Cariños,
Teológicamente, este es el don divino que nos ha regalado Dios para escoger siempre entre el bien y el mal, que es lo mismo que escoger entre Él y lo que sea el mal.
Nadie me enseñó a creer en Dios. Mi padre llevaba mucho dolor por dentro; a este punto no sé si creía en Dios. Lo que sí tengo con absoluta certeza es que las religiones y las doctrinas le importaban poco. No creía en ningún cura, sacerdote o religioso que caminara debajo de una sotana, pero tampoco andaba por el mundo propagando su escepticismo hacia el hombre y la iglesia.
Mi madre, en cambio, nació con la brújula perdida. Sus creencias son antagónicas la una de la otra; su religión es la incoherencia. En cada década de su vida creyó en algo diferente: fue católica, fue mormona, fue lo que sea que son los comunistas, y así. En esta última etapa estamos en la de los dioses universales.
En este desmadre de incoherencias, yo me planté en una sola creencia, y cada vez es más fuerte: Dios. Mi fe en Él y en su obra maravillosa me llena el alma de una sola cosa: amor.
He leído, más que nada por curiosidad sobre cómo el hombre se ajusta a lo trascendente, sobre varias religiones: la judía, la cristiana, la budista y un poco la musulmana. Todas con rituales distintos.
Debo decir que Einstein, mi biografía de cabecera, tenía razón cuando señalaba que, de todas estas expresiones, la única que habla de verdadero amor incondicional (Dios en esencia absoluta) es la budista. Y aunque no soy practicante ni sigo sus rituales, entiendo que de todas las expresiones, es la única forma de vida que te dice: vivirás conforme a lo que decidas. En cada circunstancia de tu vida, la circunstancia será y estará porque así ha de ser; solo tú, y nada más que tú, la cambiarás en función del excedente que salga de tu corazón. Es la única enseñanza que explica de forma lógica y justa el porqué del dolor en el mundo, el por qué unos sufren de formas tan desafortunadas y otros viven ajenos a esos dolores.
Libre albedrío en cada momento de tu vida.
Pero como Einstein, que vivía el judaísmo más por costumbre y cultura que por convicción profunda, yo orbito las costumbres católicas.
Me gustan las iglesias, me persigno con regularidad, enciendo una vela cada día en casa y creo mucho en el poder de la bendición que damos a otros. Consigo paz y fuerza en mi conexión con Dios, consigo amor en mis conversaciones con Él y con su hijo, que son lo mismo.
Y en especial, ya lo he escrito antes, está mi conexión profunda e innegociable con la Virgen María, la única a quien me atrevo a pedirle intercesión. La única persona que no dudo enfrentó el dolor más profundo que existe: gestar, dar a luz y luego entregar a ese hijo al mundo, para verlo morir en manos del mundo. Solo le pido a ella, porque siento que nada mas debo pedirle a Dios que ya me lo dio todo, me siento ingrata pidiéndole mas. Por eso bajo la cabeza y le pido a ella, que goza de su presencia y beneplácito eternos, que interceda por mí y por todos.
A Dios solo le agradezco. Le agradezco la vida, la oportunidad de vivirla, le agradezco amar y ser amada, y le agradezco poder compartir mi amor con otros.
En este mi arroz con mango entre Dios y nuestras expresiones de él, sé que el libre albedrío te da la libertad de decidir asumiendo las consecuencias. Pero ¿hasta dónde llega esa libertad?
Es una pregunta que resuena en mi cabeza desde hace mucho y que aún no tiene respuesta. A veces creo conseguirla, pero otras tantas aparecen las dudas, como un dolor de panza agudo y punzante.
Por ejemplo: si tengo libertad de decidir cómo vivir, ¿también tengo libertad de decidir hasta cuándo vivir? ¿Tengo libertad de decidir cuándo bajarme del barco que llaman existencia? ¿Tengo derecho a apagar mi propia luz? Si Dios es amor y su mayor mandato es amarme, ¿Cómo puedo negarme ese amor arrebatando mi propia existencia?
En las noches a veces me pregunto si acudir a esa libertad te supone luego la consecuencia de no poder continuar en paz el viaje siguiente, cualquiera que sea.
La pregunta resuena porque mi padre estaría viviendo ese tránsito desde hace más de quince años.
Son muchos los días que paso con esa pregunta: ¿estaba en su derecho?, ¿fue un ingrato con Dios?, ¿fue un cobarde?, ¿fue un valiente?, ¿o simplemente fue un hombre con un dolor profundo, un hombre cansado de vivir?
En los libros de budismo he leído mucho sobre la compasión. La compasión evita que juzgues; te concentras en sentir el dolor de otros, en rogar por su paz. Lo que hoy tanto se llama empatía. Es algo que intento practicar a diario. De hecho, fue mi palabra del año 2024: Compasión. La del 2025, por si te lo preguntas, fue Excedente. Y la de este año 2026 es Coherencia. Son las palabras que intento acentuar cada día de forma consciente, en cada circunstancia. Los budistas saben de lo que hablan. Escúchalos mas que seguirlos.
Mi padre fue un hombre de amores y también de muchos dolores, y un día simplemente quiso dejar de sufrir. El problema, mi problema, es que también dejó de amar. De amarme a mí y de amar a mi hija. En principio sentí rabia, mucha, muchísima. Luego llegó el dolor profundo, uno con el que se puede aprender a vivir.
Gracias a Dios, yo no aprendí a vivir con él. Lo dejé ir. Opté por respetar su libre albedrío, ese que Dios le regaló y que, estoy segura, para mi padre se traducía en: libertad.
Y si algo defendía mi padre era la libertad de ser y estar como uno quiere. Pero eso no evita que siempre me pregunte, y que cada vez que leo sobre las distintas religiones busque respuesta a si él está bien o está mal. Si sufre en un limbo eterno o si finalmente encontró paz. Si reencarnaría en un niño en Somalia que vive dificultades, en el proceso de sanar su mal karma.
Tengo presente que debo ser compasiva, que solo entrego el excedente de lo que tengo dentro y que debo ser coherente en todo. Tenerlo presente como un trabajo consciente me da la oportunidad de intentar implementarlo.
El día tiene veinticuatro horas y en cada una Dios te da la oportunidad de practicarlo, en cada circunstancia por pequeña que sea. No siempre lo logro, cariños, son más las veces que pierdo, pero las que gano me han servido para ser mejor en la siguiente hora.
No tengo las respuestas aún. Sigo preguntándome cómo le habrá ido después de ese último día de su vida. Lo único que tengo claro es que fue solo su libre albedrío.