800 AÑOS
Margarita está intentando amar bien. Ha encontrado ternura, estabilidad, una historia posible. Pero el amor no siempre llega solo…
A veces viene acompañado de dudas, memorias y una voz interna que no se calla.
Margarita está intentando amar bien. Ha encontrado ternura, estabilidad, una historia posible. Pero el amor no siempre llega solo…
A veces viene acompañado de dudas, memorias y una voz interna que no se calla.
Sus manos me recorren por completo. Me explora y, cada vez, intenta descubrir algo nuevo.
Consume mi cuerpo con deleite, con gozo. No hay nervios ni preguntas. Solo ese deseo sólido que se instala entre nosotros cada vez que cerramos la puerta.
Jacobo me desea con una devoción que, a veces, me desconcierta.
Ama mi cuerpo. Mi olor. Mi piel.
Me lo dice, lo repite, lo reafirma. Me mira como si yo fuera algo sagrado.
Una especie de diosa griega, con piel tibia y piernas abiertas.
—No tienes idea de lo hermosa que eres… te deseo tanto, que me asusta —susurra mientras me rodea con sus brazos, aún sin aliento.
Me quedo callada. Nunca me había visto así.
Con Él, el deseado era Él. Yo era la que admiraba. La que aprendía. La que cedía.
Pero con Jacobo… soy yo la que enciende. La que domina. La que provoca.
Y eso me enfrenta a otra versión de mí.
Una que me gusta.
Una donde soy poderosa y tengo absoluto control. Donde soy esperada, anhelada.
Pero que todavía no sé si me pertenece del todo.
Me recuesto sobre su pecho y cierro los ojos. Hay una paz extraña después del deseo. Una paz que se parece al silencio… y que a veces también duele.
Duele porque, en esos silencios de mi mente, Él aparece. Y siento una inmensa culpa.
No es justo.
La vida está siendo benévola conmigo.
Es egoísta —luego de ser amada de la forma en que lo hace Jacobo— tener a otro en la cabeza. Pero es inevitable. Él está ahí, de forma constante.
Como si me recordara que esto no es para mí.
Elimino su presencia de mi mente y abrazo al hombre que ahora me ama,
que cuida mi sueño.
Despierto con el cuerpo aún enredado en las sábanas y el olor de Jacobo en la piel.
No solo su perfume, también su respiración, su tacto, el eco de su voz llamándome “mi amor” anoche, mientras apagábamos las luces.
La habitación está en silencio.
Solo se escucha el murmullo lejano de la ciudad.
Abro los ojos. Veo el Ávila.
Es una vista hermosa. Podría acostumbrarme a este paisaje.
Podría cambiar de ciudad, alquilar un departamento, construir una carrera aquí en la capital. Ampliaría en gran medida mi mundo profesional.
No necesitaría una oficina de inmediato. Podría pagar una membresía en un coworking.
Tendría estructura mientras monto algo propio. Es un reto que me entusiasma.
Pero por ahora, son solo ideas que viajan en mi mente.
No quiero compartir esa posibilidad con nadie.
Si lo hiciera, quiero que sea solo un tema mío.
No una decisión que involucre a Jacobo.
Me giro. Jacobo no está en la cama.
Escucho ruidos suaves en la cocina. El olor a café ya empieza a invadir la habitación.
Voy al baño. La luz es blanca, nítida. Casi cruel.
Me miro al espejo.
Tengo el cabello revuelto, los labios aún húmedos, la piel ligeramente enrojecida.
Estoy desordenada… y me gusto.
No me había mirado así.
No con esta mirada. No con esta conciencia.
Me veo y me reconozco.
No como la mujer que espera que la amen, sino como la mujer que provoca que la amen.
Jacobo me hace sentir así.
Como si todo en mí fuera digno de admiración. Como si el deseo naciera en mi cuerpo, y no en su mirada.
Respiro hondo.
¿Será esto lo que llaman sentirse poderosa? ¿O será solo el vértigo de pensar que, por fin, estoy soltando al otro?
Apago la luz.
No hay respuesta. Solo me lo disfruto.
Y voy por mi taza de café a la cocina.
La casa de los Shama está llena. Conocí a los padres de Jacobo hace un par de meses.
Son un matrimonio longevo. Ambos nacidos en el Líbano. Jacobo es el mayor de tres hermanos. Todos varones. Su padre es un hombre dedicado a su familia, y, sobre todo, a su esposa, quien —con orgullo— se quedó en casa cuidando con amor a sus hijos, mientras él trabajaba. Juntos construyeron una linda familia, de la que sus tres hijos se sienten profundamente orgullosos.
Como cada sábado, hay comida para treinta, aunque seamos veinte. Risas que se superponen, niños corriendo entre las piernas de los adultos. Me siento un poco fuera de lugar. Es una cultura diferente, con una gastronomía que me encanta. Cuando están todos reunidos, es difícil escucharlos hablar en español. Solo hablan en árabe. Son una comunidad muy unida: todos son primos, aunque no lo sean. Pero el hecho de compartir una misma historia de emigración los hace familia.
La familia de Jacobo forma parte de esa gran comunidad árabe que emigró a este país, igual que tantos otros: españoles —como mi padre—, portugueses, italianos, y muchas culturas más que encontraron aquí un lugar donde comenzar.
Mi padre siempre me hablaba de lo ligadas que están la cultura árabe y la española. Me contaba cómo los moros invadieron la península ibérica en el año 711, y durante casi 800 años gobernaron el sur de España. “Los árabes nos marcaron para siempre”, decía. La lengua, la arquitectura, la música, el carácter. Todo lo que creímos nuestro, en algún punto fue de ellos también.
Y pienso en eso ahora, mientras lo veo cruzar el jardín con una bandeja de dulces árabes en la mano.
Tiene la camisa remangada, los zapatos impecables y ese aire de hombre que no necesita esforzarse para caer bien.
Es guapo. Muy guapo. Tiene esa belleza serena que no busca miradas, pero las atrae. Cabello castaño claro, peinado con intención. Piel dorada, cejas definidas, los mismos ojos azul hielo que su madre.
No tiene el cuerpo de atleta de Él. No. Jacobo tiene un cuerpo normal, de hombre joven que trabaja muchas horas, duerme poco y se cuida lo justo. Pero hay algo en su presencia, en cómo se mueve, que impone. Una firmeza sin arrogancia. Una seguridad sin exceso. Y eso… muchas veces, seduce y conmueve más que unos abdominales.
—¿Todo bien? —me pregunta al pasar, rozándome la espalda con la palma abierta.
Asiento y sonrío. Él sigue, repartiendo dulces, saludando, escuchando las historias de sus primos, sirviendo más vino. Y yo me quedo ahí, observando desde mi esquina. Sintiendo que estoy dentro… pero no del todo.
Su madre me llama para ver las fotos de una boda reciente. Todo es perfecto: el vestido, las flores, los padrinos. Sus formas son un poco extravagantes. Las mujeres siempre van muy bien vestidas y perfectamente maquilladas. La madre de Jacobo parece que sacara un peluquero de alguna gaveta de su armario. Siempre lleva el mismo peinado, perfectamente armado. En cambio, su padre es mucho más sobrio, aunque con una elegancia discreta.
Todo está pensado para durar.
Y ahí, en medio de tanta estabilidad, me lo pregunto de nuevo: ¿Puedo yo vivir así? ¿Puedo ser la mujer que entra a esta familia, que se sienta en esta mesa todos los domingos, que lleva un anillo en la mano y da las gracias por la bendición?
¿O sigo siendo esa que ama con el cuerpo en Caracas y el corazón en otra parte?
El día pasa entre comida y conversación. Las novias de los hermanos de Jacobo pertenecen a la misma comunidad. Diría que también son primas; es muy difícil saber quiénes son familia y quiénes no. Salvo por una tía de Jacobo, esposa de un hermano de su padre. Ella es criolla. Sus rasgos caribeños la delatan. Pero fuera de eso, está perfectamente mimetizada con el ambiente mediterráneo.
Con ella es con quien más converso, además de los padres de Jacobo, quienes me tratan con dulzura y respeto. La verdad, nunca había sido “la nuera de alguien”. Es mi primera vez, así que trato siempre de comportarme a la altura de las circunstancias.
La familia de Jacobo es católica practicante. Honran sus sacramentos, especialmente el del matrimonio. El padre les ha enseñado que casarse no es solo comprometerse con otra persona: primero es un compromiso con uno mismo… y con Dios. Viven la fe con una constancia que me conmueve.
Eso me ha llevado a cuestionarme muchas cosas. Porque, por primera vez, escucho un argumento razonable acerca del matrimonio. Me había hecho una narrativa propia sobre esa decisión, y la verdad… nunca la asocié con Dios. Y aunque soy creyente, y Dios ha influido mucho en mi camino.
No lo asocio a ninguna religión.
Sé que habita en mí y me hace el ser humano que soy. De hecho, esa sensación interna —no sé si provocada por mi mente o si es inspiración divina— fue lo que me llevó a leer todo lo que pude sobre el budismo.
Sobre la forma de vida de Él. Escuchaba atenta las respuestas que me daba a cada pregunta.
Pero no me sentí preparada para involucrarme activamente en sus prácticas.
El padre de Jacobo me ha hecho cuestionarme.
Siempre vi el matrimonio como una sociedad.
Y el amor… algo que no involucro. Lo veo demasiado efímero como para ser la base que te lleve a tomar una decisión que se sostenga toda la vida.
¿Cómo podrías hacer una proyección a futuro basada en un sentimiento que tienes hoy?
¿Cómo un sentimiento, unas mariposas, soportan un “para toda la vida”? Pero este hombre de fe me habló en mi propio idioma.
Y pude ver algo que antes no había visto.
En efecto, no se trata de amor. Se trata de compromiso. De compromiso contigo mismo y con tu palabra.
En el caso del matrimonio Shama, su palabra es una promesa hecha a Dios.
Estamos en la cocina, los dos descalzos. Jacobo lava los platos mientras yo guardo la comida que su madre nos envió, en envases de vidrio.
La casa está en silencio. Afuera ya ha oscurecido.
—Mi papá nunca se fue a dormir sin asegurarse de que todos estuviéramos en casa —dice, sin mirarme, mientras enjuaga un vaso.
—¿Sí?
—Sí. Aunque fuera tarde… se quedaba despierto. Mi mamá se dormía, pero él no.
—Eso es bonito —respondo, y cierro la nevera con suavidad.
Jacobo se gira. Me mira con esa expresión suya que no sé si es de ternura o de decisión.
—Yo quiero eso.
—¿Qué cosa?
—Una familia así. Hace una pausa. —No perfecta. Pero sí sólida.
Otra pausa. —Tú, yo… un par de niños corriendo, despertándonos temprano los fines de semana. Un hogar.
Nada extraordinario. Solo algo que dure.
No sé qué decir.
Él vuelve a lo suyo, como si no hubiera dicho nada importante. Pero lo ha dicho todo.
Me quedo apoyada en la encimera, sintiendo el frío del mármol en la espalda.
Miro sus manos enjabonadas, sus brazos, su espalda recta. Lo quiero.
Pero hace nada estaba viviendo un romance con otro hombre… y una mujer.
No creo que eso encaje en su dibujo de familia.
No puedo evitar mirar el cuadro anterior de mi vida:
Él, Ella y yo, bailando y bebiéndonos nuestro romance. Imagino a los padres de Jacobo en ese mismo jardín, esta tarde.
Y todo eso que describe Jacobo es hermoso.
Tan hermoso… que me da miedo no quererlo del todo. No encajar.
No me imagino con un hijo.
Luego con dos.
No me imagino con Jacobo un domingo cualquiera, en esta misma cocina, y verme sonriendo.
Recién en la mañana me imaginaba sola.
Siempre me imagino sola.
¿Por qué?
¿Me estoy saboteando la felicidad?
Necesito una seria conversación con Ángela. Desde que comencé esta relación no he asistido a su consulta. Es momento de vaciar mi bolso de incongruencias.
Estoy de regreso en la oficina, luego de esa corta conversación con Jacobo —la que, en mis adentros, rogué que no volviera a tocar—. Estaba ansiosa por llegar a mis espacios. Necesitaba estar sola, ir en el auto y cantar como loca, dormir en el medio de la cama, levantarme y mirar televisión sin pensar en nada más.
Salir con mis amigos solo para pasar el rato y regresar a casa cuando me apeteciera.
El día transcurre como siempre: llamadas, documentos.
Quedo con Katrina para nuestro té de la tarde y ponernos al día con todo. Llamo al consultorio de Ángela y pido una cita.
Mi escritorio está cubierto de papeles y pequeños pendientes que me esperaban desde el viernes.
No hay nada extraordinario. Solo la dulce y necesaria rutina.
Abro el correo.
El sonido de la impresora me acompaña. Todo es normal… y me encanta.
Hasta que no lo es.
Ahí está.
Su nombre. En mi bandeja de entrada.
Después de dos años.
No hay asunto. Solo su nombre.
Lo abro.
“Margarita.”
“Estaré en tu ciudad esta semana. Quiero verte. Avísame si puedes.”
Me quedo quieta. Helada.
Mi estómago se contrae. Las mariposas —benditas mariposas— vuelven a salir.
La pantalla iluminada frente a mí.
El cursor parpadeando, como si también me preguntara qué voy a hacer.
Siento el corazón en el estómago
y a las mariposas en el corazón. Y por un segundo, todo desaparece: Jacobo, los papeles, la ciudad, la luz del mediodía.
Estoy sola.
Sola con esa pregunta que no sé si quiero responder…