Llevamos seis meses saliendo y estoy absurdamente enamorada. Trabajo con él en la cabeza y en las piernas, contando las horas para que termine el día y poder verlo. Cuando no está en la ciudad, los días se me hacen eternos. Intento acostumbrarme a su vida sin apegos, sin excesos, con excepción de los que vienen del trabajo o del ejercicio.
Cada día a su lado es un aprendizaje, una aventura. Disfruta mi cara de sorpresa cada vez que se le ocurre algo, y yo, sin mucha pega y con entusiasmo, siempre lo sigo. Estoy dispuesta a todo, no sobre analizo nada.
Lo llamo para invitarlo a cenar. Voy a preparar una tortilla española que aprendí a hacer de mi tía abuela, una gallega ruda y compleja, sobreviviente de dos guerras. Cocinaba como los dioses. Perteneció a una generación que aprendió a hacer maravillas con la escasez y la precariedad, transformando pocos ingredientes en platillos deliciosos. La vi hacer su tortilla tantas veces que ya me hice una experta.
Salgo del trabajo directo a comprar los ingredientes. Mi entusiasmo por vivir esos momentos con él crece cada vez más. Enamorarme de ese hombre es inevitable. Quiero mostrarle todo lo que tengo para dar. Es difícil no desbocarme.
Llego a su casa justo después de las seis de la tarde, cargada con las compras y aún vestida de trabajo. Llevo un traje gris ratón de saco y pantalón recto, perfectamente combinado con una camisa de doble puño en rosa pastel. Unos stilettos grises completaban el look de una abogada seria y de larga trayectoria (aunque tengo solo dos años de haberme graduado). Pasar por casa a cambiarme le quita tiempo a nuestro encuentro, así que decidí ir directo.
Al llegar, me recibe con una copa de La Montesa, un vino tinto español, suave y vibrante, absolutamente recomendable. Es un vino fresco, ideal para un país de clima cálido. Me encantan esos vinos de precio accesible, que permiten disfrutar de una buena copa sin renunciar a la calidad.
—Margarita, ¿qué me vas a preparar? — Me pregunta con entusiasmo.
—Una receta familiar, una suculenta tortilla española —vas a flipar—.
Su cocina es amplia y tiene una pequeña mesa redonda de cuatro puestos justo a un costado del desayunador. Me dispongo a preparar todo mientras él se acomoda en una de las sillas, copa en mano, extendiendo las piernas con confianza, listo para ser solo un comensal.
No necesito mucho incentivo para hablar, y él es especialista en escuchar. Basta con que me haga una pregunta para que yo termine contándole una historia larga, explicativa y, muchas veces, demasiado gráfica.
Empiezo a hablar de mi día de trabajo mientras corto las papas. En medio de mi relato, él se acerca, sonríe y, con suavidad, desliza el saco de mis hombros.
—Estás muy incómoda, Margarita. —
Al principio, pienso que lo hace para que no ensucie mi ropa de trabajo, un detalle que me parece muy considerado de su parte. Seguimos conversando y, de nuevo, se levanta para quitarme otra prenda, esta vez los altos stilettos grises.
—Margarita, vas a dañar tu espalda cocinando con estos zapatos. —
—Sigue hablando, Margarita, que yo te pongo cómoda. Te estoy escuchando atento, sigue contándome. —
Vuelvo a pensar en lo considerado de su gesto, segura de que solo quiere verme más cómoda en mi rol de cocinera.
Sigo inspirada, cocinando y contando mi historia, que ya no trata de trabajo. Puedo pasar de la economía del país a datos neuroquímicos en la misma conversación, y eso le encanta. Disfruta mi habilidad para contar historias.
Se vuelve a levantar y, esta vez, me quita el pantalón, dejándome solo con la camisa y descalza. Justo en ese momento, empiezo a entender su juego: yo cocino, hablo sin parar y él, poco a poco, me va despojando de toda la ropa hasta dejarme completamente desnuda, mientras me observa con esa sonrisa pícara que no hace más que enamorarme.
Decido ser fuerte y hacer que solo mire, sin más. Continúo cocinando hasta terminar mi tortilla. Mientras las papas y las cebollas se pochan en el aceite, bato los huevos y preparo unos morrones con chorizo gallego para acompañarla. Él me deja cocinar, atento y en silencio, sin apartar la vista. Me siento cómoda, sin ninguna vergüenza. Me gusta su mirada y su atención.
Me siento dueña absoluta de mi poder femenino y lo disfruto. Apenas la comida está lista, decido sorprenderlo y calmar mi urgencia. Me acomodo a horcajadas sobre él, presionando mi cuerpo contra el suyo en la silla del pequeño comedor. Sus manos exploran mi piel con hambre, su deseo arde y se une al mío. Lo siento firme, sólido, llenándome por completo, conquistando cada rincón de mi ser. Su grosor me estremece, me desborda de sensaciones, tantas que mi cuerpo se demora en rendirse al placer. Me cuesta apartar el pensamiento de lo afortunada que soy por vivir este instante embriagador, pero él logra traerme al ahora con la fricción constante, el vaivén cada vez más intenso. Su piel choca con la mía, sus gemidos y los míos, la presión creciendo en el interior de mi vientre… hasta que todo se desborda y el placer me consume, quedo temblorosa y completamente saciada.
Entre las tantas cosas que aprendo de mi a través de él, están mis orgasmos y aquí haré un inciso que considero importante: el orgasmo. Al menos, mis orgasmos. El primero lo tuve hace poco más de un año atrás. No sé cómo llegó, creo que por estímulo erógeno. Fue una sorpresa. Sentí miles de petardos recorriendo mi cuerpo, subiendo desde mis pies y explotando al llegar a mi cabeza, todo en cuestión de segundos. Desde ese día, comencé una carrera por volver a sentirlo, perdiendo muchas, muchísimas veces en el intento.
Escucho a mis amigas hablar de lo fácil que era para ellas, incluso pueden sentir varios en un mismo encuentro. Entonces me pregunto: ¿qué ocurre conmigo? ¿Por qué para mí es tan difícil? El orgasmo sucede en el cerebro, y entender todo lo que ocurre dentro de él es un trabajo complicado. Solemos ligarlo con lo emocional o sentimental, pero en realidad es algo totalmente cerebral. Hay que estimular la mente. Y la gran pregunta es: ¿qué estimula la mía?
He tenido que hacer el trabajo de vaciar mi maleta de paradigmas para encontrar las respuestas. Mi padre me enseño que la mejor forma de aprender de algo es, a través de la lectura, entonces leí, leí y leí, y pude saber que hay personas auditivas, otras visuales y muchas son ambas. ¿Qué soy yo? ¿Cómo puedo encontrar en mi cabeza lo que estimule la sensación? ¿Cómo desconecto la vergüenza de esas sensaciones totalmente erógenas y, muchas veces, prohibidas? A veces, no se trata de encontrar respuestas, sino de hacerse las preguntas correctas. Y en ese juego de preguntas y respuestas internas, es clave recordar que siempre es un monólogo: soy yo conmigo y eres tú contigo.
Aunque aún no tengo respuesta para muchas de mis preguntas, he entendido que, antes que cualquier cosa, somos seres individuales. La única forma de existir en sociedad—con todo lo que eso conlleva, como hacer pareja, familia, amigos, comunidad—es conocernos y entendernos a nosotros mismos. Porque, aunque estamos diseñados para vivir en sociedad, también somos seres únicos. Prueba de ello es todo lo que ocurre en nuestra mente: muchas veces somos incapaces de exteriorizar lo que pasa en ella, justamente porque esos pensamientos son tan individuales, tan propios del ser, que jamás llegamos a compartirlos con nadie. Por eso, nos toca a cada uno, de manera personal, aprender a gestionar nuestra maraña de pensamientos.
En el sexo, la otra persona se acompasa contigo según tus necesidades, y yo estaba acostumbrada a bailar al ritmo del otro sin detenerme en el mío propio. He sido egoísta conmigo misma, no me he tomado en cuenta. ¿Hasta qué punto complacer al otro y verlo llegar al clímax se convirtió en mi único disfrute?
Son preguntas que llegan una seguida de la otra, preguntas que aún Siguen en estado de “esperando respuesta” y, estoy segura que tú también te las estás haciendo ahora mismo. Estar enamorada no ayuda a encontrar las respuestas, tengo la necesidad de complacer, es fácil que mi mente deje el lugar y se pregunte, ¿le gustare? Llegan todas las inseguridades en paracaídas a mi cabeza, por un momento quisiera leer sus pensamientos y saber que siente y como siente. Pero él en esos momentos me trae de vuelta para que siga explorando mi propio cuerpo y placer. Me ayuda que él se comporte como una guía, siempre incentivándome a dejar atrás mi equipaje lleno de creencias limitantes.
Él es un hombre de detalles. Escucha cada palabra que digo, no necesito repetir un nombre porque enseguida lo guarda en su memoria. Me sorprende que pueda notar si llevo algún accesorio nuevo, por más insignificante que sea, como unos aretes, o si hay un cambio en mi aspecto, como un corte de pelo. Estoy segura de que, si todos observáramos con más atención nuestro entorno, alcanzaríamos nuestras metas con mayor rapidez.
Su forma de amar no se sostiene en promesas o expectativas. El "hoy" es todo lo que se permite disfrutar. Me dice: Todo mi ser está aquí contigo, el 100% de mí está atento ahora mismo a tu vida. Les aseguro que no hay mejor forma de enamorar que esa. El diablo está en los detalles, y sin duda alguna, ese es el gancho que se clava en mi corazón. ¿Cómo no enamorarme de este hombre? Es inevitable. Aunque, de todas las formas posibles, me pide que no lo haga. Nuestra relación, como todas, tiene una banda sonora, y él elige la canción más triste de todas para definirla: You're Beautiful. Pero estoy tan enamorada que no puedo escuchar esas letras tal como son Solo puedo ver amor en esas letras. El amor nos hace ciegos, y mi mente obvia esa parte que dice: "Cause I'll never be with you".
Viernes primero de junio, un día antes de su cumpleaños. Me paso la semana entera pensando en qué hacerle. No sé cuáles son sus planes, si viajará como siempre lo hace algunos fines de semana o en los días festivos. Es una fecha especial, así que supongo que también se irá. No quiero hacerme ilusiones y luego pasearme por la tristeza del desengaño. debería, simplemente, preguntar sin vacilación y hacer un plan en función de eso, sin que me cause ninguna complicación. Pero en la juventud, la palabra clave es complicación. Pienso mucho en: No quiero abrumarlo con mi amor, que muchas veces es desbordado e intenso. Así que me dejo llevar por el día.
A las dos de la tarde, me llega un mensaje de texto a mi teléfono:
— Margarita, ¿quieres ir al cine esta noche? Voy con los de la oficina por mi cumpleaños, a la función de medianoche —
Encuentro mi oportunidad. Entiendo, por la invitación, que se irá al día siguiente y quiere pasar la noche conmigo. Decido sorprenderlo a mi manera.
— Hola, pimpollo. Lo siento, he quedado para cenar en casa de Katrina. Otro día te celebro. ¡¡¡Besos!!! —
Le respondo con mi primer no puedo en seis meses, y justo para su cumpleaños. Sé que no lo ve venir, pero no tengo tiempo que perder con mi sorpresa. Rápidamente llamo a mi amiga Katrina y le cuento mis planes. Ella, como siempre dispuesta, me dice: Cuenta conmigo, y juntas armamos el plan, al que bautizamos ese día como Comando Mata Perros. Tengo poco tiempo, y las ideas fluyen en mi cabeza.
Primera parada: una tienda de fiestas. Compro catorce globos de helio blancos con cintas amarillas y catorce globos amarillos con cintas blancas, para un total de veintiocho globos que representan el número de años que cumple. La odisea de meter veintiocho globos en mi monoplaza es épica; manejar con todos encima de mi cabeza se convierte en una de las actividades más extremas que he hecho, solo superada por el intento de bajarme del auto sin que alguno escape y surque los cielos.
Luego, voy por el sello de mi sorpresa: las margaritas. Compro veintisiete pequeñas plantas de margaritas en maceteros blancos y una mucho más grande con un macetero del mismo color.
Justo cuando dejo la nota en la planta, las luces de un auto iluminan el frente de la casa. Escucho un grito de prevención y pánico que viene de la voz de Katrina:
—¡Amigaaaaaaa, el peludo! —
Así le llama ella, por sus frondosos y sueltos rizos.
La sorpresa es para todos. Katrina se hunde en lo más profundo de mi monoplaza, sintiéndose interceptada en medio de sus operaciones para el Comando Mata Perros. La vecina, desde su ventana, deja ver su emoción por la revelación de la sorpresa, que afortunadamente ya está terminada. Yo me quedo congelada junto a la puerta, con las manos en el pecho, y solo puedo verlo a él. Su cara refleja verdadera sorpresa; no puede dar crédito a lo que ve. No ve globos ni flores, solo ve mi amor, la expresión de mi amor por él. Solo alcanzo a escuchar:
—¡Margarita! —
Lo clama con sorpresa y admiración.
—Nunca nadie había hecho algo así por mí —
Le gusta. Acerté con mi sorpresa. Sus ojos, su rostro, todo él me dice lo emocionado que está por mi gesto. Nos fundimos en un abrazo y en el más tierno beso. Katrina hace lo propio y nos deja solos, después de compartir con nosotros las anécdotas del Comando Mata Perros.
La noche transcurre entre nuestras canciones mientras soltamos, uno a uno, los globos. Hacemos la tarea de mandar cada globo al cielo con un agradecimiento personal. Cada uno de nosotros tiene catorce cosas por las que agradecer a la vida. A Dios, en mi caso personal, quien siempre ha sido generoso conmigo. Me parece maravillosa la idea de él de empezar su día de cumpleaños así. Agradecemos todo lo que tenemos. Toda la noche se nos va en amarnos, en sentir nuestros cuerpos juntos y desnudos. Mi cuerpo lo recibe con ansias; entre mis muslos, él sumerge su placer con ternura y desenfado, con pasión, en ese camino donde el sudor no estorba, más bien da muestra de lujuria. Nos tocamos, nos saboreamos, sin dejar nada por hacer, sin vergüenzas, con comodidad, entregando y recibiendo amor.
Estoy exhausta, con el cuerpo cansado de tanto amar y de las emociones previas. Caigo en un profundo sueño, confiada por estar en los brazos del hombre que amo profundamente. Apenas comienza a salir el sol cuando siento su voz susurrándome al oído.
—Margarita, tienes que despertar. —
Pienso: qué rápido se acaba la magia… Es demasiado bonito para ser verdad, ya se va y quiere que me marche. Debo confesar, que, por mucho tiempo, he sentido que cosas maravillosas no me pueden suceder a mí. No me siento merecedora de historias extraordinarias y trascendentales. Vivo esperando que la magia se acabe y que la realidad me despierte. Vivo llamando al dolor.
Me levanto dispuesta a marcharme. Él ve la decepción en mi rostro, esboza una sonrisa y dice:
—Margarita, escucha con atención. ¿Tienes un morral? De esos que se llevan en la espalda. —
Le respondo, un poco confundida:
—Sí, creo que sí. —
—Ok, entonces en ese morral vas a meter tu cepillo de dientes, tu desodorante, tres franelas, un jean y tres mudas de ropa interior. ¡Nada más!
Hace una pausa y añade con énfasis:
—Y muy importante… ¡trae tu pasaporte! —
—Tienes exactamente cuarenta minutos para hacer eso y volver. —
Aturdida, confundida, con curiosidad y sorpresa, pregunto sin dilación:
—¿A dónde vamos? ¿Para qué un bolso? —
—Margarita, no pierdas tiempo. Estás gastando tus cuarenta minutos. Ya perdiste cinco. ¡Ve, y que no se te olvide el pasaporte! —
Me visto apresurada, sin dejar de preguntar. Él, sin soltar palabra, sigue apresurándome. Camino a casa mientras conduzco, mi cabeza vuela. ¿A dónde vamos? Especulo mil opciones. ¿Qué llevo? Me hago mil preguntas. ¿Por qué el pasaporte? La opción más lógica es una ida a la playa, pero entonces pienso: ¿por qué me ha pedido llevar el pasaporte? La intriga me carcome, pero estoy tan emocionada que lo único que realmente me importa es pasar días con él. No me interesa en absoluto el destino.
Llego a casa, tomo una ducha rápida, agarro mi cepillo de dientes, mi desodorante, y me paro frente al armario. ¿A dónde iremos? Olvido por completo sus instrucciones. Hago lo que cualquier mujer haría en mi lugar: dos vestidos por si salgo, un short por si vamos a la playa, dos trajes de baño por lo mismo, un abrigo por si hace frío, este pantalón que me encanta, esta falda también y, por lo menos, diez cambios de ropa interior.
Termino reemplazando el bolso por un carry-on Tengo mi pasaporte, chequeo el tiempo. Solo me quedan cinco minutos para llegar, pero su casa está a diez minutos con el tráfico. Tengo que correr.
Me llega un mensaje:
—No te veo y ya te pasaste por cuatro minutos. —
Uno de mis mayores defectos y angustias es mi mal manejo del tiempo. Me desespera que me esperen y me cuesta mucho llegar puntual.
Ignoro el mensaje y vivo la angustia del retraso hasta que, por fin, estoy de vuelta en su casa, con mi maleta y mi pasaporte en la mano.
Seguro de que no seguiría sus indicaciones, me mira y dice:
—¿Dónde está el morral? ¿Por qué nunca sigues mis indicaciones? —
Respondo lo obvio:
—No sé a qué lugar vamos, no sé qué pueda necesitar, así que metí varias opciones. —
Sin decir más, agarra la maleta, busca un morral en su armario y, sin importar mi respuesta, la abre y empieza a inspeccionar lo que he empacado. Saca exactamente lo que me dijo previamente, abre el morral y comienza a acomodarlo de manera que todo entre sin arrugarse ni apelmazarse. Su experiencia en el arte de empacar ligero es evidente, pero eso no me impide protestar cuando veo que deja fuera el ochenta por ciento de mi ropa.
—¿Por qué sacas todo? ¿Quién puede viajar así? —
—¡Vamos a viajar como indigentes! ¿A dónde me llevas? ¿Vamos a un retiro de los tuyos? ¿Es a dónde vas cuando te ausentas? ¿Es un lugar de esos donde la gente no habla, solo medita y bebe té? —
Le hago mil preguntas más mientras él sigue empacando solo lo justo y necesario.
Tres franelas, un jean, el cepillo de dientes, una sudadera que termino llevándome puesta y tres cambios de ropa interior. Nada más.
—¡Listo! Este es tu equipaje, Margarita. —
Me dice satisfecho, con voz paciente, una vez terminado el morral con lo que él considera indispensable.
—¡Margarita! A ti hay que enseñarte sin dejarte pensar. El equipaje es un peso que tienes que aprender a dejar atrás. Lo que necesitas está aquí. Te aseguro que para vivir no necesitas nada más. —
Lo observo, no muy convencida, pero entiendo el mensaje detrás de sus palabras. Confío plenamente en el hombre que tengo enfrente. Le he confiado mi corazón, ¿cómo no hacerlo con una maleta?
Pide un taxi y nos dirigimos al aeropuerto. Es un hombre de estructura, todo lo tiene pensado. El primer destino: Caracas.
Dejo de preguntar a dónde vamos, pero no dejo de pensar. Mientras esperamos abordar, mis sospechas sobre el retiro cobran más fuerza. Él también lleva un morral igual al mío, con la misma cantidad de artículos.
Estoy impaciente, pero emocionada Estaremos juntos al menos setenta y dos horas, solo nosotros dos y los demás del retiro. Empiezo a pensar y preocuparme otra vez. ¿Qué tipo de gente habrá? ¿No podré hablar por tres días? Callarme es imposible. ¿Cómo haré para no hablar? ¿Meditar? No sé cómo callar, mucho menos cómo meditar.
Los cuarenta y cinco minutos de vuelo hasta Caracas se me hacen eternos. Aterrizamos y bajamos enseguida sin esperar maletas. Pienso, sin llegar a decirlo, lo agradable que es bajar sin cargar equipaje ni esperar en la cinta. Me parece genial, pero me niego a reconocerlo. No en ese momento.
Caminamos hasta la última puerta del aeropuerto, la que conecta con el aeropuerto internacional. Lo miro y mis pensamientos se convierten en preguntas que esbozo de forma interrumpida.
—¿A dónde vamos? ¿Dónde es el retiro? ¿Es en la playa? ¿En Aruba? ¿Curazao? ¡Ya sé! ¿Está en Punta Cana? —
—Margarita, deja de pensar tanto y disfruta del camino. —
Lo dice con un tono que roza la impaciencia.
Llegamos al aeropuerto internacional después de cruzar el largo y recto pasillo que comunica ambos aeropuertos. Se abre ante nosotros el gran y colorido salón, con su piso decorado por la obra de nuestro insigne artista Carlos Cruz-Diez. Se escucha el bullicio de la gente, el tráfico de viajeros, cada uno en las filas de los counters de las diferentes aerolíneas.
El movimiento de los aeropuertos me parece fascinante. Todos ahí están por empezar una historia en sus vidas. Para mí, eso es un viaje: el comienzo de una aventura. Soy una soñadora empedernida y pensar en las historias que están a punto de comenzar me emociona.
Estoy a punto de descubrir nuestro destino, el escenario de nuestra próxima aventura. Jamás lo imaginé cuando se detiene en ese counter. Nunca, ni en mis mejores y más insólitos sueños. Supera todas y cada una de mis expectativas.
Yo pensé que lo había sorprendido con mis globos y margaritas. Es su cumpleaños, y él me está regalando el gesto más hermoso Nadie había hecho algo así por mí jamás. Íbamos a la ciudad donde nació el romance. Estamos parados frente al counter de Air France. Voy a Francia, con tres franelas, un jean, tres mudas de ropa interior y mi cepillo de dientes… pero con el hombre que más he amado hasta este momento.
Será mi primera vez en Europa. Estoy a punto de cumplir veinticuatro años y me siento profundamente enamorada. Ya no puedo pensar con claridad, la emoción me abruma, su gesto me enternece. En este instante, me siento halagada, dichosa. Nadie había hecho algo así por mí.
Me cuesta creer lo que está pasando, incluso ya montada en el avión, a punto de despegar hacia mi destino soñado, con el hombre soñado. Me parece irreal. Tengo tanta adrenalina en el cuerpo que no puedo dormir, en las nueve horas de vuelo que tengo por delante, alcanzo a meditar, luego del camino recorrido, entiendo que esto es lo que merece mi amor. Es lo que se ajusta a lo que yo entrego, lo propio y consecuente para mí. Muchas veces soñamos con vivir situaciones así, pero en el fondo no nos sentimos merecedoras de ellas. Creemos que solo podemos soñarlas imaginarlas, vivirlas a través de otras personas.
Lección número uno del viaje: cuando vacías tu equipaje interno de cosas innecesarias, te das cuenta de lo merecedora que eres de que te sucedan cosas maravillosas.
El cansancio de la noche previa me vence, me quedo dormida al menos la mitad del vuelo, hasta que el piloto, en un fluido y divino francés, anuncia que nos acercamos al aeropuerto internacional Charles de Gaulle, en la ciudad de París.
Aterrizamos y, con la misma ligereza y despreocupación con la que bajamos del vuelo anterior, lo hacemos en este. Él ha pasado un año viviendo en Francia, entre Gerberoy, un pueblo a 64 millas de París, y Normandía. Así que ese será nuestro destino por los próximos seis días.
Camino por sus recuerdos, cada uno con su bolso a la espalda y una sonrisa que, en mí, se queda tatuada en el alma.