Hace quince meses que no lo veo. Apenas hemos intercambiado unos pocos correos electrónicos, casi todos relacionados con el estado de salud de Ella.
Después de mi regreso de Nueva York, cuando supe del plan de recuperación—por supuesto ideado por su familia, su verdadera contención—y con su aprobación, me encargué de informarle. Le escribí un correo electrónico que estructuré cronológicamente, relatando los hechos tal como ocurrieron. Intenté ser lo más detallada posible, incluyendo mis primeras impresiones, aun cuando eran fruto de mi ignorancia sobre los trastornos de salud mental. Subrayé eso e incluso lo invité a leer sobre el tema. Le copié un ensayo clínico que explicaba el diagnóstico hecho por la doctora Benson.
A lo largo del relato, le mostré cómo mis opiniones cambiaron a medida que dejaba que la información se asentara en mi mente. Intenté responder las preguntas que imaginaba podría hacerse. Luego de seis meses en Nueva York, su madre y Ella decidieron continuar el tratamiento en su residencia de Bogotá. Eso me permitió escaparme del trabajo y visitarlas.
Él y yo decidimos que las visitas debían ser por separado. No queríamos invadir su espacio. Nos convertimos en apoyos opcionales. Dejamos atrás el romance. Y eso nos dejó en una zona extraña. Ya no somos amantes. Pero tampoco amigos. Hay demasiada historia para eso. Somos esas personas que están ahí y tienen un asterisco antes del nombre. Y la última vez que la vi, me sentí justo así: —¡Llegó el asterisco!
Estos meses sin Él me han dejado suspendida en un limbo sentimental. Mi amor sigue intacto. Igual que hace cinco años. Me acostumbré a amar a alguien que no está. Recurro al recuerdo en mis momentos de soledad, que cada vez busco más. Me pierdo en lo que fuimos. Y refuerzo, una y otra vez, la idea de que nadie será como Él.
He intentado salir con otras personas. Pero siempre caigo en la comparación. Las conversaciones me parecen triviales. Todo resulta insípido después de Él.
Fuera de esos correos, nuestra comunicación es nula. ¿Me pensará? ¿Alguna vez paso por su cabeza? ¿Cómo puede ser que, después de tanto, solo quede este silencio incómodo? ¿Cómo se reduce una historia a la espera de un mensaje?
Los problemas de mis clientes me devuelven a tierra. Vivir de resolver situaciones como divorcios me hace sentir aliviada por no tener que enfrentar esas escenas en mi vida. A los humanos nos alivia mirar el drama desde las gradas, como si fuera una película. Juzgamos las decisiones ajenas convencidos de que las nuestras serían mejores. Nos da un sentido estúpido de superioridad. Pensamos que eso jamás nos pasaría. Pero la verdad es que todo depende del momento y la circunstancia.
Y los abogados, al final, como si al ejercer perdiéramos nuestra humanidad, somos los únicos con licencia para juzgar... y "solucionar" el entuerto.
Un matrimonio de ocho años en mi oficina. Ella, en sus primeras nupcias. Él, en su tercer intento. Tienen un hijo en común: el primero de ella, el quinto de él.
Llegan para tratar los términos del divorcio. La causa es la misma que los unió: la infidelidad.
Ella está consternada. Le han sido infiel. Su disposición para negociar es la misma que la de China con Estados Unidos: intransigente. Está en la fase de la rabia eterna. Lo quiere todo: casas, carros, negocios, cuentas. Su indignación es tal que solo verlo sufrir le provoca un alivio tísico. Él, por supuesto, niega todo, a pesar de las evidencias. La tilda de insensata, de exagerada.
Esta parte del trabajo, la de observar el entuerto desde fuera, es la que me da paz. Me alivia no tener que vivir estos embrollos del amor conyugal.
Cuando pelas la cebolla de este matrimonio, descubres que el problema siempre estuvo ahí. Él es un infiel por naturaleza. Ama la conquista, la atención de los primeros meses. Le es imposible no cazar una presa nueva. Y, por supuesto, es un experto en justificar sus acciones con los vacíos de su matrimonio. Pero como muchos hombres, también necesita la estabilidad del hogar. Esa estructura que lo hace sentirse exitoso. Aunque la profane una y otra vez, sigue creyendo que esa familia le da sentido a todo.
Ella sufre de un mal que nos atraviesa a muchas mujeres: anda por la vida con una caja de herramientas y un botiquín de primeros auxilios. Lista para arreglar y curar a ese pobre hombre que su exesposa no supo entender. Se casó convencida de que lo salvaría, diciendo las frases de batalla: "Conmigo no” “a mí sí me respetará” “será hasta que la muerte nos separe” “yo no me casé para divorciarme".
Si me dieran una moneda cada vez que escucho alguna de esas frases, ya sería millonaria. En cambio, terminan en mi oficina, y me dan muchas monedas. Porque el hombre no cambió. Y ella, tal vez, no era tan distinta. Pero ¿Cómo decirle eso a la clienta de las monedas?
Estos escenarios me hacen recordar por qué sigo tan absurdamente enamorada de Él. Comparo mi amor con estas relaciones llenas de expectativas y proyecciones. Parejas que se forman desde lo que podrían llegar a ser, no desde lo que son. Mi Margarita interna siente su propio alivio tísico: el hombre que amo no quiere ser reparado, ni esperado, ni mucho menos cambiado. Solo quiere que lo amen tres días. Todos tenemos nuestro tema.
El marido se marcha consternado. La reunión ha sido infructuosa para él. Ella insiste en el divorcio y quiere hablar exclusivamente de bienes. Me pide una auditoría de la empresa. Quiere certezas económicas. Eso me obliga a viajar a Caracas, donde están las oficinas principales. Ya sé que después de esta conciliación fallida, deberé lidiar con los abogados del pobre infiel.
Viajar a Caracas, incluso por trabajo, refresca mis días. Siempre que vengo siento que respiro el mismo aire que Él. Es su ciudad adorada, la que tanto extrañaba cuando vivía en "el pueblo", como llama a la mía. El caos del tráfico, la energía cultural, la jungla humana cobijada por el Ávila. Todo es muy distinto.
Antes de iniciar cualquier gestión, agendé una cita en la empresa. El marido de mi clienta me pidió una segunda reunión, esta vez con sus abogados. Lo esperaba.
Aquí empieza el verdadero proceso de negociación entre quienes se juraron amor eterno. Las cosas terminan como debieron empezar: con condiciones claras. Pero muchos lo dejan en manos del amor y de Dios.
Me recibe el consorte, junto a su abogado y la asistente de este. El abogado es alto, más de metro ochenta. Facciones mediterráneas. Ojos azules, fríos al primer vistazo, pero con una profundidad que no es fácil esquivar. Su piel tiene un matiz dorado, casi imperceptible. Me mira con una sobriedad impecable, como alguien criado entre normas, idiomas y cubertería de plata. Camina con esa seguridad de quien nunca ha tenido que pedir permiso para entrar.
Es absurdamente guapo. Me cuesta mantener la compostura. Noto que, aunque se mueve con serenidad, a él también le ha inquietado mi presencia.
Tendrá pocos años más que yo. La asistente, en cambio, es tan tímida que pasa desapercibida.
Intento que no se note mi impresión y me enfoco. El esposo, ansioso, hace las presentaciones:
—Doctora, él es mi abogado, el doctor Jacobo Shamas.
Entro en mi papel. Apago la inquietud que siento ante la presencia de este hombre imponente.
—Margarita Deive —respondo, sin añadir nada más.
Me presentan a la asistente. Comienza la reunión. Me dispongo a escuchar sin interrumpir. El esposo deja claro que no quiere divorciarse. Cree que su esposa solo busca darle un escarmiento, que su intención no es genuina. Y aunque coincido, me lo reservo. Con la experiencia, se aprende a distinguir quién quiere cerrar un ciclo y quién solo está rabioso por la traición.
Propone mudarse con su esposa a Caracas, para evitar tanto tiempo separados. También sugiere incluirla como accionista en la empresa.
—Doctora, ¿le parece que estimemos ahora mismo un porcentaje de las acciones?
—Se iría usted con una propuesta por escrito.
Empieza a hablar de cifras sin rodeos. Con frialdad. Sin sentimentalismos. Habla de ganancias. Eso hizo que mi interés en él pasara de lo físico a lo intelectual. Y ese, para mí, es el terreno peligroso. No solo es guapo. También es inteligente y directo. No habla de amor, ni de hijos. Sabe que esto se trata de indemnización.
—Hagamos algo —le digo—. Prepare la propuesta y volvamos a reunirnos a las tres de la tarde. ¿Le parece?
No lo tuteo. Mantengo la distancia.
Ahora mi trabajo no es negociar con ellos. Es desnudar las intenciones de mi clienta. Sospecho que no quiere divorciarse. Que solo quiere asustarlo. Negociar su redención.
Había acordado almorzar con mi clienta, quien también estaba en Caracas. Quería darle parte de la reunión. Sin preámbulos, le hice la misma pregunta que le había hecho otras veces:
—¿Te ves en una vida sin él?
Su respuesta fue clara para mi, aunque par ella estaba llena de sombras:
—No lo sé... Tengo miedo.
Cuando una mujer realmente quiere dejar una relación, el miedo es solo la estela de una necesidad mayor: huir. Huir de esa vida. De ese hombre. Del dolor que no cesa. Pero ella no habla de eso. Habla de lo que viene después. Del vacío.
La mujer resuelta que, hacía una semana, solo quería hablar de términos de separación, hoy ya no está. En su lugar, tengo a esta otra: temerosa, confundida. Ha pasado dos horas hablando de la tercera mujer en discordia. Me ha contado su rutina, su historia familiar, su ambición. La ha diseccionado como a un caso clínico, como si al entenderla pudiera exorcizarla.
Yo la escucho, con disimulo, mientras pienso en Jacobo Shamas. Recuerdo sus manos, me fije en ellas cuando nadie me veía. No llevaba anillo. Por su edad, si estuviera casado, supongo que el anillo estaría ahí, luciendo como una medalla de oro ganada en una carrera emocional de doscientos metros planos. Al menos eso hacen la mayoría de los hombres recién casados: salir al mundo con su “indisponible” colgado del dedo.
A pesar de que estamos a mitad de semana, hice arreglos para quedarme en Caracas hasta el domingo. Planeo ver una obra de teatro con unas amigas y conocer un par de restaurantes nuevos que están dando de qué hablar. Me entusiasma la idea. Una pregunta de mi clienta me saca de mi divagación.
—¿No te parece? —me repregunta.
No tengo idea de qué me decía. Me he vuelto experta en salir de estos vacíos con elegancia.
—Claro, concuerdo contigo perfectamente —respondo.
—¿Qué te parece si discutimos la propuesta que me entregó el doctor Shamas? Debo llevar una respuesta a nuestra próxima reunión esta tarde.
—Si no quieres divorciarte, no lo hagas. Este camino es solo tuyo. Para bien o para mal, las consecuencias también lo serán. Como tu abogada, mi consejo es que te protejas lo mejor posible. Se puede estar enamorada y a la vez cuidarse. No te digo que tu matrimonio va a fracasar (aunque en mis pensamientos, lo creo firmemente), te digo que te blindes.
—¿Y qué propones?
—Pide el treinta por ciento de las acciones y un puesto en la asamblea de accionistas. Busca un lugar físico dentro de la empresa. Involúcrate en los asuntos financieros. No hay mal que por bien no venga.
—Así lo tendré mucho más controlado.
No puedo creer lo que escucho. Yo estoy en modo empoderamiento y ella solo quiere vigilarlo. Me contengo para no decir algo poco profesional. Suelto una ironía ligera:
—A lo que me refería con "presencia en la empresa" era a que sepas dónde está tu dinero y el de tu hijo. A veces las tragedias no son solo las infidelidades, también son la viudez.
—También te aconsejo incluir en la contrapropuesta apoyo económico para un proyecto personal. Una tienda, un restaurante, una marca de ropa, lo que te apasione.
—Siempre quise montar una empresa de organización de bodas con mi hermana. Nunca me atreví a pedirle el dinero.
—Pues esta es tu oportunidad. Aún quedan dos horas para la reunión. Esta es tu página en blanco.
Armamos la contrapropuesta y a las tres de la tarde regreso a la empresa con todo listo para cerrar el trato. Y para llegar a la mejor parte de toda reunión: mis honorarios.
Cuando abro la puerta de la sala, solo está el doctor Shamas. En la mesa, un servicio de té. Él está sentado, trabajando en su ordenador.
—Doctora, qué alegría verla —dice, con una sonrisa más relajada que por la mañana.
—¿Quiere que le sirva un té? —pregunta con cortesía.
—Sí, por favor —respondo, y me siento, dispuesta a dejarme atender.
Mientras esperamos a su cliente y tomamos el té, conversamos sobre la universidad. Resulta que, además de ejercer, es profesor en su alma máter. Me sorprende lo joven que es para haber llegado hasta ahí. Me aclara que se graduó suma cum laude tanto en pregrado como en posgrado, y que eso le abrió las puertas para impartir cátedra.
Mientras habla, yo ya estoy trazando mentalmente el camino que esto podría tomar. Un hombre guapo e inteligente. Solo necesito saber su estado civil. Pero no pregunto. Dejo que la conversación fluya. Si le intereso, él mismo me lo hará saber.
En medio de la charla, llega su cliente y retomamos el asunto que nos ocupa.
Esta vez me corresponde a mí exponer la respuesta de mi clienta. Pongo sobre la mesa sus condiciones. Sé exactamente hacia dónde irá esta negociación: el punto álgido será el porcentaje accionario. Y así fue. Tras tres horas de conversación intensa, se acuerda una cifra razonable para ambas partes. Mi clienta, estoy segura, habría aceptado incluso una acción y el cuarto de limpieza como oficina con tal de vigilar a su marido. Así que me toca protegerla incluso de sí misma.
Porque todo vuelve a ocurrir. Siempre. Y aunque los abogados resolvemos el malestar, no curamos la enfermedad. Esa es nuestra triste eficacia.
Desde la primera reunión, tenía claro el porcentaje accionario que pondría sobre la mesa. Pero antes necesitaba validar mis impresiones con mi clienta. Ahora, ese número se materializa frente a mí, listo para ser firmado.
Siempre he creído que una parte esencial de mi habilidad como negociadora está en leer el lenguaje invisible de una sala: las pausas, las miradas, las dudas. Pero también hay algo más, algo que me pertenece y que he aprendido a usar con astucia: mi carisma, mi presencia, ese magnetismo que no se impone, pero se siente. Ese sex appeal que he usado sin pudor, aunque con mesura. Nunca vulgar, nunca burdo. Solo el equilibrio justo entre inteligencia, seguridad y seducción.
No necesito levantar la voz ni ocupar espacio de más. Me basta con observar, con saber cuándo mirar, cuándo hablar y cuándo callar. Esa combinación de estrategia emocional y presencia sutil abre más puertas que cualquier argumento legal. Y esta vez, no fue la excepción. Logré lo que me propuse.
La asistente del doctor Shamas, que llegó a mitad de la reunión, redacta el acuerdo. Mañana estaremos en el registro mercantil firmando el acta de traspaso de acciones y el respectivo libro de accionistas.
Antes de despedirme, le dejo mi tarjeta a la asistente para que me comunique la hora exacta en la que, junto con mi clienta, debemos firmar el acta de reconciliación. Así de romántico puede llegar a ser un matrimonio.
—Doctora, debo decirle que, después de mí, usted ha sido la mejor decisión de mi mujer —dice el marido, ya más relajado.
—Si Jacobo no fuera mi amigo, además de mi abogado, lo despediría y la contrataría —añade.
Reímos. Y entonces, Jacobo, con media sonrisa y tono casual, lanza su comentario:
—Si tú no fueras mi amigo, ya no fuera tu abogado, mira que no haces más que darme razones para no casarme nunca.
Ya no tengo duda: está soltero. Y busca el modo de decirlo.
—Doctora, dígame usted —continúa—, ¿no cree que este señor es la peor publicidad para el matrimonio? ¿O el suyo es distinto?
—La verdad es que, en ese tema, aún soy espectadora —respondo, y sonrío. Sabía que llegaría este momento. Que, si le interesaba, él mismo buscaría la forma de decirlo. Y de preguntarlo.
Me despido y voy al encuentro con dos amigas que viven en la ciudad. Me entusiasma verlas y ponernos al día. Quedamos en uno de los restaurantes nuevos del este de la ciudad. Las tertulias con amigas siempre refrescan el alma. Aunque reservo partes importantes de mi vida para mí, ellas saben que Él existe. Que mi corazón está suspendido en algún lugar del mundo. Por eso, esa pregunta siempre aparece en la mesa:
—¿Siguen juntos?
Y mi respuesta no cambia:
—Nunca estamos juntos. Solo seguimos en contacto.
Los vinos nos relajan. Las historias nos regocijan. Les cuento, sin entrar en demasiados detalles, sobre mi último caso. Les hablo del abogado que acabo de conocer. Les digo su nombre, dónde estudió. Una de ellas, experta en rastrear en redes, lo busca enseguida.
—¡Waooo! ¿Es este? —pregunta, mostrándome la pantalla.
—¡Sí! Ese es —digo, más eufórica de lo que pensaba, culpa de las copas de vino.
—Es guapísimo —dice la otra.
En ese momento, llega un mensaje a mi teléfono. Un número que no tengo registrado:
Hola mi doctora bella, me encantaría poder alargar esa conversación del té. ¿Te gustaría cenar mañana?
Se lo muestro a mis amigas. Todas gritamos. Más por el vino que por el mensaje, pero igual.
Una dice: —No le respondas todavía. Espérate unas horas. Que no piense que estabas esperando el mensaje.
La otra sugiere: —Mejor dile que ya tienes planes y que puede ser otro día. Así no quedas tan disponible.
Las escucho. Y pienso: claro que quiero cenar con él. Porque sí lo esperaba. Y lo de "estar disponible"... es complicado. Pienso en Él. Siento una cosquilla en el estómago. Me ilusiona la idea de salir con alguien más. Pero también me asusta.
¿Me pasará como otras veces? ¿Terminaré comparando, recordando, huyendo hacia el pasado? Sé que soy libre. Pero también sé que sigo absurdamente enamorada.
¿Qué haría Él en mi lugar?
Me apoyo el teléfono en el pecho. Bebo un trago largo de vino. Y respondo:
Me encantaría...