni complicaciones. Quisiera ser un pez en este momento. No subo. Me siento en uno de los sofás que, entre grandes palmeras, están distribuidos en el centro del suntuoso lobby de bienvenida. No tengo miedo de ser vista. Sé que Él no pediría una habitación con vistas al lobby, así que no temo ser sorprendida. Deseo por unos minutos, compartir su mismo lugar. Escucho a la gente salir y entrar del piano bar. Solo en ese momento, cuando la puerta se abre, logro oír la música que suena dentro:
“… Rózame la vida y no tengas miedo de morder la fruta prohibida. Cierra las salidas, voy a darte un beso que juro no se te olvida…”
Una sonrisa se esboza en mi rostro, en medio de mi dilema. Me gusta mucho esa canción. Podría estar bailándola ahí adentro y no aquí sentada en medio de la culpa, las ganas y mis incipientes lágrimas.
314 es el número de la habitación. El mismo que, en las leyes matemáticas, representa una constante: la relación entre la circunferencia y su diámetro. Qué cosas pienso mientras recorro este pasillo. Mi circunferencia está repleta de mariposas voladoras que se multiplican conforme me acerca a su habitación. Voy mirando en las puertas los números de habitación en sentido regresivo: 320, 319, 318, 317… 316… 315… 314.
La puerta está abierta.