TRES DÍAS
Margarita sostiene un amor que no promete pertenencia, pero sí presencia. Una reflexión sobre los vínculos elegidos, la libertad emocional y el duelo de regresar siempre al mundo real, con el corazón lleno... y al mismo tiempo roto.
Margarita sostiene un amor que no promete pertenencia, pero sí presencia. Una reflexión sobre los vínculos elegidos, la libertad emocional y el duelo de regresar siempre al mundo real, con el corazón lleno... y al mismo tiempo roto.
—¿Es una dinámica que les funciona a los tres?
—Sí, hasta ahora sí. Nos funciona. Le respondo.
—¿Entonces? Me increpa
—Es mi dinámica la que no está bien. Vuelvo a responder
—Explícate. Me dice, mientras se acomoda en su silla.
—Cada vez que los veo... cada vez que lo veo... es como si la vida volviera a mi cuerpo.
—¿Lo ves a Él solo? ¿O solo funciona cuando están los tres? Hace una pequeña interrupción para preguntar mientras anota.
—No, en lo absoluto. Siempre procuramos escoger fechas en las que los tres podamos estar. Pero, si por algún motivo Ella no puede, estamos solo Él y yo... y es igual de genial.
—¿Entonces? Vuelve a increparme.
—La despedida. La despedida, para mí, es devastadora.
—¿Ellos lo saben?
—No, ellos no lo saben.
Hace más de dos años que nos vemos. Cada tres o cuatro meses, nos encontramos en lugares que no representen más de tres horas de vuelo para cada uno. Los tres vivimos en ciudades distintas, cada uno con una vida diferente. No tengo idea de su realidad fuera de esos días que pasamos juntos. Solo tres días cada vez. Son muchas emociones juntas y entendimos que más de eso sería insostenible. Hemos conseguido, con reglas claras, hacer que esto funcione. Pero cada despedida... cada vez que me alejo de Él, sobre todo, es para mí más difícil.
Cuando llego a ellos, todo cobra sentido. La ansiedad se evapora. Pero luego, cuando tengo que dejar mi burbuja y volver a la realidad, a mi realidad. Mi apartamento, la oficina, la rutina del trabajo, mis amigos, mi familia, los pequeños detalles de la cotidianidad que encuentro insoportables. Paso días sintiendo que nada de lo que está ahí me pertenece. Necesito unos días para volver a encajar en el lugar del que he sido parte toda mi vida.
No entiendo cómo el mundo sigue funcionando igual, luego de todo lo que vivo con ellos. Nada aquí está hecho a mi medida, solo ese momento es real y genuino para mí.
Quiero ser un poco como ellos. Él tiene esa capacidad de disfrutar el ahora sin apegos. Le es tan sencillo soltar y continuar... no da puntada sin dedal, es exageradamente planificado y estructurado. Le gusta pisar firme, pero paradójicamente anda en el mundo de la espiritualidad y la meditación tibetana, buscando calmar sus demonios, esos que nunca comparte con ninguna de las dos. Respetamos sus momentos de meditación, lo vemos de lejos sin entender mucho de qué va. A veces yo, mucho más que Ella, me acerco, comparto, escucho un poco... Ya antes de conocerle a Él conocí un poco del tema, lograr controlar y calmar la mente es de los caminos más difíciles.
Ella es diferente. Compleja pero relajada. Es clara y honesta con lo que quiere, aunque resulte un poco grotesco al oírla. Pero quisiera su sinceridad cortante. No deja nada a la imaginación. Todo lo dice en dos platos y sin anestesia. Le gusta su vida ajetreada y desafiante, así que actuamos como su token de calma. Somos su recompensa, su escape, su lugar sereno. Viene de una familia altamente productiva con estándares elevados de desempeño. Un padre estricto que no da pie a excusas y que la enseño a tomar de la vida lo que quiera sin pedir permiso ni excusarse por ofender en el camino.
Yo soy una romántica empedernida. Soy la que se baja del avión con la emoción viva de verlos, de abrazarlos, de comenzar a vivir. Y, por lo mismo, soy la que peor lleva las despedidas.
Es la razón por la que busqué un lugar seguro y discreto para calmar la ansiedad de este amor que cada vez crece más: la terapia psicológica.
Nadie más entendería este sentimiento, esta locura. Empezarían con la pregunta ridícula de los celos. La frase del amor propio. la autoestima, la reputación y todas las que deriven de esas. paso de tener esos enfrentamientos y diatribas con las personas que quiero.
—Te imaginas casada con Él?
Me río por la pregunta.
—¿No? insiste ella .
—No, la verdad es que no. Respondo —Jamás he podido visualizar una vida con Él, ni con nadie, de esa manera.
—¿Por qué?
—No lo sé… ¿Dímelo tú? Es la razón por la que estoy aquí.
—Quiero saber… ¿por qué termino hecha polvo en cada despedida, pero a la vez no me imagino jugando a la casita ni con Él ni con nadie?
—Quiero entenderme y aliviarme. —dicen que comprender es aliviar.
—¿Es por eso por lo que callas lo que sientes y no lo expresas? Me refiero a ellos.
—Sí, en parte por eso. Y porque ambos saldrían corriendo y me dirían: ¡Margarita, deja el drama!
—¡Jajajajajajajaja! —nos reímos juntas.
—¿Sabes? No deberías cobrarme la terapia. Soy yo la que te hace terapia de risa a ti.
—Es un buen negocio cobrar por escuchar. Le digo divetida
—Tú también haces lo mismo. Los abogados cobran por escuchar y solucionar.
—Sí, la verdad es que sí. Solo que nosotros cobramos por solucionar la consecuencia… y nos aseguramos de que el problema siga ahí para la próxima vez.
—Arreglar el verdadero problema sería dejar de cobrar.
—¿Te das cuenta de que, a veces, resultas más pragmática que ellos? Que cuando te sinceras, puedes ser incluso más utilitaria que ellos.
—Y al final has sido tú la que ha orquestado esta vida que los tres llevan.
—A veces siento que fue la forma que encontré para que Él regresara. Le respondo.
—¿Y no será también la forma que encontraste para asegurarte de que la persona que esté contigo… siempre se vaya?
—Esa es una pregunta compleja, querida Ángela.
Faltan tres días para mi cumpleaños número 26. Organicé pasarlo con ellos, y esta vez, escogimos la ciudad de Cartagena para reencontrarnos. Reservamos en un hotel delicioso frente al mar. Estoy ansiosa por verlos, emocionada por mi cumpleaños. Esta noche salgo para Caracas, y mañana temprano vuelo a Bogotá. Llegaré un día antes para encontrarme con Ella, y al día siguiente volamos juntas a Cartagena. Pasaremos un día entero solo nosotras. Nos encanta ese tiempo de chicas: irnos de compras y mi actividad favorita, visitar museos.
Mientras estoy en el avión a punto de aterrizar chequeo nuestro itinerario en Cartagena. reserve algunas actividades que quiero hacer con ellos. Me bajo del avión y todo corre sin problemas, ya es costumbre llevar lo necesario y solo tener una maleta de mano, eso siempre acelera mi tránsito por los aeropuertos. La veo a lo lejos agitar su mano en señal de estoy aquí. Nos colgamos la una a la otra en un abrazo. Nos apresuramos en salir del ajetreo del aeropuerto. En el camino a su casa va poniéndome en cuenta de todo el plan de su madre, que esta vez nos recibe en su casa de Bogotá. Ya tiene reservada una visita al Museo de Arte Miguel Urrutia y luego me hará una cena en casa por mi cumpleaños.
El Museo de Arte Miguel Urrutia es uno de los más destacados del arte latinoamericano. Exhibe más de 800 obras de unos 250 artistas distintos, abarcando más de 500 años de historia. Me fascina visitarlo con su madre. Es una guía perfecta: conoce cada pieza, cada autor, y te explica con detalle la intención detrás de cada obra.
Estar con Ella y su madre es como sumergirse en una novela culta y hospitalaria. Compartir sus espacios familiares le ha dado un toque acogedor y casi doméstico a esta relación tan atípica. No necesitamos hablarnos de comportamientos discretos. Los tres sabemos que nuestras muestras de afecto se reservan para los momentos íntimos o para cuando, en secreto, decidimos incomodar a los extraños.
Estoy en la biblioteca de la casa, rodeada de libros. Acabamos de volver del museo. Ella y su madre preparan la cena por mi cumpleaños. Hemos decidido celebrarlo las tres antes de encontrarnos con Él en Cartagena. El silencio, el olor de las páginas, tanta historia reunida en un solo lugar… todo eso me seduce. Entonces, unas manos me abrazan por detrás. Es Él.
Mi amor. Su perfume se mezcla con el de la tinta de los libros. Se mete en mi cuello para olerme de forma exagerada, como suele hacerlo, mientras yo acaricio su pelo y nuestros cuerpos se reconocen una vez más.
—¿Qué haces aquí? Te esperaba mañana en Cartagena.
—Quería sorprenderte por tu cumpleaños. Me responde dulcemente.
Cariños... el diablo está en los detalles, y Él lo sabe.
Lo abrazo mientras pienso en mis conversaciones secretas con Ángela. ¿Cómo hago para no amarlo? ¿Cómo esquivo y paso de largo estos momentos que, para mí, son la vida misma?
—Pues lo has logrado. Le digo, con una sonrisa. En ese momento, Ella entra a la biblioteca.
—¿Tú lo sabías? —le pregunto.
—No. A mí también me sorprendió. Lo planeó con mi madre. responde contenta.
—Con razón quiso hacer la cena en casa. Ella se nos une en ese primer abrazo de reencuentro.
—Vamos a ayudar a tu madre con la cena. Dice Él, con intención de animar, aunque lo suyo no sea la cocina.
—No, tranquilos. Mi madre está en lo suyo, mandando más que un emperador a la pobre Milagros, que es la única que le tiene paciencia. Más vamos a estorbar que a ayudar. Ya me echó a mí: que las julianas de cebolla eran dos centímetros más grandes que las del tomate…
Nos reímos los tres, encantados con el momento. Él busca un libro entre los estantes y se sienta a mi lado.
—Ok, les voy a leer algo que encontré la última vez que estuve aquí. Así no estorbamos en la cocina.
Ella lo interrumpe:
—Espera, voy a servirnos algo, para ir haciendo estómago antes de la cena.
Entre sus muchos talentos, Ella es enóloga y Q Grader. En su familia, como dice con orgullo, aprenden antes de vinos y cafés que a hablar. Siempre encuentra la bebida perfecta para cada momento.
Aparece con tres vermuts perfectamente servidos y comienza su explicación:
—En honor a mi madre —porque si no nos fusila—, mañana tomamos en tu honor, caramelo —así me llama con cariño—. Hoy empezamos la noche con vermut.
—El vermut es un vino macerado con hierbas, especias y otros botánicos, al que se le añade un toque de aguardiente de vino y, a veces, algo de azúcar.
—Viene del alemán wermut, que significa ajenjo —su hierba más destacada—, y por eso tiene ese sabor entre dulce, amargo y especiado. —Nació en Italia en el siglo XVIII, se perfeccionó en Francia, y se convirtió en un aperitivo de moda en Europa. En España, especialmente en Cataluña y en el sur, se volvió una tradición dominguera: “la hora del vermut”.
—Se sirve con uno o dos hielos grandes, un trocito de piel de naranja y una aceituna. Así le gusta a mi madre.
Él se levanta y la aplaude. Yo me uno encantada por su explicación.
—La mejor explicación de todas. Le dice Él, dándole un beso. Ella me entrega el mío y espera mi opinión. Tomo el primer sorbo.
—Cariño… está perfecto. Como siempre. le digo, antes de darnos un tierno beso.
—¡Ajá! Ahora sí estamos listos. Anuncia Él—. Vamos con la lectura.
Él ha escogido un libro de poemas en francés.
—¿Vas a recitarnos poemas en francés? Le pregunta Ella, sorprendida.
—¿Muy cursi para tu gusto? Responde Él, con otra pregunta y una media sonrisa.
—Es en honor a nuestra empedernida romántica y mañana cumpleañera.
—En absoluto. Pero no sé si, luego de escucharte hablar en tu fluido francés, quiera ir a cenar… Le responde Ella, con tono travieso.
—Me parece un excelente regalo para comenzar la noche. Añado yo, en el mismo tono de Ella.
El libro es hermoso, pero yo soy la única que no domina el idioma. Y eso, en muchos momentos, me ha hecho sentir un poco ignorante. La única que solo domina con fluidez su lengua materna. Aun así, nunca dejo que eso me aleje de disfrutar de sus conversaciones, donde practican su exquisito francés sin esfuerzo ni pretensión.
Lo escuchamos atentas, silentes. Embelesadas por su voz armoniosa, suave, absolutamente seductora. Y aunque no entiendo lo que dice, a mis oídos es igual de sonoro que si escuchara a la mismísima Édith Piaf. Me dejo llevar, no necesito traducción. Lo miro absorta, me grabo su rostro entero: la expresión tranquila de sus ojos caídos, su cabello, que siempre refleja su personalidad relajada, sus manos grandes y sus dedos largos.
La miro a Ella. También está calada por completo por el momento. Agradecida de tenernos ahí, siempre con esa postura suya tan ligera. Es guapa y delicada. Nadie diría a primera vista que es una mujer de temperamento firme, claro y muy controlado.
Él cierra el libro, en señal de haber terminado. Se acerca a mí, me toma por el cuello con una mano y me besa.
—Feliz cumpleaños, caramelo. —Gracias por dejarme perderme en tus ojos cada vez. Me susurra.
Tomo su rostro con ambas manos y lo miro, queriendo retener para siempre la forma en que me mira esta noche. Quiero quedarme con esta imagen, no olvidarme de lo que soy para Él. Como si eso también me lo recordara a mí misma.
Ella se nos une, luego de haber respetado nuestro momento. Se sienta a mi lado y me toma de la mano. Yo reacciono con ternura ante su gesto y le respondo con un beso. Él se levanta, asegura el pasador de la puerta, y convierte la habitación en un lugar solo para nosotros tres. Ella toma nuestros vasos de vermut y los deja en una mesa baja, fuera del paso.
Lo que sucede después es un delirio de erotismo. Cada caricia tiene su propósito. Puedo sentir el deseo de ambos, y soy consciente de que tengo respuestas exactas para los dos. Respuestas que emanan de mi cuerpo sin esfuerzo, sin ensayos, sin torpeza. La escena es placentera: es el susurro jadeante del deseo, la danza sutil de sus cuerpos. Es la cumbre de mi felicidad completa.
Él, mi orgasmo impostergable.
Ella, la certeza de mi sexo y de mi placer.
La mesa ya está servida. Vestida con un mantel blanco de lino, perfectamente planchado, que cae con elegancia por los bordes como una caricia suave. Encima, reposan bajoplatos color crudo, que aportan un toque de calidez y ceremonia.
Entre velas bajas, tres sutiles arreglos florales dan vida al centro. En cada uno, una margarita es la protagonista, acompañada por dos rosas mini de color blanco pálido. Me siento halagada, consentida, inundada de detalles por todas partes.
La cena ha sido exquisita: puerros y pimientos a la brasa, ensalada de brotes con nueces y manzana, y mi favorito… cordero asado al tomillo.
Nos acompaña Amanda, directora del museo que visitamos temprano. Amiga de la casa, cultísima, casada en terceras nupcias con un escultor mexicano. Durante la sobremesa, nos perdemos en historias del mundo del arte. Un universo que Ella sigue con atención y que a Él le interesa cada vez más.
Me gusta verlos tan desenvueltos. Por momentos me abstraigo y pienso:
¿Cómo puede esto ser tan distinto a mi vida real?
¿Podríamos ser así siempre?
Y en medio de este momento tan maravilloso, me visita la nostalgia. Sé que acabará. Y tendré que despedirme, una vez más. Apenas es el primer día, y yo ya sufro la próxima despedida.
Amanezco sola en la cama. Él ha madrugado, como siempre, para salir a correr. Tengo la suerte de que Ella lo acompaña. Ambos disfrutan ese placer Forrest Gump de correr y correr sin mirar atrás, mientras yo abrazo la almohada y disfruto el amanecer.
Hay dos actividades que jamás hemos podido compartir. La de correr por las mañanas, que Él adora, y la de tomar café con un cigarro en ayunas, que yo disfruto con delicia. En ambas, Ella ha sido la mediadora perfecta.
Mientras ellos corren, yo bajo a la cocina en busca de mi café, lista para saborear mi ritual en soledad. Pero me encuentro con la madre de Ella, que se prepara exactamente para lo mismo.
—Buenos días, cariño. Me dice, encantada con la coincidencia. ¡¡¡Feliz Cumpleaños!!!
—Tus amores han salido a correr muy temprano.
—Hola, buenos días… gracias. le agradezco seguido de un abrazo. Sí, siempre procuro pasar de la actividad de Forrest.
—Prefiero esta. Señalo el café y la cajetilla de cigarros.
—Pues te acompaño totalmente. Vamos al jardín.
Me sirve una generosa taza de café.
—¿Leche?
—Sí, por favor.
Salimos al jardín. Mientras los aspersores riegan las plantas, encendemos un cigarrillo cada una.
—La verdad, sí es un placer. Me dice, risueña.
Le respondo.
—Absolutamente. Es mi mejor forma de empezar el día. —Me agrada. Solo fumar uno. Me reconforta saber que no necesito más. —Es solo un poco de vicio, nada más — Correr acabaría más con mis rodillas que este cigarro con mis pulmones.
—Toda la razón. Me contesta y nos reímos a carcajadas ante mi brillante análisis.
Aprovecho para agradecerle la atención.
—La cena estuvo estupenda. Gracias por todos los detalles que has tenido conmigo.
—Es un placer tenerlos en casa. Me alegra que lo disfrutes.
—¿A qué hora sale su vuelo a Cartagena?
—A las dos de la tarde. Le respondo.
—¿Y qué planes tienen?
—Hoy cenamos fuera y luego iremos a bailar. Mañana vamos a navegar hasta el domingo. Mi vuelo sale esa noche, así que imagino que regresaremos al hotel al mediodía.
Nota un tono de nostalgia en mi voz, al final de mi explicación.
—¿Te hace mal regresar? Me pregunta con delicadeza.
—Un poco. me atrevo a decirle.
—¿Por qué? Si se puede preguntar.
Suspiro.
—El final siempre es agrio. Separarse de la felicidad… es así, ¿no?
—No necesariamente. No te vas a la guerra. ¿O sí?
Lo dice con una pizca de humor, y me sonríe.
—Tengo entendido que hace poco más de un año abriste tu propio bufete de abogados. Eso debe ser bastante excitante para ti, ¿no?
—Sí, la verdad es que sí. Es una oficina pequeña, aún no es un bufete propiamente, pero cada vez tengo más solidez con mis clientes. La idea es asociarme y lograr tener uno.
—Entonces… ¿por qué la tristeza?
—Me gustaría tenerlo todo junto. Tal vez…
—Margarita, lo que ustedes tienen no es lo que se consigue al llegar a casa luego del trabajo.
— Y no creo que ninguno de los tres quiera eso ahora.
— No creo que Él lo quiera en ningún momento, la verdad.
—Es un hombre maravilloso. Entiendo perfectamente lo loca que estás por Él. Yo también lo estaría, si tuviera tu edad. Pero debes ser consciente de que amarlo… es como ese cigarro que te permites con el café: solo uno.
— Si es más de uno, ya no es placer. Se vuelve un vicio. Y daña. Daña porque no sabes que, para que sea placer, debes soltarlo y dejarlo ir.
—Cariño… lo vi en tus ojos anoche, en medio de la cena. Peleas para que la felicidad del momento no se te salga del pecho. Intentas atraparla con fuerza. Pero si esa felicidad no sale, otras no pueden entrar.
— Y esos momentos terminan marchitándose dentro de ti.
—Margarita, mira estos momentos con un poco de desdén.
— Disfrútalos. Vívelos plenamente. Y luego déjalos ir, sin mirar atrás.
—Amo a mi hija. Pero si algo tiene de su padre, es esa practicidad. Lo mismo puede correr con Él al amanecer como compartir este café y este cigarro contigo.
—Y Dios sabe que odié esa forma de ver la vida. Tanto, que me costó el matrimonio. Pero, en el fondo… siempre la envidié.
— Poder soltar. Poder disfrutar de lo que hay. Sin hacer un drama.
— Anteponer la utilidad propia del momento para ti… eso es liberador.
—El avión de regreso, Margarita… No es una despedida. Es una oportunidad.
La conversación es interrumpida por la llegada de ellos. Están absolutamente empapados en sudor, y yo estoy retraída. Solo una palabra recorre mi mente: desdén.
Saludan desde la puerta de la cocina que da al jardín. Verlos a los dos juntos, mientras rebobino una y otra vez en mi mente esta charla que acabo de tener con su madre, es abrumador para mí.
Voy a la habitación y lo escucho ducharse. La puerta del baño está abierta. Me detengo en el marco y me deleito mirándolo. Apago mis pensamientos y me quedo solo con el disfrute de mis ojos. Estoy dispuesta a reclamar mi regalo de cumpleaños.
Me quito el pijama y entro a la ducha. Junto con las gotas de agua, siento sus manos en mi cuerpo. Quiero comandar el momento. Invado su sexo con mi boca. No le permito otra cosa que disfrutar del placer de la succión. Él respira hondo, se apoya en la pared y disfruta. Hasta que se desespera, busca tomar mi cuerpo. Me resisto, quiero alargar su necesidad. Pero la fuerza de su cuerpo trabajado impera y me sujeta de los brazos, me levanta sin esfuerzo sobre Él, como si no pesara nada. En un segundo me penetra y puedo sentir cómo llena mi interior. Su cabeza se refugia en mis pechos, apoya mi espalda contra la pared, mis brazos lo abrazan, mientras Él me sostiene con facilidad y me embiste una y otra vez con fuerza. Es tan robusta su presencia dentro de mí, que el placer se mezcla con un exiguo dolor. Esa combinación lo enciende todo dentro de mí. Esa mezcla de placer y punzada me embriaga, y no soy capaz de contener el clímax.
Él conoce el lenguaje de mi cuerpo y decide entregarse conmigo.
—Margarita, nunca me cansaré de ti —me susurra.
Lo abrazo y pienso… Sí, al cuarto día.
Desayunamos. Nos despedimos de su madre, pues nuestros vuelos de regreso a nuestros distintos destinos de residencia salen desde Cartagena. Ya no volveremos a Bogotá. Antes de marcharme, procuro tener un momento a solas con su madre.
—Gracias por la charla en el jardín. La necesitaba. Gracias por recibirnos siempre con tanto cariño.
—Margarita, lo hago con el mayor placer. Ojalá hubiese tenido el valor de vivir como lo tienen ustedes.
—¿Sabías que siempre quise pintar? Soñaba con estudiar Historia del Arte e irme al pueblo de Da Vinci, y no saber nada de café, ni de bancos, ni de embajadas. Solo pintar. Pero callé, y en vez de eso, jugué a conseguir un vestido blanco, casarme y embarazarme. Me convencí de que eso era lo que quería, y pasé los siguientes veinte años luchando por ese matrimonio.
—Veía a mis amigas alabar mi suerte, lo prolijo de mi esposo, protector, exitoso, mis hermosos hijos… No había razón para no ser feliz. Era una esposa y una mamá. Pero cuando perdí esos títulos —porque mis hijos ya no me necesitaban, y mi esposo, la verdad, nunca me necesitó mucho…
Lo dice irónicamente, y ambas reímos. Ella siempre ha dicho que su padre solo necesita trabajar. El trabajo es su mejor hijo y su mejor esposa. Es su verdadera familia.
—Quedé en la nada. No tenía nada dentro de mí que me alimentara, y ya no recordaba qué me gustaba. Se me había olvidado la pintura, el arte... Yo me había olvidado.
—Me prometí que jamás permitiría que mis hijos se olvidaran de ellos mismos, y la vida se burló de mí cuando la única hembra que tuve salió igual al padre. Por eso la cobijo cuando se permite vivir y sentir sin prejuicios, cuando escapa de sus exigencias y se despeina con ustedes.
—Solo vive, Margarita. Disfruta y deja de pensar tanto en lo que no puedes controlar. A ellos nunca los vas a tener, pero a ti sí. Así que no te olvides de ti.
En la hora y media de vuelo hacia Cartagena, conversamos sobre nuestros planes, pero esa palabra, desdén, sigue rebotando en mi cabeza. Me hace ausentarme de la conversación, tenerlos a cada uno a mi lado en el avión me hace regresar. Apenas aterriza decido, cancelar todo pensamiento que no sea de celebración. Después de todo, es mi cumpleaños, estoy en Cartagena y tengo a mis regalos conmigo por tres días.