Cariños,
Mucho tiempo sin escribir, metida en otros menesteres igual de creativos. Pero lo que viví la noche de anoche merece que lo escriba.
Vine a Miami por unos días. A mi espíritu le urgía una desconexión, un baño de playa y, lo más importante, conectar con mis afectos, conectar con los amigos.
Tener momentos inolvidables, conversaciones enriquecedoras, risas que actúan como un cargador de energía y vitalidad.
Y fue precisamente una de esas conversaciones la que me trajo hasta esta historia.
Un día de invierno del 2018, en Madrid, almorzaba en el restaurante más antiguo del mundo según el Libro Guinness de los Récords: Sobrino de Botín, o Casa Botín, como muchos le conocen en Madrid.
El lugar tiene tres siglos de historia, bastante tiempo para perfeccionar sus recetas, cosa que se notó en el sabor del cordero que me comí ese día.
Pero en este lugar no solo me comí un cordero delicioso; también probé un albariño extraordinario, de esos que te hacen decir: «¡Qué buen vino!».
Tan bueno como para que una botella entera se consumiera con ligereza entre la conversa y la compañía, sin siquiera darnos cuenta.
Tomé una fotografía de la botella, porque esa tarde en Madrid el vino y el lugar eran lo único que se podía repetir.
No porque la compañía no lo valiera.
Al contrario. Pero, Cariños, hay personas, momentos, sensaciones, emociones y cosas cuyo valor radica precisamente en lo irrepetibles que son.
El momento quedó en mi cabeza y la fotografía en el teléfono.
No busqué el vino sino hasta varios años después.
Un día, en Texas, estaba en una famosa cadena de tiendas especializada en licores y, justo en la sección de vinos españoles, veo una botella que me resulta familiar.
Busco aquella fotografía en mi teléfono y siento una enorme alegría al descubrir que era el mismo vino. Había algo distinto en la etiqueta; era otra cosecha, pero el mismo vino.
Lo compré sin dudarlo. Durante el resto del día imaginé su sabor en mi boca y lo traje a mi memoria una y otra vez, junto con aquella tarde en Madrid.
Pero lo que imaginé no ocurrió cuando mis labios probaron esa botella de vino.
Este vino no se parecía ni remotamente al que yo recordaba.
¿Era posible que esto ocurriera? ¿Que el mismo vino, muchos años después, me supiera distinto?
Me sentí ingenua al pensar que en ese lugar tan lejano podría encontrar un pedacito de aquel momento dentro de una botella de vino.
Creí que había idealizado la experiencia.
Que mis emociones habían influido en mi percepción. Que el vino me había parecido extraordinario porque estaba viviendo un momento extraordinario.
Y esa teoría permaneció intacta hasta anoche.
Estaba cenando en casa de unos amigos aquí, en Miami.
Víctor, uno de esos aficionados que convierten una pasión en un arte, había elegido el vino de la noche después de examinar etiquetas, comparar opciones y estudiar cada botella con una seriedad casi científica.
Supe que había acertado desde el primer sorbo.
—Qué buen vino.
Y entonces apareció el recuerdo.
El de Madrid.
El del albariño.
El de aquella botella que nunca volvió a saber igual.
Esta vez decidí compartir la historia.
Le conté a Víctor mi teoría: que quizá el sabor del vino había sido amplificado por el momento que estaba viviendo.
Él me escuchó con atención.
Y después destruyó mi teoría en una sola frase.
Mi amigo querido, entre sus muchas cualidades, destaca por su sinceridad y, sin tapujos, me dijo:
—CalvoKar —él me llama así por mi antiguo nombre de Instagram—, eso no es posible. El vino siempre sabe igual si es de la misma cosecha. La diferencia estuvo, sin duda, en que eran dos cosechas diferentes. El momento y el sabor del vino son dos cosas distintas.
Mi teoría cayó en picada de forma estrepitosa.
Y, sin embargo, me dejó pensando en algo mucho más interesante.
Porque si Víctor tenía razón —y estoy bastante segura de que la tiene—, entonces un buen vino puede ser tan irrepetible como un buen momento.
Aquella botella de Madrid desapareció para siempre en cuanto terminó esa cosecha.
Y algo parecido ocurre con ciertos instantes de la vida.
Con las conversaciones que suceden una sola vez.
Con las personas que coinciden en el mismo lugar y en el mismo momento.
Con esas noches en las que uno ríe, profundiza, se siente comprendido y recuerda quién es, como sin duda fue la cena de anoche.
Solemos dar por sentado que habrá otra oportunidad.
Que veremos nuevamente a los amigos.
Que tendremos otra conversación.
Que repetiremos la experiencia.
Pero la vida no siempre funciona así.
Algunas cosechas se terminan.
Algunos momentos también.
Quizás por eso merecen ser vividos con tanta atención.
Porque tal vez mi error nunca fue pensar que podía volver a beber aquel vino.
Mi error fue creer que lo que echaba de menos estaba dentro de la botella.
Y no.
Lo que realmente extrañaba era aquella tarde de Madrid.
Y de esas, por desgracia, no existen nuevas cosechas.