Cariños,
Hablar con mi hija adolescente de 18 años es volver a vivir esa etapa, con mayor frustración, porque el sufrimiento de los hijos se siente mucho más que el propio.
Aún más cuando ya pasaste por mucho de lo que ellos viven ahora y sabes cómo un mejor enfoque y una mejor actitud ante muchos de sus problemas sería la solución.
Por ejemplo, el tema principal: la inseguridad con la que se relacionan con el mundo.
Ese es el tema recurrente en nuestras conversaciones: Nadie me mira”, “no soy bonita”, “no le gusto a nadie”, “¿por qué mis amigas tienen más pretendientes que yo?”
Y aquí viene nuestra respuesta tan cliché, y que suena tan complicada —porque lo es—: “Lo que importa es cómo tú te mires.”
Sobre todo en una edad en la que lo único que importa es cómo te miran los demás, cómo te valida tu entorno.
Es tan frustrante para mí haber tenido que esperar tanto tiempo para entender que la pauta la dictas tú y solo tú.
La forma en que te hablas, lo que crees de ti, lo que piensas de ti, será lo que proyectes en tu entorno.
El trabajo más valioso y difícil para un padre es precisamente el de forjar en sus hijos el amor propio y la confianza.
Y es difícil porque, para hacerlo, debemos tener esa base nosotros.
Debemos ser ejemplo de amor y de confianza.
Qué cadena tan complicada.
¿Quién es capaz de decir: “No me amo y, por lo consecuente, no confío en mí mismo, debo trabajar en ello”?
Es tan difícil aceptar y trabajar en eso.
Hoy en día la gran mayoría habla de salud mental, pero pocos pasan de la identificación del problema a la acción de la solución.
¿A qué me refiero?
Identificamos la dificultad, el trauma, la condición; buscamos el origen: la infancia, una ausencia, una palabra altisonante, un patrón que se repite.
Y hasta ahí llegamos.
No pasamos al siguiente paso: la solución, las acciones que nos permitan pasar la página y continuar de formas distintas.
La razón es que, generalmente, esas acciones implican cambios tan contundentes de vida, de hábitos, que no estamos dispuestos a pagar el precio de la incomodidad para alcanzar la paz posterior.
El precio de no hacerlo lo pagan las siguientes generaciones.
Y es cuando volvemos a vivir, a través de nuestros hijos, nuestros propios errores.
—“Mamá, ¿cómo hago para pasar de parecer segura a verdaderamente serlo? Me muero de miedo de que no me acepten, de que no me elijan. No quiero ser rechazada.”
Cada vez que escucho esto en la voz de mi hija, se abre una grieta en mi corazón, e internamente me pregunto:
¿Cómo hago para hacerte entender que la clave está en aceptarte tú primero, en elegirte tú antes que nadie?
Cuando sales de casa esperando que otro te valide, estás teniendo el primer rechazo: el propio.
Pero esto me tomó más de cuarenta años entenderlo, y aún es una tarea que debo repasar a diario, en muchos momentos del día.
¿Cómo hago ahora para enseñarte lo que a mí me costó tanto tiempo y tropiezos comprender?
La respuesta la persigo día con día.
Mientras tanto, soy esa mamá que repite una y otra vez, con voz serena pero enérgica, estas palabras que se han vuelto una cantaleta que resuena en las paredes de mi casa.
Voy repasando mi vida mientras miro la de ella, y es inevitable juntar ambas e intentar componer la más bonita melodía para seguir bailando y aprendiendo juntas.
Manuela,
Voy a dejar esta carta aquí colgada, no solo para mis cariños, también para ti, para tus hijos y los hijos de tus hijos.
Esta receta es de amor: no hay, no existe trabajo más importante que ese.
Aprender a amar, empezando por ti.
Mírate, conócete, observa todas tus peculiaridades, tus virtudes y también tus sombras.
Identifica lo bueno y lo malo que tenemos papá y yo.
Revísalo en ti y mejóralo, aunque en el proceso te toque juzgarnos, aunque te toque mirarnos como los humanos que somos, y aunque te toque alejarte de eso que fuimos.
Es un trabajo incómodo, pero necesario.
Luego de que hayas hurgado todo tu ser, ámalo profundamente.
Ámate sin más.
Ama tu cuerpo y cuídalo.
Ama tu espíritu y protégelo.
Créeme que, luego de eso, no solo parecerás segura, también serás segura y poderosa, y todo —absolutamente todo— llegará por añadidura.
La disciplina estará en ti porque te amas.
Cada decisión que tomes pasará por tu bienestar, y eso hará que quieras generar bienestar en otros.
La clave es amarte, mi amor.
No hay otra.
La clave es el amor.
Y esa palabra también tiene otro nombre: Dios.