Cariños,
Hace más de diez años sufrí un accidente de tránsito.
No recuerdo la fecha exacta ni el año.
Si indagara un poco podría saberlo, pero no me interesa.
Solo sé que fue un domingo, de regreso a casa, luego de un día de club normal con los amigos.
Iba sola —gracias a Dios—.
Mi hija, por suerte, pasaba el fin de semana con su padre.
El accidente en sí ocurrió en un cruce de cuatro sentidos y cuatro semáforos.
Y ahí termina todo lo que sé.
Nadie que yo conozca vio lo que ocurrió.
Así que nadie pudo contármelo.
Y yo… tampoco lo recuerdo.
Ese día y los cinco o seis siguientes desaparecieron por completo de mi memoria.
No recuerdo el accidente, ni el hospital, ni las horas infinitas que mi familia vivió conmigo.
Todo lo que sé me lo contaron después.
Desperté un día, ya con el alta del hospital, ahora recluida en la casa de mi madre.
El brazo izquierdo y la pierna derecha totalmente inmovilizados.
Heridas y puntos desde los pies —literalmente— hasta la cabeza.
Recuerdo que desperté con una confusión tremenda, que se fusionó con el dolor físico y terminó en desesperación.
Esa desesperación aumentó cuando busqué a mi hija y no la encontré.
Busqué a alguien que me explicara qué había pasado, alguien que me dijera cómo había terminado ahí y en ese estado.
Pero no había nadie.
Éramos la angustia, mi madre y yo.
El golpe fue tan fuerte que mi cerebro decidió no recordar.
Luego los médicos me explicaron que sufría de amnesia retrógrada postraumática con componente disociativo secundario.
En palabras simples: el cerebro eligió, a modo de protección, no grabar en la memoria nada de lo ocurrido.
Ni el accidente ni los días siguientes de crisis.
Y lo agradezco.
Durante un tiempo quise saber qué pasó, pero ahora entiendo que hay cosas que es mejor no recordar, y que mi mente hizo lo que debía: me salvó.
No fue la primera vez que mi mente decidió olvidar, pero sí la más evidente.
Ya lo había hecho antes, con la muerte de mi padre.
Entonces lo hizo en silencio.
Con el accidente, me lo mostró en carne viva.
A lo largo de todo este año me he encontrado en un proceso de investigación, y este suceso de mi vida ha sido uno de los ítems más interesantes —y merecidos— en mi estudio.
La adolescencia de mi hija —cosa de la que he escrito en cartas anteriores— me ha removido desde el alma y ha despertado en mí las ganas de dejarle las mejores herramientas de vida, cosas que antes de esta etapa no hice.
Pero para llevar ese trabajo a cabo debo edificarme como un buen ejemplo, en muchos sentidos.
El más importante: el del amor propio.
Lo que quiere decir que debo amarme para enseñarle a mi hija a amarse.
Este se ha vuelto el tema de todos mis días.
Un trabajo minucioso, casi obsesivo.
Me observo con atención:
cómo pienso, cómo siento, cómo reacciona mi cuerpo, mi mente, mis emociones.
Amor, dolor, enojo, alegría, miedo.
Y entre todo eso, la habilidad de mi mente de olvidar, que descubrí no solo con el accidente.
También olvido fechas. Por ejemplo, no recuerdo el día exacto en que murió mi padre.
No quiero recordarlo.
Tampoco la fecha en que murió mi mejor amiga, mi Bella Hermosa.
Prefiero, de manera deliberada, quedarme con los recuerdos vivos, los buenos, los que no duelen.
Así también dejo pasar otras fechas, otros momentos, porque sé que recordarlos me alejaría de quienes amo.
Pero hay algo que no he logrado olvidar.
Un evento que, siendo muy niña, marcó mi relación con una de las personas más importantes en la vida de un ser humano: mi madre.
Y aunque le he ordenado a mi cerebro, de manera enfática, recurrente y hasta suplicante, que borre —así como lo hizo con mi accidente— sus palabras, pero este se ha negado, haciendo imposible nuestra relación.
No fue un hecho.
Fueron cinco palabras que conformaron una oración.
Una sola oración.
Se quedó suspendida, viva, en mi mente.
Todo lo demás podría disolverse con los años, pero esa oración no lo permite.
A mis cuarenta y seis años, luego de tanta lectura y de este año intenso de estudio y pruebas, consigo aceptar que no puedo olvidar.
Y hablo de olvidar porque primero intenté perdonar y sanar, pero, para mi pesar, no lo conseguí.
Por eso me pido a mí misma olvidar de raíz.
Esto es increíblemente necesario para mi tarea de enseñar el amor a mi hija —ese amor que pasa por la compasión— pero no lo logro y me consumo en el camino.
Me consumo en ese trayecto de indignaciones, de preguntas que jamás tendrán respuestas.
Un camino lleno de contradicciones conmigo misma, uno donde quiero amarla sin reservas, confiar en ella como se confía en una madre, y al mismo tiempo alejarme y dejarla atrás.
La verdad, estoy cansada.
No quiero sanar, ni entender, ni aceptar.
Solo quisiera olvidar.
Y amar.
Solo eso.