ASCENSO
Hace diez meses que Margarita vive un amor que desafía las normas y expande sus límites. Sin embargo, llegará el momento en que comprenda que el mayor hallazgo no está en la relación, sino en su propio descubrimiento.
Hace diez meses que Margarita vive un amor que desafía las normas y expande sus límites. Sin embargo, llegará el momento en que comprenda que el mayor hallazgo no está en la relación, sino en su propio descubrimiento.
El tribunal está agitado. Faltan tres semanas para las vacaciones judiciales y todos apresuran sus procesos, citaciones, finiquitos civiles y laborales, audiencias, sentencias. Todos esperan por algo, y nadie quiere quedar en el limbo de los días de vacaciones, que solo aplican para los empleados públicos de la circunscripción judicial. Los abogados dedicados al libre ejercicio, como es mi caso, seguimos operativos en otras áreas.
Llevo tres años ejerciendo mi profesión, de la que estoy cada vez más enamorada. Estoy convencida de que este es mi mundo y de que mi lucha por graduarme ha sido la correcta. Estos tres años me han servido para conocer muchos caminos del derecho y tener claridad sobre mi especialización: derecho civil, contratos, familia, divorcios, negociación. Es el terreno donde mejor me siento y en el que destino mis próximos dos años de estudios.
Este momento de mi vida está siendo maravilloso. Siento que todo está aquí para mí; me siento fuerte y poderosa en muchas formas. Mi carrera está en ascenso, continúo mis estudios y estoy absolutamente enamorada de un hombre con quien vivo experiencias inolvidables. No es una relación convencional; él sigue siendo un misterio en muchos aspectos: su familia, sus amigos, su vida fuera de aquí. Todo es desconocido para mí. La verdad, me ha costado comprender sus maneras; he caminado un día a la vez en esta relación, aunque quiero correr todo el tiempo. Vivo en una burbuja donde solo existimos él y yo.
Este tiempo con él me ha servido para crecer, para descubrir aspectos del mundo que estaban ocultos para mí porque nunca me detuve a verlos.
Me ha invitado a cenar esta noche. Esta vez, no quiero irme directo del trabajo como siempre; quiero arreglarme, estar fresca y relajada para nuestro encuentro. Pero la convulsión y premura en el tribunal y en la oficina por parte de mis jefes y clientes, que buscan obtener resultados y finiquitos antes del paro judicial, hacen que trabaje a un ritmo demencial y las siete de la noche me encuentran en la oficina, terminando un informe que debo presentar al día siguiente. Mi jefe es uno de los mejores abogados que hay en la ciudad, profesor de posgrado, muy exigente y altamente competitivo, sin duda un buen maestro.
Termino el informe, dejo todo listo para la presentación de mañana y me voy a casa. En el camino, pienso en qué ponerme para verlo. Tengo un vestido nuevo que quiero estrenar: es rosa pastel, elegante y femenino. Tiene un corte sin mangas y cuello halter, dejando los hombros y la espalda al descubierto. La parte superior es ajustada al cuerpo, mientras que la falda es corta y amplia, comienza ceñida a la cintura y se abre con volumen hasta la mitad de los muslos. La tela estructurada le da cuerpo y mantiene su forma con pliegues amplios y marcados. Lo combino con unos zapatos estilo Mary Jane de tacón medio y grueso, del mismo color del vestido. Me siento absolutamente femenina y regia. Me maquillo ligeramente, solo aplico color en mis mejillas y ojos en tonos rosa, resalto mis pestañas y salgo al encuentro de mi amor.
La emoción del recorrido hasta su casa sigue siendo la misma que en las primeras veces. Estas mariposas dentro de mí están revueltas por verlo. El camino se hace eterno, y mi ansiedad por llegar se mantiene presente. Como siempre, la puerta está abierta en señal de que me espera. La mesa está iluminada con velas, sencilla pero delicadamente servida para los dos. Él está en la cocina, con sus rulos ondeantes y despreocupados, y su encantadora sonrisa que me recibe con gusto y alegría.
Se acerca y pega su rostro de mi cuello, aspirando el aroma de mi piel. Hace lo mismo cada vez que me ve, me huele de forma exagerada, como si el olfato fuera su único sentido para reconocerme.
—Qué hermosa estás, Margarita.
—¡Esooo, estás estrenando vestido!
Me encanta que sea tan detallista y que se fije en todo.
Me fundo en sus brazos. Siento la paz y la tranquilidad de su amor. Me siento segura, amada en esta burbuja que he creado para los dos. Nada más me importa cuando habito este ecosistema perfecto que siento tan propio.
La cena, aunque sencilla, pues la cocina no es su fuerte, es la más deliciosa que he tenido. Mientras cenamos, le cuento sobre mi agitada semana de trabajo, sobre el informe y la presentación de mañana. Siempre me hace preguntas precisas sobre mi trabajo y le gustan mis explicaciones detalladas. Sabe que amo darlas. Los temas laborales son una adicción para mí, y me encanta que él esté siempre dispuesto a escucharme con interés.
Después de cenar, me toma de la mano, me lleva hasta el salón de la casa y, entre el calor y el romance de las velas, me invita a bailar. Suena una de mis canciones preferidas: Idilio. La salsa es el baile más erótico que existe. Bailar es el lenguaje del romance, la forma más efectiva de expresar pasión. Todo se fragua cuando dos personas se acompasan al ritmo de una melodía perfecta, y esta canción lo es para mí. La letra describe la intensa emoción de un enamorado que sueña con un amor perfecto, casi irreal, en el que todo es felicidad y devoción. Expresa la sensación de vivir un romance que parece sacado de un cuento, donde la persona amada es vista como única e inigualable.
La noche se vuelve mágica. Es imposible para los dos contener las ganas. El vestido rosa pastel queda para decorar el piso de su habitación. Nuestros cuerpos ya se conocen, ya saben el uno del otro. Recorrerlo es un deleite. Aspiro sus ganas y él las mías. Sus manos grandes me toman con firmeza y recorren mi interior, me llenan y me desesperan. Lo disfruto y lo demando por completo. Ahora no solo disfruto de él, también disfruto de mi cuerpo y de todo el placer que soy capaz de generarle. Me da el tiempo preciso para estallar sobre él todo mi placer y luego disfrutar de la cumbre del suyo.
Caemos rendidos y extenuados. Quiero soñar en sus brazos, pero tengo presente mi presentación del día siguiente. Quiero ser de las primeras en llegar. Sé lo importante que es este caso para la oficina, sobre todo para mi jefe, y no quiero fallar. Decido marcharme y dormir en mi casa. Nos cuesta despegarnos, y por primera vez, él me insiste en que me quede y me marche temprano.
—Margarita, quédate —su voz dulce casi me convence.
—Cariño, no traje ropa de oficina. Quiero prepararme en casa y me dio pereza traer todo lo que necesito para arreglarme aquí —le respondo mientras me visto.
Paso por alto lo atípico de su invitación y me marcho.
Al día siguiente, antes de las siete de la mañana, ya estoy en la oficina. Me visto con seguridad y seriedad: un traje negro de tres piezas. Pantalón de corte recto y ligeramente acampanado, chaleco ajustado con botones frontales y un blazer con solapas clásicas.
La presentación se desarrolla de forma fluida. Mi jefe y sus socios quedan complacidos y recibo felicitaciones de todos en la oficina. Estoy feliz con mi trabajo. Es una pasión y un privilegio ejercer mi profesión y aprender cada día más.
He quedado para comer con mi padre, mi primer gran amor. Me tuvo inesperadamente a sus cuarenta y cinco años. Desde que llegué a su vida, hemos sido él y yo contra el mundo. Mi Padre es mi primera burbuja. Disfruto contándole todo lo que ocurre en mi vida, sobre todo en mi carrera.
Antes de almorzar, le escribo un mensaje para contarle cómo me fue en la presentación. En medio de la comida, reviso mi teléfono para ver su respuesta, pero noto que el mensaje no le ha llegado. No le doy importancia en ese momento.
Más tarde, al dejar a mi padre en su casa para su infaltable siesta, reviso nuevamente el mensaje, pero sigue sin llegar. Lo llamo y la llamada cae directamente al buzón de voz. Me parece extraño. ¿Se habrá ido de viaje?
Estamos a mitad de semana, sería raro. Vuelvo a llamarlo y solo escucho el buzón de voz una vez más. Posiblemente esta en una reunión. Luego recordé que su oficina se encuentra en el sótano de un centro comercial, lo que dificulta mucho la señal telefónica. La emoción por contarle el resultado de mi presentación me hace ser impulsiva, así que decido ir a su oficina para compartirle mi éxito rotundo. En muchas ocasiones he ido a buscarlo allí; incluso, un par de veces tomamos té a media tarde mientras lo asesoraba en algún inconveniente laboral de su empresa. Sin pensarlo demasiado, me apresuro a ir antes de volver a mi oficina.
Al llegar, me recibe una recepcionista, una chica que no había visto antes. Me pide que tome asiento, me ofrece un té y se retira para anunciarme. Mientras espero ser recibida por mi amor, mil pensamientos eróticos se asoman en mi cabeza y se manifiestan en mi interior. Mi cuerpo aún conserva claros signos de su paso. Apenas hace unas horas estábamos uno sobre el otro. Estoy hundida en su amor. Me reprocho no haberme quedado con él, pero quiero invitarlo a cenar y, esta vez, ser yo quien lo agasaje, preparando una noche memorable para los dos.
Veo a la recepcionista volver, acompañada de Martha, una de las chicas de su equipo de trabajo.
Se acerca y me saluda de manera cordial:
—Hola, doctora. ¿Cómo está? Qué grato verla.
—Me dice Milagros que pregunta por mi jefe… —hace una pausa—. Mi jefe ya se fue. Su vuelo salió esta mañana. Hoy es el primer día de Milagros, discúlpela, aún está ubicando los nombres de todos.
Mi estómago comienza a contraerse, pero hago un esfuerzo para que no se note mi desilusión.
—No sabía que viajaría entre semana —respondo con naturalidad mientras hago un ademán para marcharme—. ¿Podrías avisarle cuando regrese que me llame, por favor? Tengo algo pendiente por entregarle.
Veo la confusión en su rostro.
—Doctora, mi jefe no va a volver en un buen tiempo. Ya regresó a sus otras labores.
—Hoy es mi primer día como su reemplazo —añade con una sonrisa de orgullo por su merecido ascenso.
No entiendo bien lo que me dice. Analizo lo del ascenso, el viaje… pero, ¿otras labores? hay algo más que no logro procesar. Ella nota mi desconcierto.
—Felicidades por tu merecido ascenso. Al parecer, hoy es un día de éxitos laborales. Digo mientras mi mente intenta ordenar toda la información.
Por alguna razón, aunque estaba a punto de marcharme, vuelvo a sentarme en el sofá de la recepción, mi cuerpo y mente empiezan a divagar entre la información. Martha se acerca y se sienta a mi lado, dispuesta a explicarlo con más detalle.
—Doctora, mi jefe me estaba entrenando para que eventualmente yo tomara su puesto. Su estadía aquí siempre fue provisional, solo mientras la empresa y el equipo lograban consolidarse. Hace dos semanas, con nuestro último reporte, la junta decidió que ya podíamos operar solos, así que mi jefe dio por cumplida su tarea aquí. Se marchó hoy en el vuelo de las diez de la mañana.
Mientras la escucho, una sensación de náuseas empieza a invadirme. Se intensifica rápidamente hasta volverse insoportable. Siempre he sabido que su trabajo en la ciudad es finito, que no ha venido para quedarse, que solo prepara al personal para hacerse cargo de la empresa. Así como sé que todo lo que nace debe morir, pero eso no significa que viva pensando en ello.
Me levanto y corro al primer baño que logro divisar, con Martha y Milagros siguiéndome de cerca. Le estoy regalando a Milagros el mejor primer día de trabajo de su vida. Es inevitable que deduzcan mi papel en esta historia, pero poco me importa. No puedo procesar lo que Martha me está diciendo. Las lágrimas comienzan a brotar junto con las continuas e imparables arcadas. Me quiero hundir en ese pequeño cubículo del baño. Hace unos minutos sentía que lo tenía todo y ahora siento que me lo han arrebatado. No sé cómo salir de aquí, no sé cómo entender todo.
Cuando al fin logro salir, Martha, Milagros y Luisa, la asistente de Martha, me esperan afuera con todo un contingente de primeros auxilios.
—Doctora, huela esto —me dice Luisa, dándome un algodón empapado en alcohol, mientras Milagros sostiene una botella de agua.
Miro a Martha y, con la poca voz que me sale, pregunto:
—¿A dónde se fue?
Martha duda en responderme, pero Luisa la insta a que lo haga.
—Doctora… no tengo mucha información. Solo sé que se fue lejos, creo que a algún lugar de Asia. Tengo entendido que se tomará un año sabático. Nos dejaron instrucciones sobre a quién contactar en Caracas en caso de alguna eventualidad en la oficina. Quisiera decir algo más que le ayudara.
Estoy aturdida pero puedo notar la compasión con la que me miran las tres, agradezco no ser juzgada en este momento.
Luisa añade:
—Esta mañana, los muchachos de logística sacaron algunos muebles de la casa. De hecho, repartió entre los empleados todos los equipos de cocina. Ahora mismo están terminando de limpiar para entregar la casa.
Las voces en mi cabeza hablan sin parar: Asia. ¿Se fue? No puede ser cierto. No pudo haberme dejado así. Simplemente… se fue.
—Doctora, lo siento mucho —dice Martha, mientras las otras dos conversan en voz baja.
No puedo hablar. Necesito salir de ahí. Necesito correr. Les doy las gracias y me marcho, sujetando el algodón en mi nariz para evitar seguir vomitando. Logro llegar a mi auto. Me duele el pecho, me duele el alma. Todo está de cabeza. No sé a dónde ir, no sé qué hacer.
Vuelvo a marcar su número y otra vez me responde el buzón de voz. Marco una y otra vez. En ese sótano oscuro, dentro de mi auto, me ahogo en el dolor, la rabia y la impotencia de no poder hacer nada. Solo puedo llorar y gritar.
Empiezo a conducir sin rumbo, sin saber a dónde ir. No puedo llegar a la oficina en este estado. Solo quiero encontrarlo. Necesito hablar con él. Necesito una explicación. No puede alguien amarte de ese modo y luego marcharse así.
Anoche me recibió con velas. Anoche fue perfecto. De repente, me quedo en silencio y pienso: las velas, la cena, el baile… quédate.
Se estaba despidiendo de mí.
Por eso insistió, a pesar de que sabía lo de mi presentación.
Sin darme cuenta, estoy llegando a su urbanización. Los guardias me saludan de forma familiar y me dejan pasar, ese gesto me hace sentir propiedad, con ese tonto gesto me siento reconocida en este lugar. Llego hasta su casa. No hay nadie. Las personas de la mudanza y la limpieza ya se han ido.
La casa está cerrada. Me asomo por la ventana. No hay nada.
No puede ser.
Siento que me apuñalan el corazón una y otra vez.
Corro hacia la puerta. Intento abrirla, pero ya no puedo.
La puerta está cerrada.