Tengo veintitrés años, un metro setenta de estatura y cincuenta y dos kilos de insolencia. Así camino por la vida, disfrazada de doctorcita, con un título de abogado que heroicamente le peleé a la vida; así me enamoré, con pasión y locura infinita. Es mi primera vez. Todo lo demás ha sido efímero hasta ahora, pura y absoluta necesidad disfrazada de romance, el común denominador de todas mis relaciones.
Esto es la expresión pura de amar: darlo todo sin pensar en lo que recibo, amar lo bueno y lo malo de una persona sin querer cambiar un ápice. No importa si recibo lo mismo. Sobran las opiniones sobre mi forma de amar, sobre mi poca o nula autoestima, sobre la regla universal de dar solo si recibes. Y, por supuesto, no falta el que diga: “Así no te vas a casar”.
A lo mejor tienen razón. Dicen que la verdad es relativa, que depende de quién la vista y de quién la desvista. Pero esta relación es una muestra de amor hacia mí misma, un acto de respeto a la mujer que todavía se esconde dentro de mí. Es el taladro gigante con el que cavo el túnel que me lleva hasta ella.
A los veintitrés años soy un desastre, con mil emociones que no comprendo. Lo que se supone que debo ser deja de tener sentido. Me siento sin rumbo. Su mundo es diferente, fascinante, libre. No tiene cercas ni títulos. Nada debe ser, pero todo puede ser. Y, para colmo, tampoco usa reloj. No cree en la impaciencia de contar las horas del día. Para Él, el tiempo es sinónimo del ahora, y el ahora es lo único que realmente tenemos.
Entonces comienza la necesidad de amarlo, una necesidad que me abruma. De sentir entre mis dedos los rulos de su cabello. De perderme en su espalda (mi parte preferida), toda marcada con pecas. Tiene la fuerza de una cascada. ¿Sabes cuando entras debajo de una y se crea un aislamiento interno? No escuchas ni sientes nada más, solo el agua invadiéndote desde la cabeza. Así es su energía. Me reta a ver ese lado de mí que me avergüenza. Y, como todo lo que avergüenza, lo escondo tan dentro como puedo. Me asusta la idea de no ser igual, de no pertenecer, de no merecer. Así que construí un muro de grandes paradigmas.
Paradigmas que llevo conmigo, donde otro es el protagonista o el responsable de mi camino, donde la validación está afuera. Él, con su paso calmado, me ha llevado a detenerme, a mirar dentro de mí, a preguntarme qué es lo que realmente siento, sin escuchar todas esas voces que repiten frases como: “Es el deber ser” o “Así ha sido siempre”.
Él, que se presentó de la forma más atípica en mi vida. Él, que me pide que no le pida nada, solo honestidad. Que no lo haga responsable de lo que siento. Él, que me obliga a ser adulta. Él, que me pide que me mire desnuda frente al espejo y admire lo que veo, porque esa soy yo, mi primer y gran amor: ¡yo!
Él, que me pide que me tome en cuenta por encima de los demás. Él, que me enseña este mundo tan grande y vasto.
Todo esto es una revolución en mi cabeza y en mi corazón, que intento ordenar y armar. Siento que he limpiado mis ojos empañados y que estoy empezando a ver con claridad.
Las mujeres, sin sonar feminista, tenemos por costumbre –todas, desde nuestras bisabuelas hasta mi generación– la necesidad de pertenecer. De formar un núcleo que nos haga sentir valoradas, ocupadas, exitosas, dando amor, comprensión y atención a manos llenas. Pasamos de los padres a los esposos, de los esposos a los hijos, pero pocas veces a nosotras mismas. Pocas nos detenemos a darnos amor, comprensión y atención. Y las que se atreven son juzgadas duramente, no solo por la sociedad, también por otras mujeres que creen haber encontrado la felicidad en todas partes, excepto en sí mismas.
Yo me construyo con los pedazos que la vida me arroja. Y puedo decir que hago un gran trabajo, considerando que muchas veces esos pedazos son una tonelada de mierda. Pero hay mucho que mejorar en mi propia construcción. Y él… él es el inicio de eso.
No es que antes no estuviera rodeada de personas que me inspiraran. Tengo una larga lista de mujeres que a lo largo de mi vida me sirvieron de apoyo y de ejemplo. Al igual que yo, sobrevivieron y se construyeron en un mundo que intento quebrarlas. Mujeres que me recuerdan constantemente que nada de lo que la vida me dio me define. Que todo lo puedo, solo con quererlo y trabajarlo.
Pero, aun así, tengo mucho que descubrir en mí. Me ocupé tanto en no parecerme a lo que me antecede, que olvidé parecerme a mí. Solo he querido que me guarden, que me protejan. Y por mucho tiempo busqué eso afuera. Pero él… él ha abierto una caja de Pandora que nunca más volveré a cerrar. Aunque ahora ya no quiero que saque mierda: ahora quiero usarla de materia prima y transformarla en briquetas con sello estoico, al más puro estilo de la tierra donde nací.
Vuelvo a los veintitrés y a la insolencia de estos años.
Él es un Querrequerre que cambia temporalmente el cerro del Ávila por los senderos de la llovizna. Y se queja de ello efusivamente. Detesta el inerte movimiento de “el pueblo”, como él lo llama, y ansía los momentos en los que vuelve a su amada capital. Como toda ave de paso, va y viene sin aviso ni protesta. Mientras yo agonizo en silencio. Bajo la almohada escondo mi impaciencia, esperando su regreso. Y su regreso siempre es anunciado de la misma forma: un mensaje de texto con la frase que espero con ansias.
“La puerta está abierta”.
La puerta está abierta… anuncia mi felicidad.
Pego saltos de niña en mi habitación. Puedo sentir la emoción que invade mi cuerpo. Nunca pienso en no ir. Jamás pasa por mi cabeza una estrategia dilatoria que dé a entender que no me importa su regreso. Siempre me ha costado fingir desinterés. No entiendo por qué, si deseo algo, tengo que actuar como si no. He sido bastante mala en el arte de fraguar las relaciones románticas desde el 'ven tú a mí' mientras yo me hago la que no quiere. Entiendo que hay una población masculina importante a la que ese sistema los seduce y los atrae, definitivamente no es la población que me interesa.
Tomo las llaves del auto y me dispongo a su encuentro. No me arreglo, no quiero perder el tiempo maquillándome. Sé que no le importaría verme en un simple pijama de algodón, recién bañada; ahora mismo pienso en mi amiga Katrina, la que siempre me regaña por mi simpleza para estos encuentros amorosos. Dice que debo combinar mi ropa interior, que no entiende cómo vivo con un carnaval debajo de mi ropa. La verdad es que admiro su forma dedicada de cuidar esos detalles, yo soy un poco desprolija sin caer en el desaseo. Creo que la palabra correcta sería práctica, soy muy práctica, o muy ansiosa de querer verlo ya.
Su casa queda a siete kilómetros de la mía. A solo diez minutos de la mía, pero yo los siento eternos. La impaciencia por verle hace que viva el tiempo sin él como una agonía. Son las diez de la noche, el tráfico ha desaparecido y doy gracias por eso. Las calles son solo para mí y mis ansias de verlo. Siento mariposas, pero no solo en el estómago: están en mis manos, en mis piernas, en mi cabeza.
Estas mariposas han marcado mi vida para siempre. Qué maravillosas mariposas.
A veces pienso cuánta gente pasa por la vida sin siquiera conocerlas. Yo no solo las conozco: les he construido todo un condominio dentro de mí. Y las atesoro, como un colibrí atesora su flor más dulce.
Vive en una linda y privada urbanización de casas estilo americano. Ya alcanzo a ver las luces que adornan las altas y robustas palmeras datileras que decoran la entrada. Me anuncio en la garita de vigilancia y continúo por una larga recta, custodiada a los lados por palmeras reales llenas de luces. Es la entrada perfecta a la felicidad. Hago un solo cruce; su casa es de las últimas de su calle.
Ya estoy aquí. Estaciono, todas mis mariposas y yo hacemos un profundo suspiro lleno de alivio y amor.
Él me espera dentro para amarme y llevarme a lugares de mi cuerpo que solo él me hace conocer.
Y, efectivamente… la puerta está abierta.