El tráfico está congestionado. Es la hora del mediodía: entre los padres que van camino a recoger a sus hijos al colegio y los trabajadores que salen a almorzar apurados, porque deben volver a sus labores antes de las dos de la tarde —entre los que me encuentro yo—, todo se vuelve un caos.
Tengo citada a una clienta después del almuerzo, así que prefiero comprar algo ligero para llevar y comerlo en el auto de camino a la oficina. Así puedo contestar algunos correos antes de la reunión.
Llevo siete meses sin verlos. Hemos hablado poco. Solo sé que Él está en Europa, ampliando sus conocimientos en algún centro budista. La última vez que hablé con Ella, flipaba en colores por haber cerrado un contrato exitoso para la compañía de café de su familia. Me dio una alegría enorme, pero también me despertó esa inquietud que a veces se confunde con envidia. ¿Será una especie de competencia? Cada vez que los veo, tienen mucho que contar sobre sus trabajos. Ella habla de contratos millonarios, de reuniones en Singapur, de hectáreas de siembra de café. Él camina ligero por el mundo, acumulando experiencias: Alemania, Tailandia, Nepal.
Y luego estoy yo, con mi oficina de dos metros cuadrados, en mi pequeña y acalorada ciudad, con un recorrido diario de un kilómetro, donde se juntan el tribunal, la notaría y el registro. Me siento como la que camina con pasos de pulgarcito mientras ellos son medallistas olímpicos de atletismo. Siento una especie de vergüenza por no estar a la altura de sus éxitos. Y aunque nunca han minimizado mis pequeños logros, es mi propia mirada la que me perturba.
En mitad de la reunión entra una llamada. Siento vibrar el teléfono, pero lo hago a un lado sin mirarlo. Estoy concentrada en la explicación de mi estrategia y no quiero perder el hilo de mi idea. Tan pronto termina la reunión y la cliente se marcha, busco el teléfono para revisar los mensajes y las llamadas.
Dos llamadas perdidas de un número de Estados Unidos y un mensaje de voz.
—Hola, Miss Margarita Deive. Soy la doctora Sophia Benson. Le hablo desde el New York Presbyterian Hospital. Por favor, le agradecería comunicarse conmigo lo más pronto posible. Mi número telefónico personal es 212-954-5600.
Escucho el mensaje tres veces seguidas. Es la voz de una mujer, con un español un poco accidentado, pero perfectamente entendible. ¿Qué hace una doctora de Nueva York llamándome? Pienso en Él rápidamente, pero estaba en Europa. ¿Le habrá pasado algo? Miro la foto de Él escalando el Himalaya, que tengo sobre mi escritorio, y mil pensamientos fatídicos invaden mi cabeza. El mundo se me viene a los pies. No, no. Cancelo esos pensamientos y repito varias veces en mi cabeza: “Eso no va a pasar”. Lo repito con fuerza, como si ese mantra pudiera torcer el destino. Ella... su residencia fija es en Nueva York.
Anoto el número telefónico junto con el nombre de la doctora y el hospital en la primera hoja que abro en mi agenda, y encierro los datos en un cuadrado que trazo con un resaltador fucsia fluorescente. Cojo el teléfono de la oficina y marco, decidida a saber más, mientras pienso en lo precario de mi inglés y me digo a mí misma en voz alta. “Por eso nunca tienes reuniones en Singapur”.
Responde una mujer, con otra voz y en inglés. ¡Rayos!
—Hello, good afternoon. This is Holly, Dr. Sophia Benson’s assistant speaking. How can I help you?
Debí haberme preparado antes de llamar. Respiro y trato de ser entendible.
—Hello, my name is Margarita Deive. Doctor Sophia… she wants to talk with me.
—Oh, sure. Just a moment, please.
Agradezco que me entendiera y espero en la línea.
—Hola, Señorita Margarita. Un placer. Te habla la doctora Sophia Benson. Soy psiquiatra en el New York Presbyterian Hospital y atiendo a Penélope García Echeverri.
—¿Ella está bien? —la angustia y la confusión hacen un nudo en mi cabeza.
—Sí. Hace tres días que se encuentra internada en el hospital por una crisis de ansiedad y depresión. Hace más de un año que acude a mi consulta, y dio tu número como contacto directo.
Nada de lo que me dice me resulta coherente. No entiendo nada. Estoy segura de que se ha equivocado o de que esto es una broma.
—Disculpe… no estoy segura de que hablemos de la misma persona. ¿Está segura de que es Penélope García Echeverri?
—Sí, estoy absolutamente segura —responde la doctora.
—Penélope no debe estar sola en este momento, y se rehúsa a llamar o dejarme contactar a su familia.
—¿Puedo hablar con ella?
—Ahora mismo no estoy en el área donde se encuentra ingresada, pero podría intentar llamarte desde allí más tarde.
—Señorita Margarita, la verdad es que el hospital me exige contactar a un familiar lo antes posible, pero en consulta le prometí a Penélope llamarte a ti primero en caso de cualquier eventualidad. ¿Es posible que puedas venir?
No entiendo qué está ocurriendo, pero puedo imaginarla pidiendo que no llamaran a su familia.
—Doctora, gracias por llamar. Ahora mismo busco un vuelo. Antes de que finalice el día, le diré a qué hora puedo estar allí.
—Perfecto. Trataré de hablar con ella para ese momento.
Tan pronto termina la llamada, intento recomponerme. ¿Crisis de ansiedad y depresión? Nada de esto tiene sentido. Ella ni siquiera llora, como podría deprimirse. tiene una familia que la adora. Su madre volaría en segundos para estar con ella. Es su orgullo, al igual que lo es para su padre y sus hermanos. ¿Debería avisarle a su madre? ¿Llamarlo a Él?
Si yo tuviera una hija en problemas, querría saberlo. Pero llamar sin información sería lo mismo que ignorar la llamada y traspasar la situación a su familia. Y si ella me puso como contacto de emergencia, debo ir.
Son las nueve de la noche y estoy en el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía una vez más. La ruta es Caracas–Bogotá, Bogotá–Nueva York. Estaré aterrizando en la Gran Manzana al amanecer. Katrina se encargará de todos mis pendientes laborales. Fue difícil pedirle que me sustituyera en las próximas audiencias sin darle una explicación detallada de mi ausencia. “¿Margarita, ¿cómo que no sabes cuándo regresas? ¿Vas a verlo a Él?” “Amiga, no puedes dejar todo tirado apenas Él aparece. Y menos tu trabajo”.
Entendí todas sus preguntas, y también sus conclusiones. Yo habría dicho lo mismo en su lugar. No le he hablado de Ella a nadie. Mucho menos de nuestra relación de tres: atípica, sin rumbo concreto y sin ninguna expectativa. Ya hice las paces conmigo y con mi decisión. Respondí a mis preguntas, que son las únicas que importan.
Mis silencios, mis soledades, son importantes para mí. Quiero ser amada, pero no quiero pertenecer ni elegir una sola cosa en mi vida. Quiero tener opciones y la libertad de poder irme sin dañar a nadie. Entender eso me costó muchas horas de terapia. Comprender que me pesa la responsabilidad emocional de sostener una relación. Aceptar que no me gusta ceder, que no me gusta compartir espacios.
Que mi momento de paz llega cuando mi cabeza duerme sola sobre la almohada.
Entenderme me ha aliviado. Me ha permitido amarlos sin sufrir. Pero explicar esta situación a otros, que desean caminos más tradicionales, es muy complicado. No quiero entrar en diatribas. No me apetece excusarme con nadie.
Vibra mi teléfono. La llamada entrante corta mis pensamientos. Es la doctora Benson. Le había enviado por correo mi itinerario, así que está al tanto de mi hora de llegada.
—Hola, doctora Benson. Ya estoy esperando mi primer vuelo.
—¡Margarita! Es Ella.
Su voz está apagada, casi no la escucho. En un segundo, calmo mi necesidad de respuestas y le contesto con la mayor tranquilidad que soy capaz de fingir.
—Amor mío... Voy camino a ti. Como siempre. ¿Me esperas?
—Siempre... —responde, con voz entrecortada.
—No llames a mi madre, por favor. Y no le digas nada a Él.
—Ok, ok. No te preocupes. Así lo haré. Por ahora.
—Hola, señorita Margarita —toma la llamada la doctora Benson.
—Doctora, estoy esperando mi primer vuelo, estaré allí para el amanecer.
—Sí, tengo tu itinerario. He previsto que te recojan en el aeropuerto. Un chofer estará esperando por ti.
Me alivia tremendamente que me evite la logística de buscar transporte, pero me sorprende el gesto.
—Doctora, muchísimas gracias. No se hubiese molestado.
—Tranquila, ha sido Ella quien me lo ha pedido. Me dijo que era tu primera vez en la ciudad y que no hablas inglés.
—Sí, así es, pero estoy segura de poder llegar sin problemas.
Me siento subestimada en mis capacidades. Se ríe un poco y me responde
—Ella también dijo eso. Creo que solo quiere evitarte tantos inconvenientes.
Me siento mejor con la aclaración y le respondo agradecida.
—Igual, gracias, doctora. Valoro mucho su ayuda, y sé que Ella también.
Nos despedimos, y me dispongo a viajar más tranquila, ahora que pude hablar con ella, aunque solo haya sido por unas pocas palabras. Después de la llamada, caigo en cuenta de que, sí, será mi primera vez en Nueva York. Con la premura del viaje y la angustia de no saber qué sucede exactamente, no había pensado en ello. Siempre quise ir, lo hablamos muchas veces, el visitarla en su casa, pero la logística de ir desde Venezuela es una pesadilla: más de doce o catorce horas de viaje, no por la distancia entre ciudades, sino por lo imposible de tomar vuelos directos desde Venezuela hacia el norte de América. Y eso rompe nuestra regla de no más de tres horas de distancia.
Aterrizo en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy. Me siento como una hormiga en un gallinero. Me detengo en medio del caos absoluto y respiro profundo, sintiendo el mar de gente, con miles de historias diferentes. En este tránsito continuo de almas me siento. recargada. Es gente en movimiento, siendo y viviendo: unos tristes por el amargo de las despedidas, otros felices por la alegría del encuentro, algunos exhaustos por las ajetreadas vacaciones. Tantas nacionalidades, religiones, culturas, pensamientos, edades...
Todo convergiendo en un mismo lugar, todo fluyendo y creando esa enorme fuerza que es el mundo. Hago este mismo ejercicio en cada aeropuerto, pero esta vez viajo sola, soy libre de tomarme el tiempo y disfrutarlo sin el temor de retrasar a nadie. Y este aeropuerto me regala toda esa energía.
Vuelvo a la realidad. Busco la señal de Exit Baggage, la que siempre indica por dónde salir. Efectivamente, me lleva al vestíbulo donde entregan las maletas. Al pasar las puertas, veo a muchas personas esperando a los pasajeros, y entre ellas, un señor lleva un cartel con mi nombre. Me acerco, lo saludo como nos enseñan en la primaria y sigo al señor hasta el auto.
El recorrido hasta el hospital dura cincuenta y cinco minutos. Todo el camino estoy pegada a la ventana, admirando todo. Agradezco no tener compañía y que el chofer no hable. Eso me permite disfrutar de todo lo que veo. No sé con qué me encontraré en el hospital, pero estoy segura de que este viaje no implica conocer la ciudad.
En el aeropuerto, de camino a la salida, paré en una tienda de telefonía conocida y compré una tarjeta SIM para poder estar comunicada. Y, al llegar al hospital, agradezco haberlo hecho, porque sin ayuda no habría podido llegar al área donde estaba ingresada Ella.
Tras llamar a la doctora Benson y esperar poco más de diez minutos, una amable enfermera con acento cubano me lleva hasta la habitación de Penélope.
Al cruzar la puerta y entrar en la habitación, todo cambió. El sol, que parecía acabar de salir, ahora se había escondido. Todo estaba oscuro. Ella está dormitando, no puedo verla bien, pero noto que su pelo tiene días sin lavarse. Fijo la vista en sus manos; sus dedos están rotos y algunos tienen sangre en las uñas. Sentí una punzada de dolor en el estómago. Sin darme cuenta, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos.
Efectivamente, es Ella la que está dormida en esa cama de hospital, delicada y ligera como siempre, pero esta vez absolutamente frágil.
Me siento sorprendida, sin saber lo que está pasando. ¿Cómo ha llegado a esto? En ese momento, la puerta se abre, y veo entrar a una mujer alta, delgada, con el cabello tan rubio como el trigo y los ojos azules como el cielo.
—Hola, Señorita Margarita. Soy la doctora Sophia Benson. ¿Cómo estuvo tu viaje?
Estoy absolutamente desconcertada y abrumada con todo lo que veo.
Necesito respuestas.
Así que no me detengo en presentaciones ni detalles.
—Doctora, ¿Qué le ocurre? ¿Por qué está así? Por favor, explíqueme qué está pasando.
—Penélope está atravesando una fuerte crisis de depresión, producto de una ansiedad sostenida durante mucho tiempo y no tratada.
¿Depresión? ¿Ansiedad? ¿De qué me está hablando? Penélope es una mujer exitosa, con una familia que la adora, un trabajo que ama... no entiendo.
—Penélope sufre de ansiedad producto de un desequilibrio químico en su cerebro.
—Cuando hablamos de desequilibrio químico como causa de ansiedad, nos referimos a que ciertas sustancias en el cerebro —los neurotransmisores— no están funcionando de manera adecuada.
Salimos de la habitación y comienza una explicación larga, pero necesaria. La escucho con atención, procurando no interrumpir, salvo cuando considero indispensable preguntar algo para comprender mejor.
—Los neurotransmisores son mensajeros químicos que ayudan a las células del cerebro a comunicarse entre sí.
—La serotonina regula el estado de ánimo, el sueño y el apetito.
—Si hay niveles bajos de serotonina, la persona puede sentirse más irritable, deprimida o ansiosa.
—La dopamina está relacionada con la motivación, el placer y la recompensa.
—Un desajuste en la dopamina puede hacer que la persona sienta menos satisfacción o más inquietud.
—El GABA —ácido gamma-aminobutírico— es el neurotransmisor que calma la actividad cerebral.
—Cuando el GABA es bajo, el cerebro está más excitado, lo que provoca nerviosismo y dificultad para relajarse.
—La noradrenalina regula la respuesta al estrés.
—Si se produce en exceso, puede mantener al cuerpo en un estado constante de alerta o de huida.
—Pero ¿Qué ocasionó eso? ¿Y cuál es el tratamiento? ¿Por qué no se trató?
—En el caso de Penélope, estoy segura de que hay una predisposición genética.
—¿Genética? ¿Quiere decir que heredó esto de su familia?
—Cuando la ansiedad tiene un componente genético, significa que existe una predisposición heredada de padres o familiares cercanos.
—No es que heredes "ansiedad" como tal, sino una mayor vulnerabilidad a desarrollarla.
—Es como heredar una sensibilidad particular en la forma en que tu cerebro maneja el estrés, las emociones o la química interna.
—Hay genes específicos relacionados con la regulación de neurotransmisores como la serotonina, el GABA y la dopamina.
—Variaciones o mutaciones en estos genes pueden hacer que el cerebro sea más reactivo al estrés o menos capaz de calmarse después de una situación de tensión.
—No es determinante.
—Tener antecedentes familiares no significa que sí o sí vas a desarrollar ansiedad.
—Solo que el riesgo es mayor.
—¿Y qué se puede hacer?
—Terapias como la cognitivo-conductual ayudan a modificar patrones de pensamiento y comportamiento que disparan la ansiedad.
—Estilos de vida saludables —ejercicio, sueño, alimentación equilibrada— ayudan a regular la química cerebral.
—En el caso específico de Penélope, yo recomendé medicación para corregir esos desequilibrios neuroquímicos, combinada con terapia psicológica.
—¿Y por qué no funcionó?
—Porque nunca tomó la medicación y fue muy inconstante con la terapia.
—Diagnostiqué a Penélope hace dos años.
—¿Dos años?
Llevamos más tiempo que eso juntas.
¿Por qué nunca me di cuenta?
¿Por qué no lo supe?
—Doctora, nunca lo supe.
—Estoy segura de que su familia tampoco.
—Conozco a Penélope desde hace más de dos años y nunca lo noté.
—La razón principal es que la ansiedad muchas veces se camufla muy bien.
—Te explico.
—La persona ansiosa aprende a disimular.
—Desde pequeños, muchos aprenden a ocultar su malestar para no preocupar a los demás o por miedo a ser juzgados.
—Se vuelven expertos en sonreír, en aparentar que todo está bien, mientras por dentro están lidiando con un torbellino de pensamientos.
—Los síntomas pueden ser en muchos casos silenciosos.
—No toda ansiedad se manifiesta como un ataque de pánico evidente.
—Muchas veces son síntomas internos como preocupación excesiva, insomnio, irritabilidad o tensión muscular.
—Son cosas que, a simple vista, otros pueden atribuir a estrés normal o a carácter fuerte.
—En algunas familias o grupos de amigos, el estrés constante, la autoexigencia o el nerviosismo son tan comunes que ni siquiera se consideran señales de algo más profundo.
—Se ve como parte de la vida.
—Entiendo que su ritmo de trabajo es bastante exigente.
—Doctora, estoy muy confundida.
—Yo la he visto feliz, tranquila.
—Siempre está muy inquieta por su trabajo, lo es todo para Ella.
—Es un negocio familiar.
—La ansiedad no siempre es constante.
—Hay momentos en los que la persona ansiosa parece completamente normal, tranquila, incluso feliz.
—Esto confunde a los demás y hace pensar que está todo bien.
—No entiendo por qué no cumplió el tratamiento.
—La ansiedad no desaparece sola.
—Si no se trata, suele intensificarse, volviéndose más frecuente e incapacitante.
—Lo que al principio era nerviosismo puede convertirse en ataques de pánico, fobias o crisis constantes.
—La ansiedad mantenida en el tiempo afecta al cuerpo.
—Puede provocar insomnio crónico, dolores de cabeza, problemas digestivos como gastritis o colon irritable, hipertensión e incluso enfermedades cardíacas.
—Es muy común que, si la ansiedad no se trata, termine desembocando en depresión, como es su caso.
—Las dos condiciones están muy relacionadas y, juntas, forman un círculo muy difícil de romper sin ayuda.
—Creo que la razón fundamental de no cumplir el tratamiento tiene que ver mucho con el concepto de su trabajo
—Entiendo que su familia tiene empresas de vino y café.
—Sí, así es. respondo.
—Tanto los medicamentos ansiolíticos —como las benzodiacepinas— como el alcohol son depresores del sistema nervioso central.
—Si se toman juntos, potencian sus efectos, lo que puede provocar somnolencia extrema, pérdida de coordinación, dificultad para respirar e incluso pérdida de conciencia.
—Doctora, ¿Qué debo hacer? ¿Cómo puedo ayudarla?
—Por ahora, acompañarla y contenerla.
—A veces, la persona solo necesita desahogarse.
—Escuchar con empatía, sin minimizar sus emociones ni dar soluciones forzadas, es un gran primer paso.
—Lleva apenas cuatro días con tratamiento químico.
—Le estamos suministrando ansiolíticos que la ayudan a calmar rápidamente los síntomas de ansiedad, relajando el cuerpo y reduciendo la tensión.
—Actúan sobre un neurotransmisor llamado GABA, que es como el freno natural del cerebro.
—También está tomando antidepresivos —como los ISRS, inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina—
—Aunque su nombre diga antidepresivos, muchos se usan para la ansiedad porque aumentan los niveles de serotonina, mejorando el ánimo y reduciendo la sensación constante de preocupación o miedo.
—¿Cuánto tiempo debe estar aquí?
—El tratamiento no funciona de inmediato.
—Algunos, como los antidepresivos, pueden tardar de dos a seis semanas en hacer efecto.
—No curan la ansiedad por sí solos, sino que ayudan a controlar los síntomas mientras la persona trabaja en el origen del problema, muchas veces combinándolo con terapia psicológica.
—Ella puede irse a casa en uno o dos días, pero debe estar acompañada.
—No puede estar sola.
—Es la razón principal por la que está aún en el hospital.
— La mezcla de la medicación y la terapia es fundamental. En este momento, ella necesita ambas. Si se medica y no hace el trabajo terapéutico, no habrá ningún avance. La constancia es clave: no abandonar en momentos difíciles es fundamental para la mejoría.
No tengo ninguna duda de que el paso siguiente es hablarle a su madre, incluso en contra de su voluntad. Pero no quiero empeorar la situación... ¿Cómo hago para hacer lo correcto sin empeorar su estado?
— Doctora, debo hablarle a su familia. Por lo menos a su madre. Es necesario. Pero ¿Cómo hago esto sin causarle más angustias a Ella?
— Acabas de llegar. Te recomiendo que en estas horas que siguen la contengas. Y antes de que tenga contacto con su familia, sea el familiar que sea, tenga primero una consulta conmigo. La información, en este caso, es esencial. Las personas a su alrededor deben comprender que esta es una enfermedad como cualquier otra. Solo que los síntomas son silentes. Pero como otras enfermedades, si no se trata como es debido, el desenlace puede ser fatal.
— Tengo que atender a otros pacientes. Tienes mi número personal, siempre te contestará Holly, mi asistente. Igual deja el mensaje con ella si algo sucede. Vendré tan pronto como pueda.
— Por ahora, solo sé su compañía. Ella siempre insistió en que tenías que ser tú la que viniese.
— Gracias, doctora Benson. Le estoy muy agradecida. Habla muy bien el español. Agradezco eso.
— Hice trabajo de voluntariado en zonas rurales de Colombia y Bolivia. Ahí lo aprendí. Mis abuelos llegaron de Polonia luego de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecen a la comunidad judía que se refugió en este país.
— Mi padre siempre dice que los mejores médicos son los judíos. Él también emigró de Europa a América en los años de posguerra.
— Es un hombre sabio tu padre.
— Somos una comunidad resiliente. Aprendimos a renacer en la adversidad. Esa ha sido siempre nuestra historia.
— Doctora, debo confesarle que me cuesta mucho entender las razones que puede tener una persona para sentirse como ella. Desde fuera, su vida parece impecable: amor, éxito, comodidades. Pensamos que, en teoría, debería bastar.
No lo entiendo.
— Margarita, esto es algo químico que se produce en el cerebro. No es intencional. Precisamente todo eso que acabas de mencionar es la batalla interna que tienen las personas que padecen de estas enfermedades. ¿Por qué, si lo tengo todo, me siento tan vacío?
— Es una de las razones para callar y no compartir los síntomas.
Mientras ella duerme en esta habitación donde, sin importar la hora, siempre parece de noche, intento leer en mi libro digital. Prefiero los de papel, pero no quiero molestar con la luz. Aun así, no logro concentrarme. Pienso una y otra vez cómo llamar a su madre, cuándo hacerlo. Aunque ella no quiera involucrarlos, no me corresponde tomar decisiones médicas.
Repaso todo lo que me explicó la doctora. Cierro el libro y me hundo en internet. Encuentro datos, estudios, testimonios. Y una palabra se repite. Una palabra que me eriza la piel. Suicidio.
— Margarita. Llegaste... —se despierta y con una voz débil me habla.
—¡Amor mío! —me levanto rápidamente y voy hasta ella.
— Aquí estoy. Aquí estoy para ti —me siento en la cama acurrucándola en mi regazo, como si fuese un animalito herido. Su cuerpo está tibio, pero inerte. Tiembla apenas. Su respiración es irregular, como si algo dentro de ella luchara por mantenerse a flote.
Jamás pensé verla así, tan frágil y vulnerable. Ella, que es tan fuerte y decidida. Por primera vez la veo llorar. No puedo evitar sentir impotencia por no saber qué hacer, qué decir que pueda ayudarla, cómo aliviar su pena, que me cuesta tanto entender. Lloramos juntas sin decir nada. La contengo y no puedo evitar preguntarle.
— ¿por qué no dijiste nada antes?
— No tienes que pasar por esto sola. Tienes mucha gente que te ama.
— Lo sé... Es difícil explicar algo que ni yo entiendo.
— No quiero estar así... pero a veces solo quiero dormir y no despertar.
Sus palabras me desgarran. Vuelvo a sentir esa punzada aguda en el estómago. Recuerdo esa palabra que leí continuamente en internet.
—No digas eso, por favor. ¿Cómo no vas a querer despertar y vivir esta vida tan hermosa?
— No sé cómo explicar esto que siento, sobre todo a ti. “Miss Resiliencia”.
— ¿Miss Resiliencia? No te entiendo.
— ¿Cómo le explico a alguien que donde llega lo hace con una sonrisa, aunque no tenga razones, que yo, que las tengo todas, no me quiero reír? ¿Cómo te explico que vivir se hace insípido, cuando tu bandera de vida es comerte la vida y vivir?
— Margarita, te han ocurrido cosas de las que yo no tendría idea de cómo salir, y sigues de pie, amando sin reservas. Vives a pesar de tus miedos y tus traumas. Te construiste sola. Te conocí en medio de un despecho terrible y, sin embargo, ahí estabas, sin parar de reír y con ganas de descubrir cosas nuevas. No te le rindes a la vida.
— ¿Cómo se le dice a una persona así que tú, que lo tienes todo, simplemente no quieres despertar? ¿Cómo se le dice a una persona que ama la luz del sol, que tú no soportas la luz, que solo quieres oscuridad?
— ¿Cómo le explico al señor de las meditaciones, que va por el mundo como un maestro tibetano del control de la mente, que yo no puedo dominar ni uno solo de mis pensamientos?
— Los dos habrían pasado de mí. Es que hasta me lo imagino a Él diciendo “Noooo, esta mujer es un paquete, guillo”.
No puedo evitar, en medio del asombro y las lágrimas, reírme un poco. En eso tiene razón. Yo también lo imagino diciendo eso.
Pero jamás imaginé que pensara todas esas cosas de mí. La verdad, yo no me veo a mí misma de esa forma. Me acostumbré a reponerme y seguir. No siento que exista otra alternativa. Es verdad que a mí solo me mueve la premisa de vivir. No sé cómo explicarlo. Es una fuerza que vive en mí, es una pasión que brota, donde hasta las pequeñas cosas de la vida me maravillan. Encuentro en cada detalle una razón para reír. Es por eso por lo que me cuesta tanto entender esto.
— Mientras tú bromeas con vernos de viejos con un chiringuito en Cartagena, yo no creo pasar de los treinta.
— ¿Pero por qué no iniciaste el tratamiento antes? Hace dos años que la doctora Benson te diagnosticó. ¿Por qué no decirle a tu familia, a tu madre?
— Margarita, ¿Cómo vendo vino y digo que no puedo beber vino? ¿Cómo le digo a mi padre que voy a hacer el trabajo sin hacer la mitad del trabajo?
— Sabes que el trabajo es mi pasión, mi refugio y, al parecer, también la causa de muchas de estas cosas. Todo en mí colapsó cuando sentí que esto me impedía hacerlo.
— Mi madre... sabes que vive a través de mí. ¿Cómo le digo que yo no me veo viviendo?
Se que no es el momento, y aun así lo debe ser. No quiero angustiarla, lo último que deseo es traicionar su confianza... pero no puedo quedarme callada. Llamé a su madre. Porque, aunque no me corresponde, aunque me duele, entiendo que no puedo cargar sola con algo tan grande. No quiero ser su única salida. No debo serlo.
—¿Sabes que te amamos, ¿verdad?
Ella asiente con los ojos cerrados. Le cuesta hablar, pero aprieta mis dedos como si con ese gesto pudiera decirme todo lo que aún no encuentra forma de explicar.
—Sí. Y por eso estoy intentando quedarme.
La acuno contra mi cuerpo, intentando transmitirle de alguna forma toda mi energía y mis ganas de vivir. No decimos nada más. No hace falta. A veces, el amor no necesita palabras, solo presencia.
Se duerme junto a mí y yo no quiero moverme para no incomodarla, aunque estoy cansada me cuesta dormir, no puedo evitar pensar en todo lo que estamos viviendo y que Él desconoce totalmente. ¿Dónde estará? Tal vez siga en Europa. Ya le contare, ahora mismo lo importante es Ella y su recuperación. El cansancio me vence y me duermo sin darme cuenta.
La madre de Penélope llegó al hospital con esa urgencia silenciosa que solo tienen las madres cuando algo se rompe por dentro. No hizo preguntas innecesarias. No se alteró. Solo pidió ver a la doctora Benson. La acompañé hasta el despacho y esperé fuera. No sé por qué, pero supe que no debía estar presente en esa conversación.
Minutos después, la vi salir con los ojos vidriosos y el gesto sereno. Como si lo que había escuchado confirmara algo que ya intuía.
—Margarita... Gracias por esto.
— Debí verlo venir... pero arranqué esos recuerdos como si fueran páginas incómodas de mi propio libro.
No entiendo a qué se refiere, pero no es momento de preguntas. No puedo imaginar lo que siente al saber el estado de su hija. Así que solo escucho.
—Una madre debe intuir estas cosas. Pero yo, no supe verlo. A pesar de que vi estas señales antes en mi padre. El abuelo de Penélope.
—Mi padre termino con su vida a causa de una depresión profunda. Cuando Penélope, era una niña.
Las palabras de su madre cargadas de tanto dolor conmovieron mi alma y la llenaron de compasión. No alcanzamos a imaginar los pesares que pueden existir dentro de una familia.
Ahora entiendo el porqué del diagnóstico de la doctora Benson. “estoy segura de que hay una predisposición genética”.
La llevé hasta la habitación. No me atrevía a decirle nada. Ella entró sin dudar, sin mirar atrás, sin miedo. Caminó directo hacia la cama, donde Penélope dormía, aún bajo el efecto de la medicación. Se sentó a su lado y, con la naturalidad más honda que he visto nunca, le apartó un mechón de cabello de la frente. Luego le susurró algo que apenas alcancé a oír:
—Aquí estoy, mi muchachita de Nueva York.
No fue un gesto grandioso. No alzó la voz. No lloró. Pero en ese instante sentí que entraba luz en esa habitación donde siempre parecía ser de noche. Me aparté un poco, dándole espacio, y me quedé observándolas. A Penélope aún dormida, a su madre acariciándole la mano con una ternura ancestral. Como si la hubiera estado esperando desde siempre.
Y ahí, justo ahí, entendí que hay presencias que no se pueden sustituir. Que por más que yo la quiera, por más que lo intente todo, hay un lugar en el dolor de Penélope al que solo su madre puede llegar. No con soluciones, sino con ese lenguaje mudo que tienen las madres cuando sus hijas se rompen por dentro.
Yo también lloré, en silencio. No de tristeza, sino de respeto. Porque nada en el mundo podía reemplazar esa escena. Porque a veces el amor se parece exactamente a esto: saber retirarse un paso y dejar que el alma encuentre su raíz.