Cariños,
Esta carta es para la Karla de 46 años, la Karla de hoy, que, aunque está sujeta por las anteriores, es la única que ahora me importa y a la que trabajo para hacerla mejor.
Hoy es mi cumpleaños. Nací un lunes primero de octubre de 1979, hace 46 años, a las cinco de la madrugada. Y cuando pienso que he tenido 46 veces la oportunidad de vivir, 46 navidades y 46 amaneceres de un nuevo año, siento el peso y la maravilla del tiempo. Soy de la generación que ha visto pasar a cuatro papas por el Vaticano. Crecí con Michael Jackson, Gustavo Cerati, Melissa y Simón Díaz en los oídos. Vi caer las Torres Gemelas con el impacto de quien entiende que, a veces, la ficción se hace realidad. También vi nacer y bailé el reguetón, y escuché a mis padres decir: “¿Qué vaina es esta?”.
Desperté un día descubriendo que podías conocer el mundo gracias a algo llamado internet, siempre y cuando en casa nadie usara el teléfono. Ese mismo teléfono que un día dejó de tener cable y pudiste llevar a todas partes, cada vez más pequeño y útil, al punto de convertirse en una extensión inseparable del cuerpo humano.
He visto tantas cosas nacer y morir en un mundo que avanza tan rápido… He visto la historia escribirse de manera vertiginosa, y a veces abrumadora.
Anoche mi hija me preguntó si los años pasan rápido. Le respondí que no sé cómo llegué hasta aquí. Cuando cierro los ojos me veo con 15 años, sintiendo que el mundo era demasiado grande y yo muy pequeña para vivirlo todo.
Y de alguna forma sigo siendo esa niña a la que le ha sucedido de todo, pero que hoy se siente en el centro de ese mundo: a veces maravillada, a veces afligida, viendo todo lo que ocurre en él.
Nací en un país donde no existen estaciones, donde hay 365 días de un clima constante y benévolo. Pero el destino me ha dado la fortuna de ver llegar la primavera y con ella a las aves de estación; de presenciar cómo la naturaleza se prepara para el frío del invierno; cómo desaparecen las moscas, los sapos de mi jardín, y cómo los patos abandonan el lago de la comunidad donde vivo.
Hoy es inevitable hacer un inventario de mi vida después de 46 años. Y, cariños, mis números son absolutamente satisfactorios. Todo lo que he vivido y todo lo que se ha hecho y deshecho me trajo hasta aquí. No podía ser de otra manera.
Gracias a todo lo que transité, hoy he descubierto pasiones que me llenan de absoluta felicidad. He descubierto a una Karla altamente sensible, determinada a dejar huellas positivas en quienes pasen por mi vida. Terca en el propósito de escribir y de leer como cura para muchos de los males que hoy nos aquejan como sociedad.
He amado profunda y locamente. Me he perdido como demente en el amor, he regalado mis sonrisas y he derramado toda mi sensualidad a quienes me han cautivado el corazón. También he visto cómo ese amor se marchita, como las hojas de los árboles en otoño, dando paso a otras experiencias.
He descubierto que los hijos son un espejo de tu alma. Que con su vida vuelves a vivir la tuya. Que la angustia de verlos cometer errores sin poder evitarlo duele más que los errores propios. Que la palabra amor y sufrimiento caben en la misma oración, igual que lo más difícil y lo mejor. Que los papás debemos enseñar a los hijos a amarse antes que la tabla periódica, y eso haría un mundo mejor.
He aprendido de mis silencios. He confirmado que, muchas veces, callados nos vemos más bonitos. Y que, si quieres que te escuchen, debes hacer, nunca gritar. Esa frase de que los hechos hablan más que las palabras es cierta. Escuchar es un arte, y cuando lo descubres, descubres también a las personas.
He entendido que las despedidas son inevitables y parte de la vida. Que hay unas que duelen más que otras, y que la única forma de sobrellevarlas es aprovechar al máximo el momento. Porque dejarlo para mañana es la receta del arrepentimiento.
He aprendido que los amigos son la vitamina del alma y los verdaderos compañeros en el camino. Que elegirlos es la prueba de lo aprendido, y conservarlos, el resultado de la lección.
También desaprendí. Liberé mi carga de tantas expectativas y paradigmas que me pesaban. Dejé mis etiquetas en alguna calle de Puerto Ordaz y las cambié por poderosas herramientas que uso cuando las necesito, pero en ninguna circunstancia me definen.
He aceptado que soy intensa, humana y valiente, y que gracias a eso soy abogada, no al revés.
Soy yo mi carta incompleta, continuamente escribiéndose. Mientras sea así, debo seguir en la tarea de aprender, con espíritu de alumna, sabiendo que la humildad es una simbiosis entre quien aprende y quien enseña.
Hoy sé que la única lección de vida que debemos aprender todos es la de amarnos infinitamente, de manera sostenible e impostergable. Forjar la luz que llevamos dentro hasta hacerla incandescente para los demás, y lograr derramar ese excedente en el mundo.
Este día me descubro distinta. Ya no me corre la prisa de los 20 ni la ansiedad de los 30. Tengo mis rutinas, mis silencios, mis mañanas con café, Bernardo y Nala a mis pies; mi escritura infaltable como una forma de abrazar el mundo y de demostrarme lo mucho que puedo dar. No me incomoda la soledad; al contrario, es el espacio de mi creatividad. Continúo con preguntas, caminando, contando historias donde he encontrado un manso lugar para estar.
Espero vivir cincuenta años más, porque es mucho lo que tengo por hacer y por ver. Sigo viendo el mundo como cuando tenía 15 años: con hambre. Solo que ahora tengo la certeza de que soy tan grande como él.