Cariños,
Desde la gran puerta que se abrió el 3 de enero de este año para todos los venezolanos, me he hecho una pregunta.
La más difícil de todas, la que aún, luego de más de seis meses, nadie puede responder.
¿Qué hacemos con el resto del cartel?
He pensado mucho en escribir este artículo. En parte, porque reconozco que desconozco, como la gran mayoría de los venezolanos, la información necesaria para opinar. Solo conocemos a la perfección las consecuencias, porque las hemos sufrido día tras día a lo largo de 27 años de ser gobernados por la organización criminal mejor institucionalizada de los tiempos modernos.
Y, por otra parte, porque no quiero ser una opinión más. Una fórmula estéril que hable de todo y de nada.
Solo unos pocos conocen la respuesta. Esos pocos son quienes han tenido desde el 3 de enero, como decimos en Venezuela, la sartén por el mango.
Son los únicos capaces de infligir en el cartel el miedo necesario para doblegarlo y hacerlo verdaderamente ceder.
Negociar de verdad, no a punta de palabras ni de diplomacia, sino con armas tan potentes como para localizar un blanco y hacerlo explotar (así lo confirma «El Niño Guerrero», dondequiera que esté). ¿De qué otra forma se podría enfrentar a una institución criminal?
Quien no siente dolor ni remordimiento al hacer lo necesario para mantenerse en el poder solo puede responder ante la amenaza de quien está dispuesto a hacer lo necesario para combatirlo y, además, posee todas las herramientas para hacerlo.
Pero más allá de las herramientas —porque tal vez no sean los únicos en tenerlas—son los que están dispuestos. Y esto es muy importante: tener la disposición de ejecutar, sin importar el costo de ser quien ejecuta.
Y hoy hemos conseguido a quien tiene esa disposición para, quizá no darnos esa respuesta, quizá no contarnos sus formas, pero sí ejecutar aquello que esta respuesta exige.
Pero mientras esto ocurre, mientras esas miles de palabras y acciones contundentes van y vienen, estamos nosotros: las víctimas. Los primeros en padecer el daño y los últimos en conocer las formas.
Esas formas que solemos cuestionar, por supuesto, desde la falta de información, pero también desde la falta de preparación.
Estamos más que preparados para responder: ¿Cómo levantamos la economía? ¿Cómo reformamos la Constitución? ¿Cómo recuperamos PDVSA? ¿Cómo reconstruimos las escuelas? ¿Cómo atraemos inversión? ¿Cómo sanamos el tejido social?
De todo eso podemos discutir durante años, porque tenemos el talento, los profesionales y las ideas.
Pero hay una pregunta que condiciona absolutamente todas las anteriores.
¿Qué hacemos con el cartel?
Y esa es, precisamente, la única que los venezolanos no estamos en capacidad de responder.
Porque no tenemos los equipos de inteligencia, la información, la capacidad coercitiva ni el poder para ejecutar esa respuesta.
Entonces el país entero vive detenido. No porque no sepa reconstruirse, sino porque la primera pieza del dominó no depende de él.
Es bueno reflexionar sobre el pueblo que realmente somos, para bien y para mal, sobre todo en circunstancias tan increíblemente adversas. Y en esa reflexión me detengo a imaginar si seríamos capaces de conocer verdaderamente las formas de quien sí posee la capacidad, no solo de responder nuestra gran pregunta, sino de ejecutarla.
Imagina que, en tiempos modernos, se repitiera la historia de Sodoma y Gomorra.
Si hoy ocurriera ese episodio, muchos juzgarían únicamente la destrucción y no la magnitud del mal que se pretendía detener.
Incluso una decisión atribuida a Dios sería sometida al mismo escrutinio moral con el que hoy juzgamos cualquier uso extremo de la fuerza.
Eso me lleva a preguntarme: ¿conocer las formas haría realmente alguna diferencia?
Moralmente, como pueblo cargaríamos con esas formas.
¿Estaríamos dispuestos a enfrentar una realidad tan oscura que tuviéramos que volvernos aún más oscuros para derrotarla?
¿Cuánto bien le haría eso a nuestra nación?
¿Seríamos realmente capaces de ejercer el daño suficiente para hacer temblar al cartel?
La verdad, no creo que podamos serlo todo.
O somos ese pueblo gentil, resiliente, amable y bondadoso que hemos demostrado y del que tanto nos hemos jactado. Ese pueblo que prefirió salir a cavar túneles entre los escombros para salvar a un desconocido antes que perder el tiempo exigiendo al que ocupa Miraflores que lo hiciera.
O somos los malos, los que nos olvidamos de las formas y de las víctimas para enfocarnos únicamente en el objetivo: amenazar y eliminar al cartel, con todas las consecuencias que eso pueda generar.
Ser el malo de la película, jugar sucio, tan o más sucio que el cartel, tiene un precio que no creo que estemos dispuestos a pagar.
Es una factura que la historia ha demostrado que casi siempre te deja ocupando el papel del perverso.
¿Qué hacer con el cartel?
Esa pregunta trae consigo muchas otras.
¿Quiénes pagan?
¿Cuántos pagan?
¿Qué pagan?
¿Qué pasa con quienes logren negociar su libertad?
¿Cuántos conforman genuinamente el cartel?
Son muchas las decisiones que deben tomarse para neutralizar toda una institución criminal. Muchas de ellas no son buenas, pero sí necesarias. Y para tomarlas hay que estar fuera del dolor; ese mismo dolor que no nos deja tragar grueso para alcanzar un bien mayor.
Ese dolor que nos impide pensar con claridad y hacernos las preguntas correctas, las que verdaderamente nos conduzcan a una respuesta.
El cartel, por el contrario, sí sabe perfectamente que está tratando con alguien que no teme presionar hasta el final sin sentir el dolor de quienes esperan.
Reconocen a su verdugo y le temen.
Como el médico que lava la herida de un paciente sin el menor estupor, no se detiene ante la sangre ni ante el dolor que provoca. Solo se concentra en curarla.
No, cariños, no podríamos.
No somos de ese talante.
Ese no es nuestro trabajo.
El único trabajo que podemos y debemos hacer, mucho más después de los dos terremotos que sacudieron la vida de todos, es no permitir que el mundo nos olvide.
Somos las víctimas.
Seguimos sangrando.
Seguimos padeciendo.
Hay que actuar en consecuencia.
Sin descanso.
Sin normalizar el vivir en un estado de emergencia permanente.
Este es el momento de la queja, de mostrar la herida, de mostrar a nuestros muertos.
De ser la brisa constante de este conflicto.
Ahora mismo, ese es nuestro deber cívico.
Cada institución internacional, cada agencia de noticias y cada espacio donde podamos ser escuchados deben conocer de nuestro sufrimiento.
Hoy debemos ocupar nuestro lugar: el de un pueblo abatido y destruido desde dentro, que le muestra al mundo su destrucción.
Dejemos que otros hagan el trabajo sucio que nosotros no podemos, no sabemos ni merecemos hacer.